Tengo un nieto de 13 años que
queda con sus amigos en Correos. Para dar una vuelta por los jardines, el
centro y tomar un helado. Debe ser la quinta generación que lo hace. Correos es
una referencia indudable y precisa para los santanderinos. Tiene, además, unas
escalinatas que permiten a la gente joven, sentarse a esperar, en grupos
desordenados característicos. Correos ha sido una “institución” para toda la
sociedad, cuando la comunicación era, sobre todo, escrita; por carta. Hoy las
cosas han cambiado y Correos no tiene aquel carácter impregnador de toda la
comunicación. El teléfono y las empresas de mensajería han estado a punto de
acabar con el servicio y parecía que internet le daría la puntilla. Pero no,
Correos sigue bastante vivo y aunque no es lo que era, sigue siendo un servicio
muy eficaz.
Cuando, hace cien años, Correos
era un imperio de las comunicaciones (no hay que olvidar a su hermano Telégrafos)
edificaba palacios para sus sedes. La de Madrid, en la Cibeles, es un ejemplo
de ese poderío imperial, que ya les gustaría hoy hacer a las grandes empresas
de telefonía e internet. En Santander, como en otras capitales provinciales, la
institución construyó un edificio potente en el centro mismo de la ciudad.
Correos convocaba concursos en cada capital de provincia en el que se exigía,
entre otros valores, la incorporación de “estilos típicos” de la arquitectura de
la localidad, para que el edificio se integrara y ofreciera testimonio de las
características arquitectónicas del lugar. (Algún crítico se mofa de estas
intenciones, con el aire de superioridad que da juzgar las cosas pasadas, pero
no deja de ser inquietante este afán actual de desligar todo de su contexto. De
manera que hoy, si se convocara un concurso similar, se exigiría un lenguaje
arquitectónico “contemporáneo”, inconcreto término, pero en el que los
profesionales interpretamos que el edificio a proyectar pueda estar en
Santander o en Sebastopol, siempre y cuando aparezca como “contemporáneo” y
desde luego no debería, en ningún caso, parecer una sede de Correos, si es que la
apariencia lo permitiera…)
Con aquellos requisitos, ganaron
el concurso los arquitectos Secundino Zuazo Ugalde y Eugenio Fernández
Quintanilla y lo hicieron cumpliendo fielmente las bases, con un estilo
“regionalista montañés” inconfundible. Ecléctico, dirá aquel crítico (suena
mejor y, además hay mucha gente que no sabe lo que es: Algo que combina
estilos, que no es puro). No es fácil hacer un edificio institucional de gran
escala con estilo “regionalista Montañes” con el que, en genral, no se había
pasado de grandes casonas o palacetes. Ambos eran muy buenos arquitectos y su
obra, además de cumplir aquellas bases, que hoy mueven a la mofa de los
críticos, lo hicieron con enorme sabiduría, manejando recursos de todo tipo,
para hacer un edificio, un Palacio de Comunicaciones, de gran valor
arquitectónico y urbano. Este último
aspecto es el que más me interesa destacar ahora.
Mi nieto de 13 años tiene ya la
referencia de Correos para quedar con sus amigos, pero yo también: aparco en
Correos, cojo o me bajo del autobús en Correos, voy a la Delegación del
Gobierno enfrente de Correos, además de recoger y entregar cartas y paquetes
dentro del edificio… Ese edificio es un hito en la ciudad, un hito con nombre
propio y con referencias “universales” para sus habitantes.
Hace cincuenta años estuvo a
punto de ser ampliado. El Ayuntamiento había demolido el edificio de los
juzgados que estaba entre Correos y la plaza de la Asunción y el solar
resultante se lo había vendido a Correos para ampliar su sede. Correos redactó
el proyecto de ampliación en el estricto sentido de la palabra: estiró el
edificio en sus fachadas norte y sur hasta casi doblar su longitud. Todo con el
mismo estilo del original. Se pretendía, como era usual por entonces que
terminada la obra no se notara la ampliación. Si se hubiera hecho aquella
ampliación, la plaza de la Catedral sería hoy mucho más pequeña. El proyecto
obtuvo licencia municipal, pero no llegó a realizarse. En realidad, nadie quería
ampliar el edificio ni siquiera los propios jefes del servicio lo veían claro,
pues ya se intuía la conveniencia de descentralizar el servicio más que ampliar
el edificio. Poco después, el entonces alcalde Alfonso Fuente, me comentó
orgulloso como había convencido al director general de Correos para no hacer la
ampliación por la dura repercusión que tendría aquella obra en la plaza. ¡El Ayuntamiento
timó al Estado! Le vendió un solar en el que luego no le dejó edificar… debe
ser una de las pocas veces que eso ha pasado en la historia de la Ciudad.
Hoy está infrautilizado y, en
cierto modo, disponible. No me quiero meter en política porque en esto son ellos
muy suspicaces y siempre piensan que puede ser una intromisión opinar sobre sus
decisiones, sobre todo si no eres un político. Sin embargo, no me queda más
remedio. Los dos candidatos del PSOE, al Gobierno y al Ayuntamiento, salieron
juntos a prometer la conversión del edificio de Correos en un Parador de
Turismo, si ganaban las elecciones. No las ganaron, pero han entrado en el
Gobierno Regional en un pacto con el PRC, de manera que es probable que se vean
en la obligación de cumplir esa promesa. Por lo menos de intentarlo.
Un edificio tiene que tener un
uso pues sin uso los edificios se arruinan. Los paradores fueron pioneros en el
rescate de edificios semirruinosos de gran valor, en una época en que no se
tenía excesiva sensibilidad para la rehabilitación. No es el caso de Correos
que ha sido sometido recientemente a una profunda rehabilitación, al menos en su
exterior, cubierta y fachadas.
Claro que más vale un Parador que nada,
pero la imagen del edificio, su situación, su potencia, nos habla de una
construcción institucional o cultural o ambas cosas a la vez. Algo más público
que un Parador. Sorprende que desde una ideología como la del PSOE se haga esa
propuesta de uso, que tiene mucho de privatizador. Es verdad que genera inversión y puestos de
trabajo, pero la ciudad pierde espacio público con ese uso que, a fin de
cuentas, es un hotel de viajeros.
Ojalá se cumplan las promesas
electorales y se dé uso al conjunto del edificio. Lo merece. Pero propongo que
se estudien otras alternativas más acordes con su imagen urbana,
por ejemplo: sede del Gobierno de Cantabria. Allí podrían quedar nuevas generaciones de jóvenes
santanderinos para dar una vuelta por el centro. A la puerta de un Parador lo
imagino más difícil.



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