sábado, 12 de enero de 2013

MONUMENTOS



MONUMENTOS

Hace tiempo se publicó una carta en el Diario Montañés de Orestes Cendrero sobre el monumento a González Linares. Esta:

He leído con interés y agrado el artículo dedicado a los monumentos que existen y existieron en la alameda de Oviedo que Juan Carlos Flores-Gispert publicó en este periódico el día 6 de abril; es bueno que de vez en cuando se recuerden las, por desgracia, tan escasas muestras de nuestro pasado y nuestra historia que nos quedan. Pero, si se me permite, deseo hacer unas pequeñas precisiones sobre el monumento a Augusto González de Linares.
El monumento, erigido por suscripción popular tras fallecer el sabio naturalista fundador de la Estación de Biología Marina, la llamada Biología por generaciones de santanderinos, fue efectivamente desmontado al acabar la guerra civil; el busto se depositó en la Estación y el pedestal quedó en la alameda, más o menos frente a la desaparecida fábrica de cervezas La Cruz Blanca. La estatua que se ve en la fotografía es una alegoría de la fama y la mano que se ve rota ofrecía originalmente una rama de laurel a González de Linares.
Siendo Juan Hormaechea alcalde de Santander (no puedo precisar si fue en 1971 como se dice en el artículo), y a petición del entonces director de la Estación, ya llamada Laboratorio Oceanográfico, repuso el busto en su pedestal y, como bien dice Flores-Gispert, Eduardo Anievas restauró el conjunto escultórico, más tarde trasladado a su actual emplazamiento en El Sardinero. Lo ha hecho más de una vez, pues los vándalos de turno no tardaron en romper los dedos de la estatua; tristemente, rotos están todavía, pues, rotos de nuevo después de su última restauración, se ha desistido de volver a repararlos.

Habría que puntualizar algunas cosas:

Hasta los años 70 del pasado siglo, la base del monumento a Augusto González Linares, sabio biólogo, del escultor José Quintana, sin el busto y con la figura alegórica de la fama ofreciendo al vacío una rama de laurel, llamaba la atención de cualquiera que pasase por la Alameda. Allí faltaba algo.

Augusto González Linares, hombre de ciencia y librepensador en su época (1845-1904) tuvo la "desgracia" de morir el 1 de mayo, lo que hizo que, tras su muerte se le recordara con ofrendas florales en esa fecha tan significativa. Esto bastó para que, con la dictadura de Franco, se retirara el busto que era objeto de homenajes y recuerdo en una fecha tan revolucionaria.

La iniciativa de reponer el busto de González Linares, guardado en los almacenes municipales, en la base del monumento que permanecía en la Alameda, fue de José Luis Arce, sobrino del Doctor Arce y también pediatra, concejal de cultura con el alcalde Alfonso Fuente. Eran años en los que esa operación significaba un "riesgo político" y hubo de hacerse con cierta dosis de nocturnidad y desde luego sin ninguna publicidad; a ver qué pasaba. Confabulados para ello José Luis y yo, los operarios municipales al mando de José Rodríguez ("Chele", el mejor jefe de esa sección que ha tenido nunca el Ayuntamiento), repusieron el busto.

Repuesto el busto sin ningún escándalo, fue años más tarde cuando sufrió la agresión, creo que simplemente gamberril y no de carácter "político", en la que la figura de la alegoría de la fama perdió una mano. Aquí sí que fue bajo mandato de Hormaechea, cuando se encargó la restauración al escultor Anievas, que hizo un buen trabajo.

Algunos años más tarde hubo que mover el monumento y propuse situarlo frente al mar.

Tengo la opinión de que los monumentos de los hombres ilustres (¡qué tema!) conservan y perpetúan algo de su personalidad y por lo tanto hay que tratarlos y emplazarlos con ese principio y sobre todo pensando en qué lugar le hubiera gustado perpetuarse al homenajeado. Para mí no había duda: Don Augusto hubiera querido ver el mar. Y allí lo llevamos a uno de los mejores sitios  que tiene la ciudad para verlo. Y allí continúa con su pedestal soportado por  pulpos, estrellas de mar y otros animales marinos.

Con el mismo criterio se instaló, años antes y bajo mi dirección, el monumento al pediatra Doctor Arce (el tío de José Luis Arce antes citado) del escultor Juan de Ávalos, en los Jardines de Pereda. No me cabe duda que al pediatra Dr. Arce le habría gustado perpetuarse entre niños. Y allí lo colocamos: en una pequeña plaza de juegos con decenas de niños corriendo y jugando. No lo levantamos del suelo para que los niños pudieran subirse a él alguna vez, y ser reñidos por sus padres ¡claro está!, pero no por el Doctor Arce, que estaría encantado de volver a tener niños tan cerca. Creo que fueron años de felicidad en la memoria del pediatra. Con la última reforma de los Jardines se trasladó el monumento frente a la casa donde vivió. Hoy, el pobre pediatra aparece "castigado" en la calle Castelar, mirando perpetuamente la fría salida de un parking y, estoy seguro, echando de menos a los niños.


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