Santander tiene una
hermosa relación con el mar, que incluso se popularizó en una romántica canción
de los 50. En lo geográfico, esa relación con el mar es muy construida, muy
urbana, en el tramo frente a la Bahía y el Sardinero y se convierte en una relación natural a lo largo de la costa norte, desde el Chiqui a Rostrío. La ciudad ha necesitado
adaptar su borde con el mar a una complejidad de factores de amor-odio, necesidad-explotación,
agresión-impacto, por ambas partes. Así que el borde construido, el de la
Bahía, refleja esa historia en la que la ciudad ha puesto al mar los límites
que ha necesitado para su desarrollo y supervivencia. He aquí algunos ejemplos:
La darsena y, en especial, el espigón de
Puerto Chico, que me parece un espacio urbano de primera categoría en esta
ciudad. Poca gente lo utiliza y puede recorrerse, ida y vuelta, en una
relativa soledad y sin ruidos de tráfico, solo el del agua, el viento y el
golpeteo de las drizas contra los mástiles de los barcos allí atracados.
Conserva un suelo de adoquines de granito, con vías incrustadas, losas de
piedra caliza y un parapeto de sillares que invita a sentarse con los pies sobre el
agua, especialmente a las jóvenes parejas enamoradas. Los arcos de piedra que
dan a la dársena son magníficos. Es un espigón impactante, que hemos asumido, y
hoy admiramos, a pesar de la controversia inicial de su construcción, la
Dársena Pequeña, como se la llamó en su día.
El Dique Seco de
Gamazo, obra del 1900, que significó un gran relleno del borde de la Bahía al
pie del promontorio de San Martín. En el espigón exterior del Dique se ha
construido, demoliendo unas antiguas naves, el singular edificio conocido como
la Duna de Zaera, que es recorrido y disfrutado a diario por cientos de personas.
Las naves del Puerto,
que pronto serán sede de la colección Enaire, ocupan el espacio del desmochado
promontorio de San Martín, en el que se destruyó el pequeño fuerte y los restos
de la ermita y el hipocausto romano que allí había, todo para hacer el Dique
Seco.
El bello paseo del
borde, antigua rampa de los astilleros, que fue acertadamente urbanizado hace pocos años, después del
mundial de vela, con juegos, bancos y tumbonas, y que ocupa la que fue afamada playa
de la Fenómeno, en la que surgían plásticas rocas del mar.
El atractivo muelle
del Promontorio, lugar de cita de numerosos pescadores de caña, con los
edificios de la escuela Náutico Pesquera, Museo e Instituto Oceanográfico,
construidos en un extenso relleno, en su momento desfigurador de aquella costa quebrada y
sinuosa.
La falda que
arranca de estos rellenos, y de la playa, hacia el norte, se hiere con unos
impactantes muros de mampostería que sirven de soporte a la carretera que
bordea la costa. Los muros de contención son tan extraordinariamente altos que
incluso se utilizan para hacer escalada. Esa carretera es el Paseo de Reina
Victoria, gran e impactante obra de ingeniería de los años 1910, que rompió en
dos la hermosa ladera por la que hasta entonces circulaba, en trinchera, el
tren al Sardinero. Ese impacto fue enorme (solo hay que ver las fotos y
postales de aquellas fechas), pero a cambio se formó uno de los paseos más
hermosos del norte de España y probablemente del mundo. Desde aquí, desde ese
duro impacto, el paisaje gana en profundidad. La Bahía, el Puntal, el borde
jugoso de prados salpicados de casas, los segundos planos de Peña Cabarga, Pico
Solares y tras ellos los sucesivos fondos de las montañas hasta Soba y el límite,
hoy nevado, de la región con Burgos. Esa sucesión de planos que a los
entendidos les evoca paisajes orientales. En el agua suceden cosas variadas:
van y vienen lanchas de trasporte público, barcos de recreo y deporte, barcos
mercantes, algunos del tamaño de varias manzanas de casas de la ciudad. Espectacular.
Al fondo, se ve
cómo el Palacio de la Magdalena emerge de un bosque de pinos que arranca con
las edificaciones de Caballerizas. Un espigón parece conectar ese borde con una
pequeña isla, a la que se subió un impactante edificio de aires modernistas. Otro espigón,
más cercano al paseo, es el que se está construyendo con escolleras, en el
mismo lugar en el que hubo un embarcadero a finales del XIX, y que,
evidentemente, crea un impacto más, en este paisaje de una playa netamente
urbana.
Desde el Balneario de
la Magdalena, al borde de la playa hoy inaccesible por las obras, se ve el espigón
en toda su anchura penetrando en el mar. Las vistas siguen siendo espléndidas y
me parece que el impacto del espigón en obras, a pesar de que, en primer plano,
se ve bien su considerable tamaño, es relativamente pequeño. Sobre todo, si lo
comparo con los que he descrito antes. Pero la vista actual, con camiones y
palas vertiendo grandes piedras, inquieta.
¿Cuál es la
diferencia? Evidente: los anteriores (Puerto Chico, Gamazo, San Martín, Reina Victoria,
…) han sido pensados y construidos con un buen diseño y calidad, lo que ha
significado que, a cambio del innegable impacto, sean hoy unos espacios
públicos atractivos de recorrer o balcones de un paisaje admirable. Pero esta vulgar
escollera que llaman espigón, no es digna de este enclave. No molesta el “qué” (doy
por supuesto que es la solución profesional y técnicamente adecuada a un
problema grave), molesta, hiere e impacta, el “cómo”. Aquí, en la Magdalena, en
“una de las Bahías más hermosas del mundo”, no se puede solucionar el problema tirando
unas piedras a como queden. Si hay que hacer un espigón, habrá que hacerlo, pero
este espacio, muy urbano, pese a lo que se diga, merece un tratamiento
cuidadoso, como el que se tuvo para hacer del espigón de Puerto Chico un lugar
con encanto, de la carretera de la costa un paseo excepcional, de un tinglado
para botes un edificio-duna transitable, de un muelle de astilleros un lugar de
tumbonas relajantes…
En fin, hace falta
conciencia del problema que genera, más allá de la mera funcionalidad y lograr
que ese espigón se pueda transitar y disfrutar desde tierra y desde el agua. Se
conecte con la playa para evitar ser barrera, se acerque al agua para hacerse accesible
desde ella al menos en varios puntos, se recorra como un paseo en el que andar
y descansar… Y así, finalmente, pase a ser patrimonio de la ciudad y de sus
habitantes.
Solo así es
aceptable en ese punto.

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