viernes, 5 de octubre de 2018

EL ARQUITECTO


EL ARQUITECTO


 
Hasta hace pocos años el arquitecto era un profesional reconocido por la sociedad. Se recurría a él cuando había que construir algo, sobre todo si se quería que ese algo fuera hermoso. El arquitecto tenía una formación humanística, técnica y, sobre todo, estética, que le hacía ser necesario para conseguir un buen resultado arquitectónico. Conocía bien los sistemas constructivos, dominaba las normativas técnicas de aplicación y diseñaba edificios bellos (o al menos lo intentaba). Era también una persona de confianza del propietario que además de reconocerle aquellos méritos, le ponía al frente de su obra con la responsabilidad de gestionar bien su dinero y el resultado final. Debía controlar y defender el proyecto frente a la administración y frente a los intereses del contratista y subcontratistas que, aun siendo buenos profesionales, podían no ser coincidentes con los del propietario. Esta relación de confianza, semejante a la que se tenía con otros profesionales como médicos, abogados, ingenieros, … era imprescindible para la buena marcha del proyecto y de la obra. Si desaparecía la confianza era mejor para las dos partes, dejar el encargo pues seguro que aquello acabaría mal. Donde no hay confianza, da asco.

Pues bien, toda esta teoría, vivida por mí en casi cincuenta años de ejercicio profesional, se ha venido abajo en los últimos años. Hoy el arquitecto es visto, por buena parte de la sociedad, como algo residual que, en el mejor de los casos ha sobrevivido a la burbuja inmobiliaria, que él mismo contribuyó a crear, forrándose todo lo que pudo, y se tiene merecido que se le trate de otra manera. ¿Consideración? ¿Confianza? No la merece. Además, no resulta muy necesario. “Con un ingeniero para la estructura, por aquello de que no se me caiga, lo tengo resuelto; las instalaciones me las hace el electricista y del gusto me encargo yo, que es mejor que el del arquitecto”. Este es un pensamiento común.

A falta de una relación de confianza, los arquitectos sobrevivimos ahora por una necesidad legal y eso es muy malo para el futuro, pues tarde o temprano esa “protección” legal se reducirá y desaparecerá y con ella, la profesión sufrirá aún más.

No hace muchos años, un presidente de gobierno anunció un infalible plan para bajar el precio de la vivienda, con dos medidas: liberalizar el suelo, es decir que todo él fuera edificable, para así aumentar la oferta y suprimir los, hasta entonces, obligados baremos mínimos de arquitectos. Las consecuencias de ambas medidas se vieron en poco tiempo: nunca la vivienda fue tan cara, nunca los honorarios de arquitectos fueron más bajos. Los más elementales estudios de economía urbana demuestran que la ley de oferta-demanda no es estrictamente aplicable al mercado del suelo ya que solo funciona en un sentido: si hay poca oferta, subirá el precio; pero si hay mucha oferta, no significa que baje. El suelo no es una mercancía trasportable y eso la hace singular en el mercado.

En aquellos años de burbuja el precio de la vivienda subió imparable, mientras el precio de arquitecto (honorarios) cayó imparable. La crisis logró estabilizar, e incluso bajar, el precio de la vivienda, mientras el precio de arquitecto continuó en caída libre. He conocido el caso de un arquitecto de Galicia, que aceptó redactar el proyecto y la dirección de obra de un chalet, en Cantabria, por 3.000 euros. Todo incluido. ¿Hay quien dé más?

El arquitecto oferta y acepta, qué remedio, honorarios de supervivencia y, en consecuencia, a menudo, no le queda más remedio que vender trabajos o servicios acordes con aquellos.

En las relaciones Promotor-Arquitecto o Administración-Arquitecto, la parte débil es el arquitecto. Siempre. El mundo se ha vuelto muy materialista (capitalista) y lo de “el que paga manda”, es un principio de toda relación laboral. La confianza, de la que hablaba al principio, no parece un valor en alza, a pesar de ser el fundamento de las relaciones entre los sapiens. ¿O será que estamos dejando de ser sapiens?

Suprimir los baremos de arquitectos ha conducido a que se rebajen a límites ridículos: Hoy un arquitecto puede cobrar por redactar el proyecto y dirigir la obra de un edificio, menos de lo que cuesta la instalación y los aparatos sanitarios del mismo. (Además, la propiedad cambiará los sanitarios por otros, mucho más “bonitos”, y caros, en una decisión de obra a la que dedicará pocos minutos, pero se sentirá orgullosa de la rebaja de honorarios conseguida del aqruitecto)

En el resto de Europa el arquitecto tiene una formación, y en consecuencia unas responsabilidades, muy distintas a las de España. En Francia la Arquitectura es una rama de las Bellas Artes. En casi todos los países, las atribuciones de los arquitectos llegan hasta el desarrollo de lo que aquí llamamos Proyecto Básico (necesario para obtener licencias y otros permisos, pero no suficiente para construir). En algunos casos se quedan en el mero Anteproyecto. A partir de ahí, tanto el desarrollo del proyecto constructivo como la obra y su finalización, caen en manos de oficinas de ingenierías (en las que también trabajan arquitectos), más o menos grandes. En España, el arquitecto acepta el encargo del trabajo y lo lleva hasta el final, apareciendo él como responsable, de principio a fin, de todo el proceso y se encarga de contratar o coordinar todo lo necesario para terminar la obra. Desde luego se encarga de facilitar sus planos a todos los demás profesionales que intervengan en la construcción. En general, el arquitecto carga con la mochila del trabajo el primer día del encargo y la suelta el día que acompaña al propietario a hacer la escritura de obra nueva. Por el camino habrá resuelto problemas administrativos, organizativos, constructivos, de diseño, económicos y, desde luego, estéticos, para los que es el mejor capacitado, pues ha leído casi todo lo que hay escrito sobre gustos, que es mucho, muy a pesar del dicho popular.

En definitiva, el arquitecto, cuya formación le ha costado esfuerzo y dinero a él (y a la sociedad), está dispuesto a dar un servicio muy completo (excesivamente me parece a mí, que soy más partidario del modelo del resto de Europa), a cambio de unos honorarios que, en general, no están de acuerdo con la prestación que da.

-          - ¡Oiga, qué hay arquitectos muy malos!, ¿eh?

Claro, como en todas las profesiones, pero a los buenos, trátenlos bien.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

JOYERIA GALAN


La joyería Galán ocupaba un bajo del Paseo de Pereda hasta hace poco tiempo. La crisis, el agotamiento de las generaciones y las exigencias de las multinacionales relojeras parece que están detrás del término de ese negocio familiar tradicional de Santander. El Paseo de Pereda, a pesar de su situación y nombre, no es una calle comercial y sus plantas bajas han visto pasar muchas aperturas y cierres de negocios incluso de hostelería que, esa sí, es una actividad con cierto éxito en esa acera. El Paseo de Pereda es calle de una acera, pues la otra es la Bahía. En general, las calles de una acera, con edificios solo en un lado, no son comerciales. Tienen más éxito comercial las calles de dos fachadas separadas la distancia precisa para que el peatón se sienta atraído por los comercios de ambos lados.


La joyería Galán había sido diseñada por un profesional de conocimiento, cuyo nombre ignoro pero que trataré de averiguar antes de terminar de dar forma a este escrito. No sé muy bien que tienda había antes, cosa que también habría que averiguar, pero el caso es que el diseñador de la joyería planteó una “sobrefachada” que hablaba bien a las claras de su contenido: el lujo refinado.  Mármol veteado gris verdoso, con una composición de orden jónico, con capiteles y basas de latón dorado. El jónico es el orden más femenino de los tres clásicos: dórico, jónico y corintio, incluso de los cinco, cuando a esos tres se añaden, por arriba y por abajo, el toscano y el compuesto. Todos los templos dedicados a diosas se trazaban con el jónico. Todos los edificios dedicados a la belleza, a la alegría o a la vida, también. El Toscano y el dórico son ordenes masculinos. El corintio y el compuesto (en parte corintio y en parte jónico) se reservaban para grandes deidades de cualquier sexo. Algunos aspectos del lenguaje clásico de la arquitectura serían hoy mal vistos con la influyente opinión feminista.




El mármol gris verdoso veteado, pulido y escogido en las piezas más selectas, se ha usado en grandes obras arquitectónicas, como revestimiento representativo de gloria y magnificencia. Desde los grandes mausoleos papales o reales, a las modernas y minimalistas obras de arquitectos como Adolf Loos y Mies van der Rohe.


En la joyería Galán, el mármol gris veteado, que desde hacía tiempo había cogido una pátina algo apagada, cubría todo lo que no eran escaparates con un despiece generoso, incluso con partes curvas de una pieza, en la solución de esquina. Los capiteles de latón dorado, cuyo brillo no dejaba lugar a dudas sobre el contenido de la tienda, jugaban el papel de joyas engarzadas en la piedra soporte, con evocaciones de todos los míticos valores del oro.


En fin, a mí me parecía una fachada muy bien trazada y ejecutada, bella y eficaz.


El autor había renunciado a la apertura o rasgado de nuevos huecos, de manera que todo el conjunto mantenía los ejes compositivos del edificio. Era una aportación arquitectónica sabiamente incorporada al carácter seco y austero del edificio, hoy dulcificado por la implantación, no original, de las galerías o miradores de madera pintados de blanco.


Aquella planta baja, destinada en origen a almacén portuario, después a comercio general y por último, con el ennoblecimiento de la acera, a joyería, había cambiado de uso muchas veces a lo largo de los casi dos siglos de vida del edificio. Durante esa vida, el edificio en su conjunto también había sido objeto de aportaciones variadas: Tiene una planta más de las iniciales que ya no enteramente de piedra de sillería, buhardillas en el tejado y galerías o miradores en los balcones…. Se puede decir que cada generación ha “aportado” algo a la imagen del edificio.



Sin embargo... el vigente Plan Especial de Protección del Conjunto Histórico Artístico del Paseo de Pereda y Castelar, exigió la demolición de aquella, a mi parecer, bella sobrefachada de la Joyería Galán y la “reposición” de los huecos originales de los almacenes navales del edificio. Así ha sucedido con algún otro comercio de la acera “noble” de Santander.


No estoy muy seguro de si con eso se recupera el Patrimonio o se empobrece. Tengo dudas y, más aún, ante la amenaza de que otros locales con “sobrefachadas” que a mi me parecen valiosas, sigan la misma suerte que la Joyería, que por otro lado ha resuelto la recuperación de la fachada “original” del edificio, de forma que me parece brillante.


Tengo dudas de por qué se quiere recuperar esa imagen de las plantas bajas, con reconstrucciones discutibles, y perdida de ejemplos valiosos de un ejercicio arquitectónico de interés, aunque en desuso: la sobrefachada. Evidentemente las fachadas de los antiguos BBV y Godofredo, de granito oscuro pulido, y otros casos parecidos, no merecían conservación, pero temo la desaparición de las de Confiterías Gómez y Heladería Regma o incluso las de La Novedad y Perfumería Calderón, en la calle Ataulfo Argenta, todas ellas disonantes con los huecos y composición iniciales de los edificios en los que se encuentran, pero, a mi parecer, valiosas como aislado ejercicio arquitectónico.


Sí me mostraría inflexible, sin embargo, con la retirada de los rótulos publicitarios de colores estridentes, salientes o no, y con los tendidos de cables y cajas, grapados a las fachadas marcando, precisamente, el límite de las plantas bajas comerciales y el comienzo de las residenciales.



La magnifica noticia del asentamiento de la colección de arte del Santander en la sede social del Banco, en el Paseo de Pereda, supongo que traerá como consecuencia una modificación del contenido del Plan Especial, para que el proyecto del señor Chiperfield pueda llevarse a efecto. Quizá sería ese el momento de reconsiderar estos aspectos menores, pero posiblemente de interés para la conservación de un Patrimonio Vivo.

jueves, 19 de abril de 2018

ESPIGONES






Santander tiene una hermosa relación con el mar, que incluso se popularizó en una romántica canción de los 50. En lo geográfico, esa relación con el mar es muy construida, muy urbana, en el tramo frente a la Bahía y el Sardinero y se convierte en una relación natural a lo largo de la costa norte, desde el Chiqui a Rostrío. La ciudad ha necesitado adaptar su borde con el mar a una complejidad de factores de amor-odio, necesidad-explotación, agresión-impacto, por ambas partes. Así que el borde construido, el de la Bahía, refleja esa historia en la que la ciudad ha puesto al mar los límites que ha necesitado para su desarrollo y supervivencia. He aquí algunos ejemplos:

La darsena y, en especial, el espigón de Puerto Chico, que me parece un espacio urbano de primera categoría en esta ciudad. Poca gente lo utiliza y puede recorrerse, ida y vuelta, en una relativa soledad y sin ruidos de tráfico, solo el del agua, el viento y el golpeteo de las drizas contra los mástiles de los barcos allí atracados. Conserva un suelo de adoquines de granito, con vías incrustadas, losas de piedra caliza y un parapeto de sillares que invita a sentarse con los pies sobre el agua, especialmente a las jóvenes parejas enamoradas. Los arcos de piedra que dan a la dársena son magníficos. Es un espigón impactante, que hemos asumido, y hoy admiramos, a pesar de la controversia inicial de su construcción, la Dársena Pequeña, como se la llamó en su día.

El Dique Seco de Gamazo, obra del 1900, que significó un gran relleno del borde de la Bahía al pie del promontorio de San Martín. En el espigón exterior del Dique se ha construido, demoliendo unas antiguas naves, el singular edificio conocido como la Duna de Zaera, que es recorrido y disfrutado a diario por cientos de personas.

Las naves del Puerto, que pronto serán sede de la colección Enaire, ocupan el espacio del desmochado promontorio de San Martín, en el que se destruyó el pequeño fuerte y los restos de la ermita y el hipocausto romano que allí había, todo para hacer el Dique Seco.

El bello paseo del borde, antigua rampa de los astilleros, que fue acertadamente urbanizado hace pocos años, después del mundial de vela, con juegos, bancos y tumbonas, y que ocupa la que fue afamada playa de la Fenómeno, en la que surgían plásticas rocas del mar.

El atractivo muelle del Promontorio, lugar de cita de numerosos pescadores de caña, con los edificios de la escuela Náutico Pesquera, Museo e Instituto Oceanográfico, construidos en un extenso relleno, en su momento desfigurador de aquella costa quebrada y sinuosa.

La falda que arranca de estos rellenos, y de la playa, hacia el norte, se hiere con unos impactantes muros de mampostería que sirven de soporte a la carretera que bordea la costa. Los muros de contención son tan extraordinariamente altos que incluso se utilizan para hacer escalada. Esa carretera es el Paseo de Reina Victoria, gran e impactante obra de ingeniería de los años 1910, que rompió en dos la hermosa ladera por la que hasta entonces circulaba, en trinchera, el tren al Sardinero. Ese impacto fue enorme (solo hay que ver las fotos y postales de aquellas fechas), pero a cambio se formó uno de los paseos más hermosos del norte de España y probablemente del mundo. Desde aquí, desde ese duro impacto, el paisaje gana en profundidad. La Bahía, el Puntal, el borde jugoso de prados salpicados de casas, los segundos planos de Peña Cabarga, Pico Solares y tras ellos los sucesivos fondos de las montañas hasta Soba y el límite, hoy nevado, de la región con Burgos. Esa sucesión de planos que a los entendidos les evoca paisajes orientales. En el agua suceden cosas variadas: van y vienen lanchas de trasporte público, barcos de recreo y deporte, barcos mercantes, algunos del tamaño de varias manzanas de casas de la ciudad. Espectacular.

Al fondo, se ve cómo el Palacio de la Magdalena emerge de un bosque de pinos que arranca con las edificaciones de Caballerizas. Un espigón parece conectar ese borde con una pequeña isla, a la que se subió un impactante edificio de aires modernistas. Otro espigón, más cercano al paseo, es el que se está construyendo con escolleras, en el mismo lugar en el que hubo un embarcadero a finales del XIX, y que, evidentemente, crea un impacto más, en este paisaje de una playa netamente urbana.

Desde el Balneario de la Magdalena, al borde de la playa hoy inaccesible por las obras, se ve el espigón en toda su anchura penetrando en el mar. Las vistas siguen siendo espléndidas y me parece que el impacto del espigón en obras, a pesar de que, en primer plano, se ve bien su considerable tamaño, es relativamente pequeño. Sobre todo, si lo comparo con los que he descrito antes. Pero la vista actual, con camiones y palas vertiendo grandes piedras, inquieta.

¿Cuál es la diferencia? Evidente: los anteriores (Puerto Chico, Gamazo, San Martín, Reina Victoria, …) han sido pensados y construidos con un buen diseño y calidad, lo que ha significado que, a cambio del innegable impacto, sean hoy unos espacios públicos atractivos de recorrer o balcones de un paisaje admirable. Pero esta vulgar escollera que llaman espigón, no es digna de este enclave. No molesta el “qué” (doy por supuesto que es la solución profesional y técnicamente adecuada a un problema grave), molesta, hiere e impacta, el “cómo”. Aquí, en la Magdalena, en “una de las Bahías más hermosas del mundo”, no se puede solucionar el problema tirando unas piedras a como queden. Si hay que hacer un espigón, habrá que hacerlo, pero este espacio, muy urbano, pese a lo que se diga, merece un tratamiento cuidadoso, como el que se tuvo para hacer del espigón de Puerto Chico un lugar con encanto, de la carretera de la costa un paseo excepcional, de un tinglado para botes un edificio-duna transitable, de un muelle de astilleros un lugar de tumbonas relajantes…

En fin, hace falta conciencia del problema que genera, más allá de la mera funcionalidad y lograr que ese espigón se pueda transitar y disfrutar desde tierra y desde el agua. Se conecte con la playa para evitar ser barrera, se acerque al agua para hacerse accesible desde ella al menos en varios puntos, se recorra como un paseo en el que andar y descansar… Y así, finalmente, pase a ser patrimonio de la ciudad y de sus habitantes.

Solo así es aceptable en ese punto.