Ya está abierto, por fin, el
Centro Botin. Tras cinco años de obra y uno y medio más desde que se anunció el
proyecto, la Fundación tiene una flamante sede al borde de la Bahía. En aquel
lugar sagrado que fue motivo de enorme polémica con manifestaciones,
plataformas, cartas y escritos de opinión contrarios, recursos contenciosos,
querellas criminales y todo tipo de expresiones de oposición que reclamaban, a
pesar de lo evidente de su existencia, un debate abierto sobre el tema. Finalmente,
el Centro, modificado su emplazamiento y retocada su forma inicial, ha abierto
con todos los papeles en regla y eso a pesar de que por el camino el Tribunal Supremo
anuló el Plan General de la ciudad. Un éxito político jurídico administrativo
no exento de momentos emocionantes en los que el proyecto parecía ofrecer
flancos abiertos a sus opositores. Y motivos fundados para temer que no
llegaría a inaugurarse.
El Centro se ha abierto en dos
fases debido a una ejecución de obra verdaderamente singular que retrasó el
edificio propiamente dicho por dos años más de lo previsto. La primera fase, el
paso inferior, la empezamos a disfrutar los santanderinos hace ya dos años y me
parece que no lo hemos celebrado debidamente. El paso inferior unió los Jardines
de Pereda al paseo marítimo y los hizo espacio de paso y formar parte de aquel
paseo. Antes, a los Jardines, una isla de tráfico, había que ir y ahora, desde
hace dos años, por los Jardines se pasa. Las peatonalizaciones de Lealtad y Cádiz
junto con el paso inferior para el tráfico, permiten que el paseante arranque
en el mismo centro urbano (Joyería Presmanes, q.e.p.d) y pueda caminar, sin
ceder paso a los coches, hasta La Magdalena. Y allí con un simple paso de cebra
continuar, sin cruce de vehículos, hasta el Faro de Cabo Mayor. Y si tiene
fuerzas, seguir por la mal tratada senda costera, hasta Ciriego. Un lujo de
paseo lleno de variantes, vistas, hitos, sorpresas… Claramente necesitado de más
información y mejor diseño en alguno de sus tramos.
Al centro Botin le han salido
ahora admiradores que provienen del campo aquel que pretendía su no
construcción o al menos su desplazamiento a otro lugar de la Ciudad.
Bienvenidos. Es una alegría comprobar que al final del recorrido han dado la
razón a la iniciativa de la Fundación y de las administraciones. El antiguo aparcamiento
del ferry, campa asfaltada, sucesivamente vacía o llena de camiones, rulotes o
remolques, era un tapón impropio del centro de la ciudad que el centro Botin ha
descorchado incorporándolo al espacio público. Los santanderinos lo hemos asumido
como si tal cosa y no está de más recordar cómo era aquello hace solo un par de
años. ¿Podría haber sido mejor? Quizá, pues todo es mejorable, pero el salto
dado desde aquella inmunda campa de aparcamiento, a lo actual es inmenso. A
pesar de que el diseño de los Jardines no parece, ni mucho menos, la mejor obra
de un paisajista como Caruncho, de quien se dice que es un buen especialista en
jardines privados pero que, a la vista está, no domina los espacios públicos, a
pesar de ello, los jardines tienen ahora mucha vida, se usan mucho y eso
justifica muchas cosas. Una observación simple y fácil: faltan decenas, sí,
decenas de bancos para sentarse. Otra: los juegos de agua de las fuentes de
Cristina Iglesias, cuyos bordes merecían un mejor diseño, no funcionan bien o se
han estropeado demasiado pronto. Y una última: el carril bici por la parte
delantera del edificio, a poco más de un metro del cantil y a otro de la
terraza de la cafetería, resulta incomprensible. Excesivo privilegio para las
bicicletas, con riesgos evidentes para todos.
Conseguido el pase gratis para
los cántabros, al parecer lo han solicitado cien mil y se han entregado
cuarenta mil, entrar en el edificio es una experiencia magnífica. Las salas de
exposiciones permiten y permitirán cualquier exposición imaginable. Son
espacios arquitectónicamente grandiosos, llenos de buen diseño en todos los
detalles, que elevan al visitante no sólo de cuerpo, sino de espíritu. La
presencia y vistas de la sagrada Bahía, enmarcadas por aquellos espacios, resultan
impactantes.
Me parece a mí, que el High
Tech, estilo arquitectónico con el que la crítica especializada clasifica este
tipo de edificios, es más propio y adecuado para el diseño de aviones, barcos,
coches y otras maquinarias, que para construir edificios, pero la mano maestra
de un buen arquitecto puede hacerme cambiar de opinión, en casos concretos como
este.
El Centro gana mucho los días
nublados y grises, frente a los días de sol. Así explicó Renzo Piano como lo
concibió y, evidentemente, tiene razón. Las formas curvas y los nacarados de la
fachada ganan en matices y todo el edificio parece pensado para ser visto con
la tamizada luz de los días nublados en los que, sorprendentemente, se definen
mejor sus volúmenes y formas. Una pena que el espacio libre bajo el cuerpo
menor del edificio parezca residual en su tratamiento y uso, situación que se
pone más de manifiesto con las desangeladas sillas y mesas allí “tiradas”.
La huella o proyección del
edificio sobre el suelo, intencionadamente dura con el discutible hormigón
coloreado y excesivamente grande, ha sido colonizada por los patines y skates,
que si bien le dan un aire de juventud y modernidad, abusan en exceso de sus
piruetas. Las gradas del hemiciclo exterior durarán poco con ese desgaste.
Pero, como sucede con la “Duna
de Zaera”, hay que reconocer que es bueno este uso y abuso del edificio y su
entorno por las personas. Es estupendo ver cómo las pasarelas y las terrazas
exteriores (pachinko es un nombre bárbaro) son invadidas a cualquier hora del
día, tomadas por un público que, es evidente, considera suyo aquel espacio. Lo
toma y lo disfruta. Sube, baja, entra y sale, según oigo y veo, con
satisfacción y gusto. El uso y disfrute, cuando es así de intensivo, lo justifica
todo. Da gusto ver esa pacífica invasión. Qué enorme contraste con el Palacio
de Festivales, lugar hermético que parece ahuyentar al público.
Centro Botin abierto: gran éxito
de idea, de localización, de arquitectura y, finalmente, de uso. Sitúa a
Santander en otro nivel. No nos ha costado ni un euro. Es un regalo.
Muchas gracias, señor Botin.

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