lunes, 19 de septiembre de 2016

LAS MERCEDES DE SANTA TERESA



LAS MERCEDES DE SANTA TERESA



Ayer fuimos a una conferencia de Joseph Pérez, 85 años, eminente historiador e hispanista francés, de padres españoles, premio Príncipe de Asturias 2014 de Ciencias Sociales. Un hombre excepcional. Fue presentado, como todos los martes en la UIMP por un, como siempre, desaliñado, Guillermo Balbona, periodista de cultura del Diario Montañés, que se encargó además de las primeras y excesivas preguntas tras la exposición del historiador. La conferencia duró demasiado y a Joseph Pérez se le veía cansado mucho antes del final.

Joseph Pérez se ha convertido desde 2007, en que publicó su libro, en una autoridad en Santa Teresa. Con una expresión casi arrebatada, Pérez nos contó las “mercedes” que Santa Teresa decía que Dios le había dado: La Mística o el deseo irrefrenable de alcanzar a Dios, el conocimiento profundo de la Mística o su freno por la razón y la expresión de todo ello por escrito o de palabra.

Pasión, razón y expresión. Esas son las “mercedes” que Santa Teresa dice que Dios la concedió. Casi nada.

Está claro que para hacer algo en la vida hay que tener esas mercedes.

Los arquitectos (vamos a lo nuestro) deberíamos estar dotados de ellas. Como Dios no enseña arquitectura, aunque a veces lo parezca, no nos queda más remedio que adquirir las mercedes en una Escuela Universitaria. Allí se supone que nos deberían de proveer de las tres, para lo que los planes de estudio actuales prevén seis años, aunque la media de duración de la carrera es de más de diez. Da tiempo a adquirir muchas mercedes. O esas tres en cantidades ingentes.

Pasión. Hay que despertar la pasión por el trabajo, por la arquitectura. Pocos profesores conocí que trasmitieran pasión por la arquitectura, mira que me parece fácil y más hoy en día en que hay tantos medios al alcance de la enseñanza para ilustrar el discurso de la pasión. Pero se ve que trasmitir pasión o iniciarte en la mística de la arquitectura no es cuestión de medios sino de cierta habilidad en la exposición y, también, cierta disposición en el aspirante. Así que pocas veces se da el chispazo necesario. Hay también falsas experiencias místicas movidas a veces por el deseo de alcanzar la real y que conducen a una pasión un tanto “friki” de la arquitectura: Desmesurada y obsesiva, pero falta de amor, imprescindible en toda pasión.

Razón. Conocimiento profundo de los límites de la pasión, para evitar que se desboque o arrastre a lugares no deseados. Aquí están los conocimientos  teóricos de la profesión. Hay que absorberlos todos, cuantos más mejor. Y profundamente, sin quedarse en la superficie. Analítica y críticamente. Muchos profesores trabajan en este campo, pero muchas veces solo pretenden con sus asignaturas ahogar cualquier pasión que consideren irregular. Luego otros profesionales, destinados al control administrativo, pretenderán también contener cualquier atisbo de pasión en compañeros suyos, bajo pretexto de legalidades y normativas encorsetadoras de la realidad.

Expresión. Esta es la revolución de nuestros días. La arquitectura ha encontrado en los ordenadores el soporte de una expresividad sin límites. Para bien y para mal. De las tres mercedes es la más envenenada pues, ya hemos visto, puede producir monstruosidades también sin límites.

Para todo en la vida hay que tener estas mercedes.

Para la arquitectura también.

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