miércoles, 5 de septiembre de 2018

JOYERIA GALAN


La joyería Galán ocupaba un bajo del Paseo de Pereda hasta hace poco tiempo. La crisis, el agotamiento de las generaciones y las exigencias de las multinacionales relojeras parece que están detrás del término de ese negocio familiar tradicional de Santander. El Paseo de Pereda, a pesar de su situación y nombre, no es una calle comercial y sus plantas bajas han visto pasar muchas aperturas y cierres de negocios incluso de hostelería que, esa sí, es una actividad con cierto éxito en esa acera. El Paseo de Pereda es calle de una acera, pues la otra es la Bahía. En general, las calles de una acera, con edificios solo en un lado, no son comerciales. Tienen más éxito comercial las calles de dos fachadas separadas la distancia precisa para que el peatón se sienta atraído por los comercios de ambos lados.


La joyería Galán había sido diseñada por un profesional de conocimiento, cuyo nombre ignoro pero que trataré de averiguar antes de terminar de dar forma a este escrito. No sé muy bien que tienda había antes, cosa que también habría que averiguar, pero el caso es que el diseñador de la joyería planteó una “sobrefachada” que hablaba bien a las claras de su contenido: el lujo refinado.  Mármol veteado gris verdoso, con una composición de orden jónico, con capiteles y basas de latón dorado. El jónico es el orden más femenino de los tres clásicos: dórico, jónico y corintio, incluso de los cinco, cuando a esos tres se añaden, por arriba y por abajo, el toscano y el compuesto. Todos los templos dedicados a diosas se trazaban con el jónico. Todos los edificios dedicados a la belleza, a la alegría o a la vida, también. El Toscano y el dórico son ordenes masculinos. El corintio y el compuesto (en parte corintio y en parte jónico) se reservaban para grandes deidades de cualquier sexo. Algunos aspectos del lenguaje clásico de la arquitectura serían hoy mal vistos con la influyente opinión feminista.




El mármol gris verdoso veteado, pulido y escogido en las piezas más selectas, se ha usado en grandes obras arquitectónicas, como revestimiento representativo de gloria y magnificencia. Desde los grandes mausoleos papales o reales, a las modernas y minimalistas obras de arquitectos como Adolf Loos y Mies van der Rohe.


En la joyería Galán, el mármol gris veteado, que desde hacía tiempo había cogido una pátina algo apagada, cubría todo lo que no eran escaparates con un despiece generoso, incluso con partes curvas de una pieza, en la solución de esquina. Los capiteles de latón dorado, cuyo brillo no dejaba lugar a dudas sobre el contenido de la tienda, jugaban el papel de joyas engarzadas en la piedra soporte, con evocaciones de todos los míticos valores del oro.


En fin, a mí me parecía una fachada muy bien trazada y ejecutada, bella y eficaz.


El autor había renunciado a la apertura o rasgado de nuevos huecos, de manera que todo el conjunto mantenía los ejes compositivos del edificio. Era una aportación arquitectónica sabiamente incorporada al carácter seco y austero del edificio, hoy dulcificado por la implantación, no original, de las galerías o miradores de madera pintados de blanco.


Aquella planta baja, destinada en origen a almacén portuario, después a comercio general y por último, con el ennoblecimiento de la acera, a joyería, había cambiado de uso muchas veces a lo largo de los casi dos siglos de vida del edificio. Durante esa vida, el edificio en su conjunto también había sido objeto de aportaciones variadas: Tiene una planta más de las iniciales que ya no enteramente de piedra de sillería, buhardillas en el tejado y galerías o miradores en los balcones…. Se puede decir que cada generación ha “aportado” algo a la imagen del edificio.



Sin embargo... el vigente Plan Especial de Protección del Conjunto Histórico Artístico del Paseo de Pereda y Castelar, exigió la demolición de aquella, a mi parecer, bella sobrefachada de la Joyería Galán y la “reposición” de los huecos originales de los almacenes navales del edificio. Así ha sucedido con algún otro comercio de la acera “noble” de Santander.


No estoy muy seguro de si con eso se recupera el Patrimonio o se empobrece. Tengo dudas y, más aún, ante la amenaza de que otros locales con “sobrefachadas” que a mi me parecen valiosas, sigan la misma suerte que la Joyería, que por otro lado ha resuelto la recuperación de la fachada “original” del edificio, de forma que me parece brillante.


Tengo dudas de por qué se quiere recuperar esa imagen de las plantas bajas, con reconstrucciones discutibles, y perdida de ejemplos valiosos de un ejercicio arquitectónico de interés, aunque en desuso: la sobrefachada. Evidentemente las fachadas de los antiguos BBV y Godofredo, de granito oscuro pulido, y otros casos parecidos, no merecían conservación, pero temo la desaparición de las de Confiterías Gómez y Heladería Regma o incluso las de La Novedad y Perfumería Calderón, en la calle Ataulfo Argenta, todas ellas disonantes con los huecos y composición iniciales de los edificios en los que se encuentran, pero, a mi parecer, valiosas como aislado ejercicio arquitectónico.


Sí me mostraría inflexible, sin embargo, con la retirada de los rótulos publicitarios de colores estridentes, salientes o no, y con los tendidos de cables y cajas, grapados a las fachadas marcando, precisamente, el límite de las plantas bajas comerciales y el comienzo de las residenciales.



La magnifica noticia del asentamiento de la colección de arte del Santander en la sede social del Banco, en el Paseo de Pereda, supongo que traerá como consecuencia una modificación del contenido del Plan Especial, para que el proyecto del señor Chiperfield pueda llevarse a efecto. Quizá sería ese el momento de reconsiderar estos aspectos menores, pero posiblemente de interés para la conservación de un Patrimonio Vivo.

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