LUGARES SAGRADOS (publicado en El Diario Montañes 20/9/2011)
Creo en pocas cosas sagradas,
pero desde luego no en "lugares sagrados", intocables. La historia
está llena de actuaciones arquitectónicas en supuestos lugares sagrados que
engrandecieron aún más el lugar. ¿Es la ribera de la Bahía, frente a la sede
del Banco Santander, en el entorno de la Grúa de Piedra, un lugar sagrado?.
¿Intocable?. ¿Es, precisamente ese punto, el más valioso de un recorrido de
cientos de metros lineales que a lo largo de los años la Ciudad ha ido ganando
al puerto para uso de esparcimiento?.
En todos esos cientos de
metros de paseo sobre la Bahía, hay numerosos obstáculos situados al borde, que
de una manera u otra condicionan las vistas, supremo valor de la zona para los
santanderinos. En unos casos simplemente las entorpecen como es el caso de la
bella estación marítima que por su uso requiere accesos controlados. En otros
casos las edificaciones dan carácter al paseo como la Grúa de Piedra. En otros
favorecen el aislamiento del tráfico circundante como el Palacete del
Embarcadero con una terraza al sur y un pequeño espigón que permiten la sensación de penetrar en la
propia Bahía. En otros casos muestran una arquitectura ejemplar, airosa,
dinámica y ligera como es el Club Marítimo flotando en las aguas. En general estas
edificaciones enriquecen el paseo, le dan carácter y configuran primeros planos
en unas vistas excepcionales. Las vistas de un paisaje abierto mejoran con
referencias cercanas, en primer plano. La continuidad del paseo del borde se
rompe de vez en cuando por hitos que ponen en valor otras características del
paseo. Un paisaje mejora con un marco y un abismo con un puente. Un paseo
mejora con la sucesión de hitos de calidad.
Si la condición de lo “sagrado
del lugar” se hubiera impuesto en su momento,
Santander no tendría hoy edificios como Siboney, el club Marítimo, el
Palacio de la Magdalena o el Hotel Real. Ni obras civiles como el paseo de
Reina Victoria o el dique seco de Gamazo. Todos ellos, y otros más, desafiaron
al lugar sagrado y gracias a la tenacidad y habilidad de sus promotores y
diseñadores pasaron a formar parte de nuestro patrimonio y hoy, aquellos
trasgresores, lo que son las cosas, están protegidos por una legislación del
patrimonio, como bienes de interés común.
La centralidad es un valor
indiscutible de la localización. El centro de la ciudad reúne las mejores
condiciones para la relación, el comercio y la cultura. La esclavitud del coche
ha generado el fenómeno de los centros comerciales en el extrarradio, que
compiten con los centros de las ciudades. Sin embargo con políticas
urbanísticas y actuaciones arquitectónicas adecuadas, los centros se
revitalizan y pueden hacer frente a semejante competencia.
Santander tiene la estación
Marítima en el mismo centro (y la de autobuses y trenes al lado). ¡Qué gran
valor!.Pocas ciudades disfrutan de algo así. Pero eso conlleva que también esté
en el centro la explanada de su inevitable aparcamiento. Solo en ocasiones ese espacio
puede ser usado por los ciudadanos, mientras tanto, a diario, la campa se ve, o
bien vacía como un mar de asfalto, o bien llena de vehículos esperando el
embarque. En el mismo centro de la ciudad. Al borde de la Bahía. En el lugar
sagrado de los santanderinos.
(Santander tiene un gran
aprecio por los aparcamientos en lugares privilegiados. Además de este “del
ferry”, el “de la Diputación” todavía a la espera del añorado Moneo, o el “del
Palacio de Festivales” que nos costó mas de 5.000 millones de pesetas. Los
mejores “solares” de la ciudad los ocupan hoy aparcamientos).
El aparcamiento del ferry
ocupa un lugar inadecuado. Ya cuando se cercó, el Ayuntamiento trató de que se
situara al oeste de la estación marítima, pero las aspiraciones municipales no
fueron atendidas por el Puerto y ahí ha estado en las últimas décadas, con
diferentes cierres, generando mala imagen y puntuales conflictos circulatorios
en el mismo centro de la ciudad. Por fin, ahora los intereses del Puerto y de
la Ciudad confluyen y se puede liberar ese espacio que pasará a ser parte del
centro de la ciudad. De pronto aparece en el centro un espacio de 17.000 m2.
Creo que todo el mundo daba por supuesto que ese espacio, con el tiempo,
pasaría a ser público, sin más. Prolongar el enlosado de granito, unos cuantos
bancos románticos, unas farolas de doble brazo azules y blancas y los
consabidos tamarises, podrían ser la continuación del actual paseo y una
“solución” tranquilizadora para algunos.
Dejar las cosas como están es
la forma en que los santanderinos protegen sus “bellezas naturales”. Pero
también hay santanderinos que asumen riesgos para mejorar. La Fundación Botín,
que tanto ha hecho por la conservación del patrimonio, decide ahora hacer
patrimonio. Y plantea ampliar su sede con un centro de arte de vanguardia. Las
autoridades, por una vez al unísono, aceptan la oferta y se encarga a un gran
arquitecto que resuelve el problema. Gran punto de partida.
Me gusta mucho el proyecto de
Renzo Piano. Me lo habían contado y no entendía como teniendo toda la
superficie del aparcamiento del ferry disponible se iba a emplazar prácticamente fuera del recinto obligando a desplazar la mitificada
grúa de piedra, pero visto ahora resulta evidente que su colocación en el plano
es la adecuada, buscando la relación con la trama del Paseo de Pereda. Es de
esas ocasiones en las que admiras la simplicidad de una solución genial. Renzo
Piano no ha tirado el edificio en la ribera del mar desentendiéndose de lo que
sucede en tierra, como le pasa en cierta medida, por ejemplo, a la estación
marítima. No es un edificio ensimismado, como se dice de los edificios que
ignoran el entorno, al contrario es el resultado de un estudio detallado de
cada uno de sus condicionantes. Desde la altura de los árboles, hasta el
trazado de las calles de la ciudad todo ha sido considerado con acierto y
delicadeza.
La solución de elevar el
edificio para “diafanizar” la planta baja y generar así un nuevo espacio bajo
el edificio es la del Caixa Forum de Madrid de Herzog o la de la biblioteca de
Viana do Castelo de Siza. Aquí Renzo Piano propone elevar el edificio para que
el paseante pueda seguir viendo su lugar sagrado, no suponga un obstáculo y enmarque
un paisaje excepcional. La apropiación y réplica de los brillos del agua
mediante el uso de cerámicas en el techo de la planta diáfana es de lo más
sugerente. Que en la planta baja aparezca un espacio de descanso, bebida y
comida (al parecer no hay que llamarlo propiamente restaurante) completamente
acristalado, no merma el concepto de diafanidad de la planta que es transitable
al público por completo.
Es un edificio simple,
ligero, diáfano. Hermoso.
Por fin la ciudad va a
conseguir tener una arquitectura contemporánea que será patrimonio de todos.
Lo demás, esos “aspectos
colaterales” : 62 millones de inversión privada, decenas de puestos de trabajo,
millones en la conservación, creación de un centro de arte de referencia
mundial, 150.000 visitantes al año, revitalización del centro de la ciudad,
etc, etc.. no son arquitectura, pero hay que reconocer que serían
importantísimos y decisivos si el proyecto no fuera tan bueno.
Lo tenemos todo.
Enhorabuena Santander.
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