Todos los cantabros sabemos, o deberíamos saber. que Augusto González Linares fue un científico
santanderino nacido en Cabuérniga (entonces no se usaba la palabra Cántabro, a
lo más Montañés), de finales del siglo XIX. Murió el 1 de mayo de 1904 y esa
fecha marcó algo su posteridad. Debió ser una persona muy sociable que consiguió
no solo el reconocimiento científico sino, también, el popular, cosa que hoy a
mí me parece hasta más meritorio. Don Augusto fue un hombre enamorado de la
biología marina y desarrolló una gran actividad relacionada con el mar y la
vida que lo habita. Creó la Estación de Biología Marina de Santander, germen de
los actuales Museo Marítimo y del Instituto de Oceanografía. La vieja Estación
de Biología Marina era una destartalada nave pegada a la antigua fábrica del
gas de Puerto Chico, de cuyo techo colgaba el esqueleto de una ballena
diseccionada por don Augusto y que hoy cuelga en el hall del Museo Marítimo.
Visité varias veces en los años 50, aquella, entonces cochambrosa nave de Puerto
Chico, pero, bien guiado (por mi padre), comprendí la importancia de lo que
allí se almacenaba. Era normal: los científicos en España no han estado nunca
reconocidos y, en general, desarrollan su labor en malas instalaciones.
Entonces y, temo, que como ahora.
Se murió
don Augusto ese primero de mayo de 1904. El Ayuntamiento le erigió un
monumento, muy clásico y romántico con un busto del sabio en bronce y un
pedestal de mármol en el que la figura femenina de una hermosa fama, eleva
hacia el sabio una rama de laurel, símbolo de la excelencia. Me gusta
especialmente el arranque del busto, porque allí el escultor, en vez de
resolverlo con unas molduras más o menos clásicas, lo hace con un amasijo de
animales marinos, pulpos, estrellas de mar, etcétera. Muy hermosa la idea del
ayuntamiento y la ejecución del monumento. Se instaló en el Sardinero, no sé
muy bien si primero en Piquio y luego en la Plaza del Pañuelo (delante del
antiguo Casino y del Gran Hotel, hoy plaza de Italia) o al revés. Estuvo en los dos emplazamientos.
En la fecha del primero de mayo, que se celebraba con manifestaciones y fiestas
populares, durante los años 20 y 30, se depositaba algún ramo de flores en el
monumento de don Augusto, pues era, como dije, hombre popular y querido por los
ciudadanos con conciencia de clase, que eran los que iban a las manifestaciones
en esa fecha reivindicativa.
Mucho años
después y tras el final de la guerra civil, don Augusto había quedado marcado
por los reconocimientos del primero de mayo, que había pasado a ser
fecha revolucionaria, así que el monumento fue desmontado y trasladado a la alameda
de Oviedo, pero sin el busto. Allí estuvo más de treinta años sin que,
aparentemente, nadie notara la falta de don Augusto, a pesar de que la figura
femenina de la fama seguía estirando su brazo, con una imaginaria rama de
laurel, que había desaparecido, hacia una peana vacía. Más de treinta años
esperando en esa postura mientras, vio el ir y venir de los santanderinos por
la alameda, arriba y abajo. Allí cerca se habían colocado varios monumentos
“incómodos” para el régimen. Recuerdo algún banco y varios escudos con la
corona republicana, que adornaban la alameda ante la total indiferencia
popular.
Debió de
ser en el año 1972 cuando conocí al concejal del ayuntamiento José Luis Arce,
médico pediatra sobrino del eminente Don Guillermo Arce creador de una escuela
de pediatría de fama internacional (otro sabio poco reconocido, y también con
su monumento en la ciudad, del que también se pueden contar muchas cosas). Yo era arquitecto
municipal y José Luis Arce era una persona inteligente, agradable y
culturalmente inquieta. Hay que situarse en aquellos últimos años del
franquismo. En una cena, con un cierto aire de clandestinidad, me propuso
reponer el busto de bronce de don Augusto, en su monumento de la Alameda. Lo
haremos por la noche, sin avisar a nadie, solo a los imprescindibles. Perfecto.
Una cuadrilla de obreros de talleres municipales a las órdenes de su jefe, el
inolvidable Chele, y bajo mi supervisión, repusieron el busto en menos de media
hora. Con nocturnidad y sin contarlo a nadie. Pasaron los días y José Luis Arce
y yo quedamos muy contentos de lo bien que había salido aquello. Nadie se
enteró y la gente seguía pasando por delante del monumento sin, al parecer,
reparar en qué ahora ya estaba el homenajeado en su sitio. Un éxito de
operación clandestina...
Pocos años
más tarde, ya en la incipiente democracia, hubo que trasladar nuevamente el
monumento. Todavía era arquitecto municipal, así que me correspondió de nuevo
dirigir la operación. Tengo la idea de que los monumentos que representan a
personajes ilustres, son una perpetuación de esos personajes y que, en su
inmortalidad, siguen sintiendo algo de lo que fueron en vida. Me parecía que a
don Augusto le hubiera gustado estar mirando al mar. Para siempre. Desde su
hermoso pedestal. Así que propuse, y me aceptó la corporación, situarlo en los
jardines frente al hotel antiguo Rhin, donde estuvo la primera iglesia de san
Roque. Y allí ha estado muchos años don Augusto, disfrutando de su mar en una
vista espléndida de la ensenada del Sardinero, con las playas en primer plano y
Mataleñas y el faro al fondo. El emplazamiento permitía, además, que los
paseantes pudieran ver de cerca el monumento (como lo habían tenido en la
alameda también durante décadas), de modo que parecía que aquel sería el
destino final del monumento.
Pero hay
una parte de la gente que no sabe comportarse con lo público y arremete contra
ello sin pretexto alguno. Vandalismo. Y hay quien lo encuentra divertido: Mira,
mira lo que hago con la mano de esta tía, y con la cara, venga hazme una foto,
uf que tío más feo, con esas barbas, ahora otra foto subido a caballo encima de
la tía, venga, vaya se rompió, pues sí que frágil la tía esta, hale, vamos. Y
allí queda, maltrecho el monumento. El ayuntamiento lo arregla, pero vuelven
los vándalos a lo mismo. Otra vez roto. Otro arreglo. Otro roto.
Alguien
propone una solución drástica: castiguemos al monumento, ya que no podemos
castigar a los vándalos. Vamos a ponerle en una isleta de tráfico, ahí no se
acercará nadie. Efectivamente: no se acerca nadie. Nadie ve a Don Augusto, a su
delicada y bella fama, a su pedestal lleno de vida marina, a su barba. Nadie lo
ve. Y él ha pasado de ver el mar eternamente, a ver la parada de taxis del
Sardinero. Dónde vas a parar, mucho más variado y divertido. Los vándalos no atacan,
se les ve demasiado y esas cosas hay que hacerlas a escondidas, por si acaso.
Un éxito de gestión.
Llegan las
obras de la nueva Plaza de Italia. Por tercera vez en mi vida me tropiezo con
don Augusto. Le conozco bien, me distingue con su amistad, faltaba más: le
saque de unos oscuros almacenes municipales a la luz del día y luego le coloqué
frente a su mar. Me ha dicho que me está muy agradecido y yo estoy conmovido
por esa gratitud del sabio.
Pero, don
Augusto, hay que moverlo otra vez. Búscame un sitio tranquilo, que me vean y yo
vea algo bonito y que no se suban encima de mí, salvo para ponerme flores, que
eso me gustaba. Esto entendimos en el estudio para hacer el proyecto. Le dimos
unas cuantas vueltas: una pena olvidar lo del mar, pero el vandalismo está de
moda y marca tendencia, así que buscamos un sitio que le pudiera gustar a don
Augusto. Allí, al comienzo de los jardines de san Roque muy cerca de la Plaza
de Italia, entre dos palmeras centenarias, sobre un parterre elevado, que lo
engrandece, pero no lo aleja de los paseantes, con una plazoleta delante, con
bancos donde sentarse y poder admirarlo, sin tráfico, ni taxistas cercanos...
Me gusta, nos dijo, perfecto, ahí me quedo. Se hizo según proyecto.
Dos días
más tarde unos paseantes que alardean de conocer la vida y obra del sabio,
consideran que el Ayuntamiento, que no hace más que “bobadas”, ha maltratado a “su”
sabio y que lo esconde de la vista del personal. Varios se suman, incluso el que
según él, consiguió castigar al monumento a la isleta de tráfico, alejarlo de la gente y
ver taxistas día y noche. Todos creen que el Ayuntamiento maltrata la memoria
del sabio. Tres cartas crean opinión. Se parece a lo de los vándalos. Nadie
argumenta nada, más allá de que el monumento se esconde.
¿No pueden
esperar un poco a verlo terminado? No. Ahora, haremos una plataforma y
colocaremos el monumento donde quiera el pueblo (dirigido por mis opiniones), faltaba más. ¡Venga!.

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