El historiador británico Arnold Toynbee
(1889-1975), considera que una ciudad es una agrupación humana no
autosuficiente. Es un concepto muy atractivo, especialmente hoy que todo el
mundo aspira a la autosuficiencia… Efectivamente, las ciudades nunca han sido
autosuficientes a diferencia de otras agrupaciones humanas como las aldeas, las
villas o los pueblos. Tonybee lo analiza desde el punto de vista alimentario,
pero el concepto de dependencia ha ido creciendo con los años. Desde su
creación, la ciudad ha dependido de su entorno no inmediato. Y es tanto más
ciudad, tanto más urbana, cuanto más dependiente es.
Algunos pretenden hacer ciudades autosuficientes y, evidentemente,
fracasarán. Pues lo que salga, si sale algo, no será una ciudad. Quizá consigan
un atisbo de autosuficiencia energética, allá donde el sol pueda aportar muchas
horas de energía, pero no pasará de ahí. La ciudad debe ser dependiente y en
esa dependencia está, paradójicamente, su grandeza.
Los suministros, alimentarios o no, para una agrupación humana de alta
densidad vienen siempre del exterior y, además, cada vez de más lejos. Las
ciudades antiguas, poco más que pueblos, extendían su dependencia a los campos
inmediatos y a los pequeños barrios satélites de fuera de la muralla. La ciudad
respondía a aquella dependencia ofreciendo abrigo y defensa dentro de su
recinto amurallado cuando un enemigo la asaltaba. La ciudad tenía que ser
generosa en el trazado de la muralla pensando en acoger a aquellos de los que
dependía para abastecerse y tener campos suficientes en su interior para
sobrevivir al asedio. Trazar una muralla en su justa medida requería mucha
sabiduría y, sobre todo, conocimiento y aceptación de aquella dependencia.
Con el fin de las contiendas, las ciudades se libraron y demolieron las
murallas, hecho que siempre fue celebrado con alegría, fiestas y como un gran
acontecimiento. Hoy vemos las murallas, donde se han conservado, como un
patrimonio valioso, pero la mirada de sus contemporáneos era muy distinta. Para
ellos eran la imagen de la guerra, del aislamiento y de las enfermedades que el
encierro obligado producía. Derribar las murallas suponía liberarse del atraso
y significaba el progreso de la ciudad. No se vivía bien obligadamente dentro
de las murallas, aunque te salvaran la vida.
Derribadas o sobrepasadas las murallas, la ciudad seguía siendo muy
dependiente del entorno, de un entorno cada vez más extenso. La ciudad se hacía
grande y a cambio de ser dependiente aumentaba los servicios que ofrecía. El
mundo rural, mucho más autosuficiente, acudía a la ciudad a vender sus
excedentes y a comprar extras y servicios.
La mirada urbanita sobre ese campo del que depende, peca siempre de
superioridad. Esto de la mirada de superioridad parece muy español. En cuanto
uno cree que puede, mira a los demás por encima del hombro y no se da cuenta de
su dependencia. Hay algo de insufrible en la actitud urbanita sobre el campo,
como la del rico sobre el pobre, la del instruido sobre el carente, la del que
se cree honrado sobre el supuesto delincuente. La superioridad es una mirada
siempre equivocada, pero pocas más que la del urbanita sobre el mundo rural,
del que depende para vivir. El magnífico libro La España vacía cuenta muy bien esa contradictoria relación entre
la España llena, la urbana y la España vacía, la rural. Hoy esta última sale
perdiendo y lleva camino de desaparecer, de desertizarse aún más de lo que ya
está.
También existe una Cantabria vacía, o a punto de vaciarse, frente a una
Cantabria llena. Todo el territorio que se aparta de la T que forman las dos
autovías que cruzan la Región, corre riesgo de desertizarse. De empobrecerse
hasta casi desaparecer y con su desaparición perderemos todos. Supone algo más
del 74% de la superficie de la Región habitada por algo menos del 14% del total
de habitantes.
Lo urbano y lo rural son interdependientes, de modo que si le va mal a uno
acabará por irle mal al otro. Parece claro que, a las ciudades, hoy por hoy, no
les va mal, aunque ha habido casos clamorosos de hundimiento, por ejemplo el
caso de Detroit, o de grave riesgo, como Teruel que tuvo que recurrir a
pregonar su existencia. Pero el campo, en cambio, se empobrece y desertiza y no
parece preocuparle mucho a nadie. Los urbanitas, que son los que detentan el
poder, piensan que el campo es otra cosa.
Hoy la ciudad requiere suministros diarios muy lejanos y complejos que
condicionan su existencia. Lo urbano requiere, incluso por ley, suministro de
agua, alcantarillado, suministro de energía eléctrica y pavimento de calzada y
acera. Estos son los mínimos suministros para que la ley te conceda la
clasificación de urbano. Además, tú, el ciudadano, vas a exigir más servicios:
trasporte, alumbrado, servicios culturales, asistenciales, religiosos,
docentes, etc... Pero incluso aquellos cuatro servicios básicos que definen lo
urbano, son suministrados desde fuera de la ciudad, a veces desde fuera de la
provincia o incluso desde fuera del país.
Por ejemplo: Santander si quiere seguir creciendo y ser más ciudad,
requiere de un bitrasvase entre la Meseta y la vertiente del Cantábrico: Ebro, Besaya
y Pas. Desgraciadamente esa lección, que, con mucho retraso y a deshora, nos ha
dado el Tribunal Supremo, nos va costar mucho tiempo y dinero a todos los
santanderinos. Eso, para el suministro de agua. Para las basuras la dependencia
es, entre otros lugares, de Meruelo. Para la energía, la dependencia va mucho
más allá y habría que buscarla en centrales atómicas, molinos lejanos, térmicas
castellanas y pantanos de la meseta. Para la alimentación el área abarca toda
España y llega a los mares del Norte. Dependencia. Ser grande requiere
dependencia y, sobre todo, ser consciente de ella para no mirar a nadie por
encima del hombro.
La ciudad, lo urbano, por definición, no es, ni será nunca, autosuficiente
y debería ser consciente de sus limitaciones y dependencias con el medio que la
rodea y del que depende para subsistir. Esa relación y equilibrio entre lo
urbano y su entorno rural, debería hacerse con lo que llamamos Ordenación del
Territorio y aquí, amigo lector, entramos en un campo minado lleno de política sectaria,
integrismos medioambientales y celosas competencias administrativas.

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