SIN VISTAS
El que no hace nada, no recibe críticas. Ante un problema, solo acierta el que se arriesga a hacer algo. En fin, es tan evidente que parece mentira que haya que decirlo.
El paseo de Reina Victoria no tiene vistas. Solo en un 10% de su recorrido se pueden contemplar las vistas: el impresionante paisaje que se domina desde ese recorrido privilegiado. Ese pequeño tanto por ciento se va reduciendo cada año. Llegará un momento, muy cercano, en que desde ningún punto del paseo se vea nada de paisaje. Vegetación a un lado y tráfico a otro. No es una exageración, lo he medido en la realidad y sobre plano. De los 1.800 metros que tiene el recorrido desde San Martín hasta la Plaza de Italia, solo se ve el paisaje de la bahía o de la ensenada del Sardinero en 190 metros lineales. En los 1.610 metros restantes los “árboles” impiden ver el paisaje. Son árboles públicos casi todos. Solo en media docena de puntos del recorrido es posible disfrutar de las vistas de la Bahía y de la ensenada del Sardinero. Los primeros sesenta metros despejados se los debemos “agradecer” a un particular que de la noche a la mañana cortó, taló y rebajó toda la vegetación de su finca. Le costó una multa de tres mil euros. Poco más adelante el pobre Gerardo Diego, sentado en un banco, contempla unos absurdos ramajes que le impiden ver “el cristal feliz de su niñez huraña”. Los bancos públicos del recorrido no tienen vistas, a pesar de estar orientados a ese fin. Uno se sienta frente a unos arbustos que le ocultan el panorama. Pasada la curva de la Magdalena, en la parte superior de la ensenada del Camello, los tamarises ocultan nuevamente las vistas, salvo en muy pequeña parte del recorrido.
Este abandono a la naturaleza no solo sucede en la capital. En numerosas carreteras de la Región puedes parar ante el anuncio de un mirador que ha dejado de serlo hace años, por la invasión descontrolada de la vegetación.
Una incongruencia absoluta, pero de muy difícil solución, como parece.
No es necesario resaltar las enormes cualidades del paisaje de la bahía de Santander, su escala, la variedad de su costa, la sucesión de planos montañosos, la actividad marítima, lo cambiante de su luz, ... En fin, unos valores reconocidos por todos, que no repetiré. Esos valores se perciben de forma privilegiada desde el Paseo de Reina Victoria. No en vano ahí vive o quiere vivir, la población más adinerada y poderosa de la ciudad. Al resto de los vecinos que no vivimos ahí, nos queda el recurso del paseo, que no es poco. Una obra de ingeniería, de hace cien años, con notable interés, bien agresiva en el primer momento de su construcción, pero que conformó uno de los paseos más hermosos del norte de España.
Ahora los árboles impiden ver ese paisaje. Si a eso se le pueden llamar árboles. En su inmensa mayoría son rebrotes de sóforas, acacias o eucaliptos. Ninguno de ellos tiene mayor valor, de modo objetivo, pero resulta ínfimo, su valor, si se compara con el de las vistas que ellos ocultan.
La cosa parece sencilla: cortemos, podemos, trasplantemos, sustituyamos esos árboles por otra vegetación que, mantenga el verdor de ese talud y nos permita disfrutar de las vistas. A los adinerados y al pueblo. A ver quién se atreve.
Podríamos imaginar que, en vez de árboles o arbustos, las vistas quedaran interrumpidas por edificaciones que, en nuestra imaginación, se hubieran construido con sus correspondientes permisos o fueran infracciones urbanísticas consumadas, a los efectos da igual. A estas alturas ya se habrían formado plataformas, manifestaciones, polémicas políticas, incluso demandas y peticiones de intervención de la fiscalía. Todo ese repertorio que se despliega en esta ciudad cuando alguien quiere cambiar las cosas para mejorarlas. En este caso tendrían razón y probablemente deberían ganar esa batalla. Pero no son edificios, son árboles o arbustos, da igual. Nada que hacer. Habrá una paralización total. Nos taparán las vistas, nos quitarán un placer ciudadano único, pero nadie se atreverá a dar el paso de poner a raya a esa vegetación claramente invasora. Miedo escénico. No tocar nada, por si acaso alguien se molesta.
Una organización ecologista asegura:
"El árbol supone la aportación y presencia de la vida en el medio urbano. Lamentablemente la mentalidad de nuestros responsables municipales, ajena a este hecho, se muestra mucho más proclive a llenar los espacios públicos de baldosas y hormigón y a negar a los árboles su naturaleza de seres vivos para degradarlos a la categoría de mero mobiliario urbano de quita y pon"
No es verdad. La aportación y presencia de la vida en el medio urbano la dan las personas. Nadie, ni siquiera el pérfido Ayuntamiento, niega a los árboles su naturaleza de seres vivos que, como tales, nacen, crecen (entonces los planta el benéfico Ayuntamiento) y mueren (generalmente los retira el sensato Ayuntamiento, antes de que su caída produzca daños). Los árboles nos acompañan en el medio urbano, y son muy importantes, claro está, pero nunca deberían limitar otros valores culturales tanto o más importantes que su presencia. Es el caso del Paseo de Reina Victoria.


