Hace ocho meses que
el Banco de Santander expuso en el Palacete del Embarcadero su propuesta de
actuación en los edificios del Paseo de Pereda y Hernán Cortés, para alojar, en
el primero, la colección de arte que ha acumulado a lo largo de sus muchos años
de vida. Los proyectos de los arquitectos Chiperfield y Cruz y Ortiz estuvieron
durante casi un mes expuestos: maquetas, planos e infografías, definían con muy
buena precisión, el alcance de la propuesta, que era fruto de más de un año de
conversaciones entre propiedad, técnicos y políticos del Ayuntamiento y del
Gobierno de Cantabria.
Fue
una gran noticia para la ciudad, creo yo, y todo parecía esperanzador. Uno ya
es mayor y no las tiene todas consigo después de las polémicas del Centro
Botín, el edificio Moneo, el Museo de Cantabria en las Llamas y muchos más
casos que no voy a recordar aquí. Salí contentísimo de ver la exposición,
porque los proyectos me parecieron brillantes y porque al final Santander iba a
ser sede de una importante colección de arte en el mejor lugar posible. Hace
tres meses asistí a la presentación del proyecto por el propio Chiperfield en
el Colegio de Arquitectos y pude comprobar lo bien pensado y armado que estaba
aquel proyecto. Chiperfield se mostró muy honesto cuando describió el cierre
acristalado de la parte superior del arco central del edificio y habló de las
limitaciones que los vidrios tienen para las trasparencias. Estaba claro que
alguien le había advertido de un cierto runrún, sobre el cierre del arco, en
esa inconcrección que llamamos opinión pública.
Para
entonces un par de asociaciones ya habían expuesto en sendos artículos sus
reservas hacia el cierre acristalado de la parte superior del arco, al que
achacaban incluso la “estrangulación” de la calle martillo y de los barrios
limítrofes. Ahora, el grupo socialista del Ayuntamiento se suma a esta
inquietud y ruega al Banco y a Chiperfield que reconsideren la propuesta de
aquel cierre acristalado.
El
edificio del Banco es una construcción relativamente reciente, tiene poco más
de sesenta años, y fue el resultado de una operación de imagen del Banco de
Santander, que entonces no era ni siquiera de los más importantes de España y
que quería monumentalizar su sede central. La obra fue polémica y eso que en
aquellos años las polémicas escaseaban por imperativo legal. Hasta hace muy
poco el edificio fue considerado, por la ortodoxia arquitectónica, como un
pastiche y una agresión a la imagen unitaria del conjunto del paseo de Pereda.
Es verdad que la imagen externa, correspondiente a un edifico de viviendas del
XIX, nada tenía que ver con su uso bancario, con los espacios interiores y con
la tipología constructiva (es un edificio de estructura de hormigón armado).
También es verdad que el ático central de la
fachada rompía la, hasta entonces, casi homogénea línea de cornisa del conjunto
del Paseo. Y, por último, el arco sobre la calle Martillo era un muy rotundo
invasor aéreo del espacio público.
Pero
los edificios nos ganan por el paso del tiempo y, al margen de sus valores
arquitectónicos objetivos, pasan a ser parte del paisaje de una o más
generaciones y entonces esas personas los sienten como suyos. Ya no se trata de
analizar sus aciertos o desaciertos, es “nuestro” edificio, hemos pasado por
delante de él miles de veces, incluso hemos entrado si somos clientes o lo
conocemos por otros motivos. Y él, a nosotros. Así que hay algo que nos une a
esa imagen, testigo de nuestra vida urbana. No es fácil actuar en ese ambiente.
Resulta
contradictorio, para alguien de mi edad, que ahora, algunas asociaciones y
partidos, salgan en defensa de la limpieza formal del arco del Banco. Me
sorprende. Porque no se trata
de desmontar el arco, hacerlo desaparecer o cegarlo. No. Se trata de seguir
manteniendo esa imagen que consideramos nuestra, con una intervención bien leve
que no afectará a la forma, juego de luces y sombras y sensaciones percibidas
por el viandante.
El
arco es falso. Los arcos de triunfo en los que se inspira, prediciendo el éxito
mundial del Banco, son arcos reales, desde una cara a la otra. El de Paris, el
de Madrid, el de Barcelona y los clásicos romanos, son arcos de un lado a otro,
de modo que se conforma una bóveda que los atraviesa. En el “nuestro”, su arquitecto,
Javier Riancho, optó por una solución ingeniosa que le permitió aparentar un
arco continuo en todo el fondo del edificio, pero qué interrumpió en su parte
central con una solución adintelada. Esto le permitió ganar altura en ese punto
y abrir ventanas a la calle Martillo, en las tres primeras plantas a cada lado,
ganado en funcionalidad, pero perdiendo en rotundidad. Cuando uno atraviesa
andando bajo el arco percibe, si está a ello, una extraña sensación
consecuencia de que atraviesa una sucesión de espacios con diferentes alturas
en lugar de una bóveda continua, que sería lo suyo. La acústica es radicalmente
distinta, pero quizá sea esa una sensación excesivamente sutil para ser
apreciada en medio del paso de coches, autobuses en uno y otro sentido. Así que
Riancho hizo dos arcos independientes en cada fachada y un mayor espacio
central con techo plano.
Esa
división la aprovecha ahora Chiperfield para, utilizando la parte central, que
no es un arco, proyectar un espacio acristalado, que, a modo de fanal colgado,
es atravesado en su interior por pasarelas y escaleras que comunican, en los
niveles altos, las dos partes del edificio. La solución, que se ha calificado
de “drástica”, no puede ser más delicada. Reconoce el arquitecto que a pesar de
ser acristalado no podrá verse con nitidez de un lado para otro. Evidente. Pero
sí se percibirá la claridad de un lado para otro, consiguiendo de esa manera
que el contraste o juego de luces y sombras que actualmente produce el arco se
mantenga. En esa parte superior del arco se verá, en contraluz, deambular a los
visitantes de la colección. El tráfico, mientras no se peatonalice la calle,
seguirá pasado por debajo.
¿Alguien
que está en la Plaza del Río de la Pila o baja por la calle Martillo es capaz
de ver o disfrutar de las vistas que se adivinan al otro lado del arco? Nadie.
El efecto que produce el edificio es el de un fuerte contraste entre la
oscuridad de la fachada y la claridad del ojo del arco. Esto hace atractivo
pasar bajo aquel y, entonces sí, ver el otro lado y disfrutar de las vistas. Claridad
y oscuridad. Esa es la esencia del arco. Y ese efecto lo consigue Chiperfield
con su brillante solución. Lo mismo que Javier Riancho ingenió la solución
central del arco de modo adintelado buscando la funcionalidad, Chiperfield la
utiliza, sesenta años después, para esa necesaria e imprescindible
funcionalidad del edificio. Sin merma de sus valores compositivos y
perceptivos.
El Banco
es un edificio, como todo el Paseo, para ser percibido oblicuamente y no
perpendicularmente. Siempre lo vemos desde un ángulo más o menos agudo según
estemos en la acera del Paseo o en los Jardines y en esa vista oblicua se
respetan los arcos de Riancho, pues el cierre acristalado de Chiperfield se
retira de la fachada para preservarlos.
Un
acierto pleno, en mi modesta opinión.
Mantendré
las mismas sensaciones que me trasmite externamente el edificio, antes y
después de la actuación.
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