Se quemó la cubierta de Notre
Dame de París, hace algo más de un mes. “Los medios y las redes hirvieron”, en
ese argot tan de hoy, que me cuesta escribir, pero ya se ve que lo hago. Todos
estábamos impresionados por lo que creíamos era una catástrofe, que no llegó a
tanto. Los franceses, consternados, se agruparon y realizaron colectas. Las
grandes empresas compitieron en donaciones, que nadie criticó y el Presidente Macron
prometió recursos y esfuerzos para reconstruir lo dañado, en cinco años. Todo
el país junto. Al menos esa es la impresión que se tenía aquí, y yo en
especial. Una investigación en curso determinará el origen y causa del
incendio. A los pocos días, salió una noticia de que se habían descubierto
colillas de los trabajadores en los andamios y se resaltó que eso estaba
prohibido. No pasó de ahí. La culpa no fue de una imprudencia a los
trabajadores fumando donde no debían. Imposible.
Que ese accidente se haya producido
en una obra y que suceda en Francia, en París, me consoló, debo reconocerlo.
Cuando suceden estas cosas en nuestro País, uno cree que es porque “somos así”
y aflora ese mal concepto de España que tenemos los españoles. Además, aquí, en
los últimos años, antes que la solidaridad, surge la búsqueda de responsables a
los que echar la culpa y los políticos tratan de sacar partido de la situación
exigiendo responsabilidades a diestro y siniestro y muchas, muchas, dimisiones.
Estoy seguro de que en Francia no faltará una investigación sosegada de lo
ocurrido y se depurarán las responsabilidades que sean necesarias, pero sin la
agitación de sentimientos que ocurre aquí. Y lo digo por la experiencia del
incendio del Museo Municipal, también durante el transcurso de una obra, con la
pérdida de buena parte de la biblioteca. Aquí llegó un momento en que parecía
que había sido la propia alcaldesa o la concejala de cultura, las que habían
prendido fuego al edificio en obras. Un frenesí de acusaciones y de petición de
responsabilidades se extendió por la ciudad y nadie mostró su solidaridad y
apoyo al Ayuntamiento (conjunto de gobierno y oposición) por esas pérdidas.
Tengo entendido que sólo la Fundación Caja Cantabria se ofreció
incondicionalmente para lo que fuera necesario (por cierto, fruto de esa
colaboración ha surgido esa magnífica exposición AQUA, que se expone en la sede
de la Fundación). Igual que en Francia. En esto del comportamiento
institucional si tengo, que le vamos a hacer, mal concepto de mi País y envidio,
y mucho, esas actitudes de apoyo mutuo y ayuda, que me parece ver en Francia.
Volvamos a Notre Dame. Las
imágenes de después del incendio mostraban la calcinación completa de la
cubierta y de la simbólica aguja que se elevaban sobre el crucero, máxima
aportación del arquitecto Viollet-le-Duc, verdadero autor de la Notre Dame que
hoy conocemos. Enorme restaurador y conocedor de los edificios históricos,
especialmente el gótico, no le temblaba la mano para hacer aportaciones más o
menos fundamentadas, pero que contribuían a la configuración formal y mítica de
esos monumentos. La aguja de Notre Dame es un ejemplo, pero hay muchas más
aportaciones, como numerosas y expresivas gárgolas o incluso supresiones, que
también las hizo.
A los pocos días del fuego ya
había en la red un buen número de propuestas de reconstrucción. Las más,
anónimas; otras, con firma de arquitecto y otras, apócrifas, como una atribuida
al mismísimo Foster. Terribles propuestas fruto de la facilidad pasmosa que hoy
día tiene la informática y unos cuantos programas, para hacer simulaciones más
o menos espectaculares. Todas las que he visto hasta ahora son espantosas y
algunas abominables.
También a los pocos días del
incendio, se publicó una composición de dos fotos de la nave central, con el “antes”
a la izquierda y un “después” a la derecha. La foto de la izquierda se
correspondía a una ceremonia, probablemente una misa, en la que todo era orden,
luz artificial y limpieza. La de la derecha mostraba un suelo parcialmente
ocupado por escombros y maderos quemados y negros. La bóveda central del
crucero, bajo la a famosa aguja, caída y otra más, también rota, dejaba entrar
una enorme cantidad de luz que inundaba la nave, con mayor potencia que la luz
artificial de la ceremonia, recogida en la fotografía del “antes”. La imagen
cobraba una enorme fuerza dramática, sobre todo por la luz.
Me pareció evidente que la solución
arquitectónica de la reconstrucción debe pasar precisamente por eso: por dejar
entrar la luz en el mismísimo crucero y aprovechar de la catástrofe esa
lección: la luz debe llegar allí desde el cielo (¿Cielo?). Lo que no pudieron
hacer los arquitectos góticos, ni Violet le Duc, se pueda hacer ahora.
Ahí lo dejo. Para la cuestión
formal habrá que contar con un buen arquitecto.

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