sábado, 15 de abril de 2017

EL URBANISMO COMO DEPENDENCIA (Publicado en el Diario Montañes 2017-03-26)



El historiador británico Arnold  Toynbee (1889-1975), considera que una ciudad es una agrupación humana no autosuficiente. Es un concepto muy atractivo, especialmente hoy que todo el mundo aspira a la autosuficiencia… Efectivamente, las ciudades nunca han sido autosuficientes a diferencia de otras agrupaciones humanas como las aldeas, las villas o los pueblos. Tonybee lo analiza desde el punto de vista alimentario, pero el concepto de dependencia ha ido creciendo con los años. Desde su creación, la ciudad ha dependido de su entorno no inmediato. Y es tanto más ciudad, tanto más urbana, cuanto más dependiente es.

Algunos pretenden hacer ciudades autosuficientes y, evidentemente, fracasarán. Pues lo que salga, si sale algo, no será una ciudad. Quizá consigan un atisbo de autosuficiencia energética, allá donde el sol pueda aportar muchas horas de energía, pero no pasará de ahí. La ciudad debe ser dependiente y en esa dependencia está, paradójicamente, su grandeza.

Los suministros, alimentarios o no, para una agrupación humana de alta densidad vienen siempre del exterior y, además, cada vez de más lejos. Las ciudades antiguas, poco más que pueblos, extendían su dependencia a los campos inmediatos y a los pequeños barrios satélites de fuera de la muralla. La ciudad respondía a aquella dependencia ofreciendo abrigo y defensa dentro de su recinto amurallado cuando un enemigo la asaltaba. La ciudad tenía que ser generosa en el trazado de la muralla pensando en acoger a aquellos de los que dependía para abastecerse y tener campos suficientes en su interior para sobrevivir al asedio. Trazar una muralla en su justa medida requería mucha sabiduría y, sobre todo, conocimiento y aceptación de aquella dependencia.

Con el fin de las contiendas, las ciudades se libraron y demolieron las murallas, hecho que siempre fue celebrado con alegría, fiestas y como un gran acontecimiento. Hoy vemos las murallas, donde se han conservado, como un patrimonio valioso, pero la mirada de sus contemporáneos era muy distinta. Para ellos eran la imagen de la guerra, del aislamiento y de las enfermedades que el encierro obligado producía. Derribar las murallas suponía liberarse del atraso y significaba el progreso de la ciudad. No se vivía bien obligadamente dentro de las murallas, aunque te salvaran la vida.

Derribadas o sobrepasadas las murallas, la ciudad seguía siendo muy dependiente del entorno, de un entorno cada vez más extenso. La ciudad se hacía grande y a cambio de ser dependiente aumentaba los servicios que ofrecía. El mundo rural, mucho más autosuficiente, acudía a la ciudad a vender sus excedentes y a comprar extras y servicios.

La mirada urbanita sobre ese campo del que depende, peca siempre de superioridad. Esto de la mirada de superioridad parece muy español. En cuanto uno cree que puede, mira a los demás por encima del hombro y no se da cuenta de su dependencia. Hay algo de insufrible en la actitud urbanita sobre el campo, como la del rico sobre el pobre, la del instruido sobre el carente, la del que se cree honrado sobre el supuesto delincuente. La superioridad es una mirada siempre equivocada, pero pocas más que la del urbanita sobre el mundo rural, del que depende para vivir. El magnífico libro La España vacía cuenta muy bien esa contradictoria relación entre la España llena, la urbana y la España vacía, la rural. Hoy esta última sale perdiendo y lleva camino de desaparecer, de desertizarse aún más de lo que ya está.

También existe una Cantabria vacía, o a punto de vaciarse, frente a una Cantabria llena. Todo el territorio que se aparta de la T que forman las dos autovías que cruzan la Región, corre riesgo de desertizarse. De empobrecerse hasta casi desaparecer y con su desaparición perderemos todos. Supone algo más del 74% de la superficie de la Región habitada por algo menos del 14% del total de habitantes.

Lo urbano y lo rural son interdependientes, de modo que si le va mal a uno acabará por irle mal al otro. Parece claro que, a las ciudades, hoy por hoy, no les va mal, aunque ha habido casos clamorosos de hundimiento, por ejemplo el caso de Detroit, o de grave riesgo, como Teruel que tuvo que recurrir a pregonar su existencia. Pero el campo, en cambio, se empobrece y desertiza y no parece preocuparle mucho a nadie. Los urbanitas, que son los que detentan el poder, piensan que el campo es otra cosa.

Hoy la ciudad requiere suministros diarios muy lejanos y complejos que condicionan su existencia. Lo urbano requiere, incluso por ley, suministro de agua, alcantarillado, suministro de energía eléctrica y pavimento de calzada y acera. Estos son los mínimos suministros para que la ley te conceda la clasificación de urbano. Además, tú, el ciudadano, vas a exigir más servicios: trasporte, alumbrado, servicios culturales, asistenciales, religiosos, docentes, etc... Pero incluso aquellos cuatro servicios básicos que definen lo urbano, son suministrados desde fuera de la ciudad, a veces desde fuera de la provincia o incluso desde fuera del país.

Por ejemplo: Santander si quiere seguir creciendo y ser más ciudad, requiere de un bitrasvase entre la Meseta y la vertiente del Cantábrico: Ebro, Besaya y Pas. Desgraciadamente esa lección, que, con mucho retraso y a deshora, nos ha dado el Tribunal Supremo, nos va costar mucho tiempo y dinero a todos los santanderinos. Eso, para el suministro de agua. Para las basuras la dependencia es, entre otros lugares, de Meruelo. Para la energía, la dependencia va mucho más allá y habría que buscarla en centrales atómicas, molinos lejanos, térmicas castellanas y pantanos de la meseta. Para la alimentación el área abarca toda España y llega a los mares del Norte. Dependencia. Ser grande requiere dependencia y, sobre todo, ser consciente de ella para no mirar a nadie por encima del hombro.

La ciudad, lo urbano, por definición, no es, ni será nunca, autosuficiente y debería ser consciente de sus limitaciones y dependencias con el medio que la rodea y del que depende para subsistir. Esa relación y equilibrio entre lo urbano y su entorno rural, debería hacerse con lo que llamamos Ordenación del Territorio y aquí, amigo lector, entramos en un campo minado lleno de política sectaria, integrismos medioambientales y celosas competencias administrativas.

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