EL ARQUITECTO

Hasta hace pocos años el arquitecto era un profesional reconocido
por la sociedad. Se recurría a él cuando había que construir algo, sobre todo
si se quería que ese algo fuera hermoso. El arquitecto tenía una formación
humanística, técnica y, sobre todo, estética, que le hacía ser necesario para conseguir
un buen resultado arquitectónico. Conocía bien los sistemas constructivos,
dominaba las normativas técnicas de aplicación y diseñaba edificios bellos (o
al menos lo intentaba). Era también una persona de confianza del propietario
que además de reconocerle aquellos méritos, le ponía al frente de su obra con
la responsabilidad de gestionar bien su dinero y el resultado final. Debía
controlar y defender el proyecto frente a la administración y frente a los intereses
del contratista y subcontratistas que, aun siendo buenos profesionales, podían no
ser coincidentes con los del propietario. Esta relación de confianza, semejante
a la que se tenía con otros profesionales como médicos, abogados, ingenieros, …
era imprescindible para la buena marcha del proyecto y de la obra. Si
desaparecía la confianza era mejor para las dos partes, dejar el encargo pues
seguro que aquello acabaría mal. Donde no hay confianza, da asco.
Pues bien, toda esta teoría, vivida por mí en casi cincuenta años
de ejercicio profesional, se ha venido abajo en los últimos años. Hoy el
arquitecto es visto, por buena parte de la sociedad, como algo residual que, en
el mejor de los casos ha sobrevivido a la burbuja inmobiliaria, que él mismo
contribuyó a crear, forrándose todo lo que pudo, y se tiene merecido que se le
trate de otra manera. ¿Consideración? ¿Confianza? No la merece. Además, no
resulta muy necesario. “Con un ingeniero
para la estructura, por aquello de que no se me caiga, lo tengo resuelto; las
instalaciones me las hace el electricista y del gusto me encargo yo, que es
mejor que el del arquitecto”. Este es un pensamiento común.
A falta de una relación de confianza, los arquitectos sobrevivimos
ahora por una necesidad legal y eso es muy malo para el futuro, pues tarde o
temprano esa “protección” legal se reducirá y desaparecerá y con ella, la
profesión sufrirá aún más.
No hace muchos años, un presidente de gobierno anunció un infalible
plan para bajar el precio de la vivienda, con dos medidas: liberalizar el suelo,
es decir que todo él fuera edificable, para así aumentar la oferta y suprimir
los, hasta entonces, obligados baremos mínimos de arquitectos. Las
consecuencias de ambas medidas se vieron en poco tiempo: nunca la vivienda fue
tan cara, nunca los honorarios de arquitectos fueron más bajos. Los más
elementales estudios de economía urbana demuestran que la ley de oferta-demanda
no es estrictamente aplicable al mercado del suelo ya que solo funciona en un
sentido: si hay poca oferta, subirá el precio; pero si hay mucha oferta, no
significa que baje. El suelo no es una mercancía trasportable y eso la hace
singular en el mercado.
En aquellos años de burbuja el precio de la vivienda subió
imparable, mientras el precio de arquitecto (honorarios) cayó imparable. La
crisis logró estabilizar, e incluso bajar, el precio de la vivienda, mientras
el precio de arquitecto continuó en caída libre. He conocido el caso de un
arquitecto de Galicia, que aceptó redactar el proyecto y la dirección de obra de
un chalet, en Cantabria, por 3.000 euros. Todo incluido. ¿Hay quien dé más?
El arquitecto oferta y acepta, qué remedio, honorarios de
supervivencia y, en consecuencia, a menudo, no le queda más remedio que vender
trabajos o servicios acordes con aquellos.
En las relaciones Promotor-Arquitecto o Administración-Arquitecto,
la parte débil es el arquitecto. Siempre. El mundo se ha vuelto muy
materialista (capitalista) y lo de “el que paga manda”, es un principio de toda
relación laboral. La confianza, de la que hablaba al principio, no parece un
valor en alza, a pesar de ser el fundamento de las relaciones entre los sapiens.
¿O será que estamos dejando de ser sapiens?
Suprimir los baremos de arquitectos ha conducido a que se rebajen a
límites ridículos: Hoy un arquitecto puede cobrar por redactar el proyecto y
dirigir la obra de un edificio, menos de lo que cuesta la instalación y los
aparatos sanitarios del mismo. (Además, la propiedad cambiará los sanitarios por
otros, mucho más “bonitos”, y caros, en una decisión de obra a la que dedicará pocos
minutos, pero se sentirá orgullosa de la rebaja de honorarios conseguida del aqruitecto)
En el resto de Europa el arquitecto tiene una formación, y en
consecuencia unas responsabilidades, muy distintas a las de España. En Francia
la Arquitectura es una rama de las Bellas Artes. En casi todos los países, las
atribuciones de los arquitectos llegan hasta el desarrollo de lo que aquí
llamamos Proyecto Básico (necesario para obtener licencias y otros permisos,
pero no suficiente para construir). En algunos casos se quedan en el mero
Anteproyecto. A partir de ahí, tanto el desarrollo del proyecto constructivo
como la obra y su finalización, caen en manos de oficinas de ingenierías (en
las que también trabajan arquitectos), más o menos grandes. En España, el
arquitecto acepta el encargo del trabajo y lo lleva hasta el final, apareciendo
él como responsable, de principio a fin, de todo el proceso y se encarga de
contratar o coordinar todo lo necesario para terminar la obra. Desde luego se
encarga de facilitar sus planos a todos los demás profesionales que intervengan
en la construcción. En general, el arquitecto carga con la mochila del trabajo
el primer día del encargo y la suelta el día que acompaña al propietario a
hacer la escritura de obra nueva. Por el camino habrá resuelto problemas
administrativos, organizativos, constructivos, de diseño, económicos y, desde
luego, estéticos, para los que es el mejor capacitado, pues ha leído casi todo
lo que hay escrito sobre gustos, que es mucho, muy a pesar del dicho popular.
En definitiva, el arquitecto, cuya formación le ha costado esfuerzo
y dinero a él (y a la sociedad), está dispuesto a dar un servicio muy completo
(excesivamente me parece a mí, que soy más partidario del modelo del resto de
Europa), a cambio de unos honorarios que, en general, no están de acuerdo
con la prestación que da.
-
- ¡Oiga, qué hay arquitectos muy malos!, ¿eh?
Claro, como en todas las profesiones, pero a los buenos, trátenlos
bien.

