sábado, 21 de septiembre de 2024

LOS JARDINES DE PIQUIO DE SANTANDER

 

El Grupo ALCEDA ha publicado este articulo en el Diario Montañés:

Al inicio de la segunda mitad del Siglo XIX Santander era una ciudad de apenas 40.000 habitantes, que crecía hacia el Este más allá de sus viejos límites medievales, en lo que hoy es el Paseo de Pereda hasta Molnedo y San Martín, donde acababa la ciudad. En ese momento El Sardinero era un lugar apartado al que no era sencillo llegar y donde unas pocas familias asentaban su casa de verano.

Podemos imaginarlo desprovisto de construcciones y carreteras, con praderías, abundantes masas de pinares, encinas y extensos arenales, arrecifes y acantilados. Este escenario natural se fue acomodando a lo largo de los años para el disfrute social, creando escenarios humanizados. El Sardinero es el resultado de una alianza entre la naturaleza y el hombre para concebir un hermoso paisaje que representa los valores más identitarios de nuestra ciudad, y también la imagen más admirada por los muchos visitantes.

Su línea de costa está presidida por una extensa playa orientada al levante, dividida en dos por un promontorio rocoso que llamamos 'Piquío', con forma de gran proa de piedra frente a las olas. Si mirásemos desde allí, hacia el Sur, podríamos imaginar cómo fue la Primera Playa,
llamada entonces 'la pequeña', a cuya espalda había una costa rocosa e irregular que permitía que las olas se adentraran a voluntad en lo que hoy ocupa la Plaza de Italia. Al norte de Piquío está la que se llamaba playa grande, y luego 'Segunda', que se prolongaba hacia el interior en un campo de dunas y marismas cubiertas de vegetación, en donde hoy se encuentra el Parque de Mesones. Allí desaguaba el arroyo de Las Llamas, formando una breve ría que la marea inundaba hasta muy adentro. Hasta los años 70 del siglo XIX El Sardinero se circunscribe al entorno de la Primera Playa. A partir de 1872 se inicia un proyecto para su desarrollo urbanístico. El promontorio de Piquío, todavía salvaje, había albergado desde 1702 la Batería de costa de San Antonio de Padua, ya entonces abandonada, y en 1897 el arquitecto Valentín R. Lavín Casalís inició su ajardinamiento con el cierre perimetral de la parte alta, lo que presentaba a Piquío como un mirador excepcional desde donde contemplar todo el Abra de El Sardinero. Allí se instaló inicialmente una escultura en homenaje a la figura de Augusto González de Linares, tan maltratada posteriormente por la pertinaz ignorancia. En 1925 un joven arquitecto municipal, Ramiro Saiz Martínez, redacta el proyecto de los actuales jardines de Piquío. El diseño incorporó en la punta una amplia pérgola además de escalinatas que conectaban con la playa y el paseo marítimo, y miradores a diversas alturas hasta constituir el jardín que conocemos, una de las estampas más hermosas de El Sardinero y Santander. Posteriormente se plantaron las primeras palmeras y olmos, estos últimos ya desaparecidos por enfermedades. A punto de celebrarse un siglo desde su inauguración, el Ayuntamiento de Santander anuncia que acometerá la mejora de los Jardines de Piquío con una inversión estimada en 1,5 millones de euros. En el año 1996 toda el área de El Sardinero fue declarada Conjunto Histórico Artístico, aunque, equivocadamente, su perímetro no incluye este jardín. Por esta carencia, resulta imprescindible resaltar su valor histórico y cultural para alentar a su conservación. Los Jardines de Piquío no están necesitados de nuevas ideas, se han de restaurar como si de un monumento se tratara, sin alteraciones ni sustituciones que desvirtúen el diseño original de su autor, y defender la personalidad de la época en que fue construido, en un Sardinero de finales del siglo XIX y principios del XX cuyo carácter de ciudad balneario, baños de ola y veraneo regio, representa los mayores valores paisajísticos de Santander. Ante la inminente actuación municipal es pertinente advertir y exigir el máximo rigor en respetar, no solo su diseño original, sino también los elementos muebles y detalles materiales y constructivos que lo acompañan. Mantener su característica vegetación, los cantos de piedra rodada que contornean los espacios verdes, la bola del mundo, singular instrumento astronómico denominado 'Tierra Paralela' con su pavimentación original, sin las estridentes barandillas de acero inoxidable que se pretende añadir, la pérgola con sus jardineras, o los bancos en voladizo que diseñó Ramiro Saiz Martínez adaptando ideas de vanguardia en esos años, que deben respetarse y restaurarse escrupulosamente como piezas originales y nunca sustituirse. Restauración, conservación, mantenimiento, son conceptos adecuados para tratar las obras de arte y como tal ha de entenderse una pieza tan excepcional como los Jardines de Piquío. Actuaciones como la realizada en la Plaza de Italia que, sin desmerecer la calidad de su diseño, no se corresponde en absoluto con el carácter histórico de El Sardinero, implícito en su declaración como conjunto histórico, no es un antecedente tranquilizador que haga presagiar una actuación respetuosa y sensible. Sirvan estas líneas de advertencia del cuidado excepcional que merece un patrimonio tan importante y que es imprescindible respetar. Piquío tiene sabor a Sardinero, a mar y a verano. Es necesario su mantenimiento conservando el espíritu con el que nació.

Firman por el Grupo Alceda: Aurelio G-Riancho, Esperanza Botella, Domingo Lastra, Cesar Pombo, Miguel de la Fuente, Rosa Argos, Alberto G Hoyos, Rosa Coterillo, Mina Moro, María García-Guinea, Joaquín Mantilla, Celia Valbuena, María Trimallez, Claudio Planás, Angelines Basagoiti, Monse Martin-Sáez, Luis Peña, Celia Sobrino, Merche Fernández, Ana Trimallez y Cristina Gutiérrez Cortines

 

El Grupo Alceda se habría opuesto firmemente a las obras que Don Ramiro Sainz Martínez llevó a cabo en los jardines de Piquio a partir de 1925. Con los mismos argumentos con los que ahora se inquieta ante las obras de conservación y restauración que va a acometer el Ayuntamiento, este grupo de ciudadanos ilustres, movidos por “la conservación del espíritu con que nació” Piquio, habrían alzado su voz contra aquellas actuaciones del osado arquitecto municipal.


Piquio, antes de la genial intervención de Don Ramiro, era un morro o saliente “naturalizado” como se llama ahora a lo que mantiene un aspecto más o menos virginal, con sendas de tierra que se protegían en algún punto mediante barandillas de madera e incluso de cemento imitando madera. Algunos muros de grandes piedras hacían de parapetos y nivelaciones. Bancos hechos toscamente con troncos al borde de los caminos que delimitaban praderías que no se podían llamar parterres pues las plantas y arbustos crecían allí de modo espontaneo. Petos formados por grandes losas de piedra sacadas de la propia cantera que allí había e hincadas de modo natural en el suelo… Todo era “natural”, agradable, sin estridencias con las imprescindibles comodidades de un paraje semirural. Hoy hay que situarse en la actual punta de Cabo Menor para imaginarse algo aquel estado inicial de Piquío.

Pero hacia 1925 y siguientes (sobre todo a partir de 1939) el arquitecto municipal interviene en aquel morro con un diseño ecléctico y rompedor con lo anterior. Establece una plataforma superior triangular mediante los correspondientes muros de contención de piedra que regularizan y geometrizan un contorno hasta entonces muy irregular. En esa plataforma diseña unos parterres con una composición axial perfectamente simétrica de contornos mixtilíneos que se acentúan mediante el uso de bordillos fabricados “in situ” con canto rodado que pespuntea aquellos parterres. En el mismo morro y también mediante los correspondientes muros establece dos miradores semicirculares.  El superior lo remarca y protege con una pérgola en abanico y en el centro del semicírculo sitúa un primer monumento bien geométrico que es la conocida “tierra paralela”. El inferior, autentico mirador de proa del conjunto con algo más de 190º de visibilidad sobre las playas, lo ordena con la liviana y trasparente barandilla que emplea en todo el jardín, remarcando su centro con un segundo elemento escultórico, también perfectamente geométrico, que es una “rosa de los vientos” con signos zodiacales. En planos sucesivos de menor altura los jardines desarrollan el equivalente a las cubiertas de un barco con escaleras que las comunican y cuyo perfil de petos y barandillas blancos destaca sobre los fondos de piedra y vegetales. Se consiguen así una serie de miradores a diferentes niveles incluidos en itinerarios que bordean los contornos rígidamente establecidos en la plataforma superior y que la conecta con las playas.  Hay pasarelas, escalinatas de un tramo, quebradas de varios, ensanches semicirculares, terrazas rectas, grandes miradores y pequeños pasos. Todo un conjunto ajardinado en tres dimensiones. Además, Don Ramiro, diseña unos bancos absolutamente contemporáneos y destierra aquellos “naturalizados” hechos de troncos de árboles que había en el “anterior” Piquio. Sus bancos se inspiran en la Bauhaus y constituyen un ejemplo de diseño de mobiliario urbano.

 

 

Piquio pasó de pura naturaleza a pura geometría.

Con los años vinieron cambios y después degradación. En principio los pasos entre parterres eran de tierra (como en los Jardines de Pereda) y en reformas posteriores se asfaltaron esos caminos, por influencia francesa, donde casi todas las aceras están asfaltadas. Con ello Don Ramiro aprovechó para incrustar en aquel asfalto, una cenefa de piezas cerámicas que contorneaban los parterres, remarcando así mucho más la geometría del conjunto. Se plantaron alineaciones de palmeras que aún ahondaron más en la geometría. Con los tamarises ya crecidos se proyectaron unos pórticos metálicos de tubo que formaban “puertas” al inicio de algunos paseos y que en los años 60 el ayuntamiento dotó de carísimos tubos de neón de colores, que el Servicio de Ingeniería Industrial montaba y desmotaba cada temporada de verano, como una de sus más importantes labores anuales. Piquio era la joya de nuestros jardines. En 1968 Franco utilizó aquel magnifico mirador para presidir el hollybudiense simulacro de desembarco en las playas, acto central de la Semana Naval.

 

 

En los 80 se sustituyó el aglomerado de la acera que sube desde la Plaza de Italia por una baldosa “tipo Escofet” con un dibujo ondulante y se realizó una barandilla de forja con pilastras de mampostería en buena parte de ese recorrido. También se cambió el pavimento del paseo sobre la segunda Playa por baldosas con dibujos. Todos estos elementos son absolutamente discordantes con el diseño general del jardín, aunque son exteriores a él.

 

El pavimento asfaltico (no confundir con aglomerado de calzadas) de color gris oscuro, adquiría un intenso tono negro azabache con la humedad o la lluvia, lo que hacía resaltar aún más los blancos bordillos y barandillas, así como los colores de las plantas y flores. Pero dio problemas de abombamientos con pequeñas ampollas que significaban un constante riego para el peatón y que el Ayuntamiento solucionaba cortando aquel abultamiento y parcheando la herida. Las aceras y paseos iban cobrando mal aspecto con este proceso.

Años más tarde se pavimentan con ladrillo los paseos que están por debajo de la plataforma superior de los jardines y el arco de la pérgola; se sustituyen las escaleras iniciales de hormigón y pletina de hierro por granito bastamente apiconado; se sobrepone un slurry (delgada capa de asfalto) de color azul turquesa a todos los caminos; se instalan unas voluminosas balizas de luz en los bordes; se sustituye la ligera barandilla del mirador de proa por una brutalista de cerámica, que pretende emular a las elegantes olas de la playa; se instala un kiosko de helados en el interior de los jardines como consecuencia de ser desplazado por el carril bici, …

La degradación general alcanza a las plantas que no se mantienen debidamente y todo el jardín aparece descuidado incluso con ratas en las palmeras.

Entonces el Ayuntamiento decide restaurarlo, redacta un proyecto de un ingeniero y un paisajista y lo adjudica a una empresa constructora y anuncia el comienzo de la obra. Y es entonces, justamente entonces, cuando el Grupo Alceda publica una alarmante nota con los peores presagios sobre la obra.

El proyecto ha estado expuesto durante meses y ha podido ser libremente descargado de la página web del Ayuntamiento. Y así, cabe preguntarse si los ciudadanos ilustres del Grupo Alceda no lo han consultado o si lo han hecho, cómo no lo explican en su nota. Malo, en cualquier caso. Una opinión autorizada debe estar informada y no parece que lo esté en este caso. ¿O sí? Entonces peor, porque si conocieran el contenido del proyecto verían que todas sus inquietudes son infundadas, pero, aun así, publican una nota alarmante que los haga aparecer como garantes de “la conservación del espíritu con que nació” Piquio. ¡Bravo! Muchas gracias Grupo Alceda por estar callados hasta ahora, de esa generalizada degradación de los jardines, de esas intromisiones, presuntamente artísticas, de los estridentes colores empleados en los materiales, del arruinamiento de algunos muros, del descuido de la jardinería, del mal aspecto general de los pavimentos y peldaños… muchas gracias por no haber empujado a que el Ayuntamiento actuara antes, por dejarlo estar y solamente ahora, cuando se va a arreglar, salir a dar la nota. De prensa.

Los ciudadanos ilustres del Grupo Alceda pueden estar satisfechos de las lecciones de historia que divulgan y de su papel activista en pro de la conservación del patrimonio. Así se hace, sí señor.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario