JAVIER CARVAJAL
Javier Carvajal fue mi primer profesor de Proyectos en la
Escuela de Arquitectura. En realidad no es exacto, pues él era el encargado de la
asignatura Proyectos II que se daba en el segundo curso de carrera (después de dos o tres años en la escuela). En primero había la asignatura de Proyectos I, que daban
Domínguez y otros malos compañeros de Gutiérrez Soto. Los alumnos sabíamos, incluso
antes de entrar en la escuela, que tendríamos que esperar esos dos o tres
años para que, al llegar a segundo, alguien que se llamaba Javier Carvajal, nos
hablara de arquitectura y proyectos. Lo de antes era inservible, sin interés. Lo comprobé
curso tras curso. Hice "la hornacina", primer ejercicio de proyectos que desde
tiempos remotos se hacía en la Escuela. Consistía en diseñar una hornacina
clásica en el muro de contención de un imaginario jardín. Resuelto el proyecto,
en el que había que demostrar tus conocimientos de los órdenes clásicos y el
manejo de técnicas de representación como la aguada y la acuarela, los
siguiente ejercicios de primero ya eran más "normales": una caseta de
control de entrada de una instalación industrial y cosas así.
Nadie, como en el resto de las
asignaturas prácticas, nos enseño cómo hacer las cosas, cómo afrontar el
problema (de la hornacina, de la caseta o de lo que fuera). Los profesores se
limitaban a poner el tema y, una vez entregado, a corregirlo, generalmente, sin
piedad y desde luego sin ningún argumento. Dibujo Técnico, Análisis de Formas
I, Análisis de Formas II, Proyectos I, eran asignaturas en que no te enseñaban
nada, simplemente te corregían. Lo que se aprendía se aprendía de los demás
compañeros en las larguísimas convivencias de clases que duraban cuatro o más
horas. En aquel ambiente se hablaba de que al llegar a segundo había un
profesor llamado Carvajal que, ese sí, te enseñaba cosas. Para los alumnos de aquellos
primeros años Carvajal era como la tierra de promisión, creaba expectación y
ganas de llegar a ese curso maravilloso donde se hablaba de arquitectura y se
hacía siempre un viaje a Barcelona que era lo más exótico que se podía permitir
en aquel momento. Barcelona era, vista desde la escuela, como un centro de
modernidad y progreso. Cosmopolita.
Llego el momento. Debió de ser a
mediados de octubre de 1964 cuando tuvimos la primera clase de proyectos del
curso, la primera clase de proyectos en la escuela. El aula estaba absolutamente
abarrotada. Toda la promoción, como unos ciento cincuenta, estábamos allí. Al
fin podríamos ver en qué consistía aquel fenómeno llamado Carvajal. Era un tipo
alto delgado, siempre trajeado, con cara de listo y vivo, de hablar fácil y
fluido, que yo recuerde, sin muletillas. Debió de explicar los grupos de clase
y presentar a sus "auxiliares" y, después, comenzó a hablar:
"- La arquitectura es construir
para el hombre en determinadas circunstancias de espacio y tiempo" ...
Esta definición, que le oí a Carvajal
repetir en varias ocasiones, le servía para desgranar las consecuencias de cada
una de las palabras: construir, hombre, espacio y tiempo. De este modo Carvajal
con una soltura admirable, encandiló a toda la clase. A medida que hablaba
ponía ejemplos o contaba algún chascarrillo. Descubrí que lo que había oído años atrás era verdad: por fin empezábamos a saber de que trataba la
arquitectura.
El "auxiliar" que me tocó
fue nada menos que Juan Daniel
Fullaondo. Todo un lujo. Un curso perfecto, que desgraciadamente no se volvió a repetir en
los tres años siguientes de la carrera. Así, qué allí aprendí lo poco que sé.
Carvajal era encargado de curso y se
presentó a las oposiciones para catedrático en aquel año. Creo recordar que
salían dos plazas una para Madrid y otra para Pamplona. Una parte de los
ejercicios eran públicos y fui a ver como las pasaba mi maestro ante un
tribunal. Entre los opositores estaba, por ejemplo, Antonio Fernández Alba que,
si no recuerdo mal, ya lo había intentado en convocatorias anteriores sin
conseguirlo y que era otro "auxiliar" de lujo de Carvajal. La lectura
de los ejercicios de uno y otro fueron espectaculares. Fernández Alba denso,
oscuro y un punto melancólico en la exposición de su tema. Carvajal rápido,
concreto y vivaz. La prueba recuerdo que consistía en leer al tribunal y ante
el público, un ejercicio escrito realizado el día anterior. Estoy convencido
que Carvajal corrigió sobre la marcha algunas cosas de su escrito sin que nadie
lo notara. Era perfectamente capaz de eso. Carvajal sacó la plaza de Madrid y
fue uno de los catedráticos jóvenes: 39 años (no 29 como se ha dicho estos días).
Antonio Fernández Alba no sacó plaza y salió deprimido de la prueba. Se
consideraba con más mérito que sus oponentes.
El curso se desarrolló mal. Carvajal
se irritó (era fácil que cayera en eso) porque no se apuntó demasiada gente al
viaje a Barcelona. Suspendió el viaje y debió de ser la primera vez que no se
hizo. Una pena. Mi contacto diario era con Fullaondo, pero de vez en cuando
Carvajal corregía en las mesas y a veces en el estrado. Sin piedad. Pero
siempre con razones. Todos los que quisimos aprender, aprendimos mucho.
Pocos años después, Carvajal era,
además, decano del Colegio de Arquitectos de Madrid. Se pensaba que quería
hacer carrera política. A principios de los 70 los colegios profesionales eran
de los pocos cauces en que se podía hacer política (?). Carvajal había llegado
a ser decano en unas elecciones ordinarias del colegio y empezaba a dar
muestras de "inmovilismo" y de cierto radicalismo, al que había
evolucionado desde posiciones dialogantes. Probablemente, por alguna razón para
mi desconocida, no evolucionó hacia posiciones más liberales con la misma
rapidez con que se producían los acontecimientos en aquellos años y con lo que
cabía esperar de su personalidad.
En el año 1974 se renovaba la mitad de
junta del colegio de arquitectos de Madrid. Me llamaron para formar parte de
una candidatura "joven" que debía remover a Carvajal (el puesto de
decano era de los que no se renovaban aquel año), desde la propia Junta. La
candidatura "joven" estaba bien trufada de miembros del PC y otros
"compañeros de viaje" entre los que me encontraba. Yo iba como Vocal
de Provincias, de los que había dos en la junta, para representar a los
colegiados de Madrid que vivíamos y trabajábamos fuera de la capital. Ganamos
las elecciones y eso significó publicidad. En aquellos años cualquier joven era
sospechoso y si encima lo joven era una candidatura que accedía a un colegio
profesional, la sospecha era fundada. Salimos en periódicos y revistas
progresistas de la época.
A Carvajal no le sentó nada bien aquello . Hasta entonces
había hecho lo que quería en la Junta, pero ahora se encontraba con que la
mitad éramos oposición. Lo paso mal y tuvo que dimitir. Claro que antes había
dado muestra de su carácter, haciendo que todos los miembros de la candidatura
ganadora juráramos el cargo y los Principios Fundamentales del Movimiento, en
un reclinatorio con Biblia y crucifijo delante. Era la primera vez que se hacía
así pues en los años finales del franquismo, esa jura formal solo la hacían los
ministros y altos cargos. Esa ceremonia era absurda y gratuita para unos cargos
electos profesionales. Por el reclinatorio pasaron entre otros Ricardo Aroca,
Eduardo Leira, Dionisio Hernández Gil, Andrés Perea, Mariano Bayón y, claro
está, yo.
Conseguimos el objetivo y Carvajal
tuvo que dimitir. Después de su dimisión como decano Carvajal no tuvo más
contacto con la "política".
A pesar de esa época en la que
estuvimos enfrente, para mí siempre será mi primer maestro, la primera persona
que me habló de Arquitectura.
(Y además me puso notable, cosa nada
fácil con él)


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