jueves, 29 de octubre de 2020

SIN VISTAS

 

SIN VISTAS

 

Hace unos días Jesús Sainz de Rozas promovía el debate sobre la incongruencia aparente entre el “incomparable” paseo de Reina Victoria y la pérdida de sus vistas sobre la Bahía. Es lamentablemente cierto y un ejemplo más de la falsa concepción de protección de lo valioso que tenemos. Da igual que sea un edificio, un paisaje o un paseo. La protección se entiende, en Cantabria de modo muy especial, como congelación, paralización, no actuación... Se protege algo cuando se consigue que no se haga nada. Pocas veces eso conduce a una auténtica protección, que solo se alcanza precisamente de modo contrario: actuando. Pero todo el mundo ve riesgos y en general, si te propones hacer algo, surgirán asociaciones, plataformas, voces que se creen autorizadas, que alzarán su voz contra la actuación. ¡Quieto todo el mundo! Así no se hace. Es mejor no hacer nada. Hay que estudiarlo más. Me tienen que consultar. Se rompe la historia. Es mi barrio, mi plaza, mi ciudad, mi paisaje, no me lo toquéis.

 El que no hace nada, no recibe críticas. Ante un problema, solo acierta el que se arriesga a hacer algo. En fin, es tan evidente que parece mentira que haya que decirlo.

 El paseo de Reina Victoria no tiene vistas. Solo en un 10% de su recorrido se pueden contemplar las vistas: el impresionante paisaje que se domina desde ese recorrido privilegiado. Ese pequeño tanto por ciento se va reduciendo cada año. Llegará un momento, muy cercano, en que desde ningún punto del paseo se vea nada de paisaje. Vegetación a un lado y tráfico a otro. No es una exageración, lo he medido en la realidad y sobre plano. De los 1.800 metros que tiene el recorrido desde San Martín hasta la Plaza de Italia, solo se ve el paisaje de la bahía o de la ensenada del Sardinero en 190 metros lineales. En los 1.610 metros restantes los “árboles” impiden ver el paisaje. Son árboles públicos casi todos. Solo en media docena de puntos del recorrido es posible disfrutar de las vistas de la Bahía y de la ensenada del Sardinero. Los primeros sesenta metros despejados se los debemos “agradecer” a un particular que de la noche a la mañana cortó, taló y rebajó toda la vegetación de su finca. Le costó una multa de tres mil euros. Poco más adelante el pobre Gerardo Diego, sentado en un banco, contempla unos absurdos ramajes que le impiden ver “el cristal feliz de su niñez huraña”. Los bancos públicos del recorrido no tienen vistas, a pesar de estar orientados a ese fin. Uno se sienta frente a unos arbustos que le ocultan el panorama. Pasada la curva de la Magdalena, en la parte superior de la ensenada del Camello, los tamarises ocultan nuevamente las vistas, salvo en muy pequeña parte del recorrido.

Este abandono a la naturaleza no solo sucede en la capital. En numerosas carreteras de la Región puedes parar ante el anuncio de un mirador que ha dejado de serlo hace años, por la invasión descontrolada de la vegetación.

 Una incongruencia absoluta, pero de muy difícil solución, como parece.

 No es necesario resaltar las enormes cualidades del paisaje de la bahía de Santander, su escala, la variedad de su costa, la sucesión de planos montañosos, la actividad marítima, lo cambiante de su luz, ... En fin, unos valores reconocidos por todos, que no repetiré. Esos valores se perciben de forma privilegiada desde el Paseo de Reina Victoria. No en vano ahí vive o quiere vivir, la población más adinerada y poderosa de la ciudad. Al resto de los vecinos que no vivimos ahí, nos queda el recurso del paseo, que no es poco. Una obra de ingeniería, de hace cien años, con notable interés, bien agresiva en el primer momento de su construcción, pero que conformó uno de los paseos más hermosos del norte de España.

 Ahora los árboles impiden ver ese paisaje. Si a eso se le pueden llamar árboles. En su inmensa mayoría son rebrotes de sóforas, acacias o eucaliptos. Ninguno de ellos tiene mayor valor, de modo objetivo, pero resulta ínfimo, su valor, si se compara con el de las vistas que ellos ocultan.

La cosa parece sencilla: cortemos, podemos, trasplantemos, sustituyamos esos árboles por otra vegetación que, mantenga el verdor de ese talud y nos permita disfrutar de las vistas. A los adinerados y al pueblo. A ver quién se atreve.

 Podríamos imaginar que, en vez de árboles o arbustos, las vistas quedaran interrumpidas por edificaciones que, en nuestra imaginación, se hubieran construido con sus correspondientes permisos o fueran infracciones urbanísticas consumadas, a los efectos da igual. A estas alturas ya se habrían formado plataformas, manifestaciones, polémicas políticas, incluso demandas y peticiones de intervención de la fiscalía. Todo ese repertorio que se despliega en esta ciudad cuando alguien quiere cambiar las cosas para mejorarlas. En este caso tendrían razón y probablemente deberían ganar esa batalla. Pero no son edificios, son árboles o arbustos, da igual. Nada que hacer. Habrá una paralización total. Nos taparán las vistas, nos quitarán un placer ciudadano único, pero nadie se atreverá a dar el paso de poner a raya a esa vegetación claramente invasora. Miedo escénico. No tocar nada, por si acaso alguien se molesta.

Una organización ecologista asegura:

"El árbol supone la aportación y presencia de la vida en el medio urbano. Lamentablemente la mentalidad de nuestros responsables municipales, ajena a este hecho, se muestra mucho más proclive a llenar los espacios públicos de baldosas y hormigón y a negar a los árboles su naturaleza de seres vivos para degradarlos a la categoría de mero mobiliario urbano de quita y pon"

No es verdad. La aportación y presencia de la vida en el medio urbano la dan las personas. Nadie, ni siquiera el pérfido Ayuntamiento, niega a los árboles su naturaleza de seres vivos que, como tales, nacen, crecen (entonces los planta el benéfico Ayuntamiento) y mueren (generalmente los retira el sensato Ayuntamiento, antes de que su caída produzca daños). Los árboles nos acompañan en el medio urbano, y son muy importantes, claro está, pero nunca deberían limitar otros valores culturales tanto o más importantes que su presencia. Es el caso del Paseo de Reina Victoria.


miércoles, 3 de junio de 2020

PLAZA DE ITALIA



El Grupo Alceda publica en el Diario montañés una tribuna en la que reprocha que la obra de reforma de la Plaza de Italia no confirma su carácter histórico y la califica de desacertada.

¿Cómo se confirma el carácter histórico de la Plaza de Italia? ¿Dónde está lo desacertado de la reforma?

Tras una detenida lectura del largo artículo del Grupo Alceda, el lector no creo que lo tenga claro. Se nos ilustra acerca de la historia de los ensanches de la Ciudad y se dice, erróneamente, lo que sucedía “en paralelo” en el Sardinero, cuando ambos procesos urbanísticos están separados por más de un siglo. Se añaden abundantes datos genéricos del fenómeno de los baños de mar y de las visitas reales. Esto siempre da un plus, pues los reyes suelen ser gente de buen gusto que no van a cualquier sitio.  Una larga exposición de una historia gloriosa del Sardinero, sitúa al lector ante la obra ejecutada “durante el confinamiento”. Esta expresión añade un punto de maldad a la actuación, pues parece que se ha planeado hacerla a escondidas, cuando la obra se empezó mucho antes (en abril por la Alameda y en noviembre por la propia Plaza) y se conoce, con gran publicidad, desde la campaña a las elecciones municipales de 2015.

En la parte histórica se olvidan relatar que, durante el siglo XIX, cuando nos visitaron Amadeo de Saboya o Isabel II, la Plaza de Italia, entonces con otro nombre, se convertía en un lodazal con las mínimas lluvias y un lugar lleno de polvo si hacía sol. Solo unas escuetas aceras ponían a salvo del barro a los transeúntes que quisieran pasear por allí. Los trenes que unían el Sardinero con la ciudad, llenaban de humo, ruido, hollín y mal olor todo aquel entorno. Los abundantes coches de caballos aportaban el estiércol correspondiente, con buenas moscas y otros insectos. Y los vertidos directos a la playa formaban riachuelos en la arena de aguas grises malolientes. Es verdad que con el tiempo se avanzó algo la “urbanización” de la zona, las aceras se hicieron mayores y se pudo pasear manchándose algo menos los zapatos, los bajos de los pantalones y las largas faldas con enaguas. La Plaza de Italia se pavimentó bien entrado el siglo XX. Casi todo el espacio central era entonces compartido por el peatón y los pocos coches de la época. Pero los coches crecieron más deprisa que los peatones y ocuparon más espacio. Tuvo que ser en los años 30 cuando la actividad generada en torno al nuevo casino, exigió ampliar aquella acera y crear unos pequeños jardines sustituyendo a la isleta central en la que había estado el monumento a Augusto González Linares. A partir de ahí, todos los ayuntamientos han planteado “peatonalizar” la plaza como consecuencia de un mayor uso ciudadano.

La Plaza de Italia antes de esta reforma era un espacio prácticamente ocupado en su totalidad por las terrazas de las cafeterías de los bajos del Casino. En la posguerra se había construido una plaza “romántica”, que a su vez había destruido una anterior de más influencia déco. Parterres recercados de setos recortados y bordillos de ladrillo con diseño zigzagueante para situar los bancos de pies de fundición y listones de madera pintada. La composición de la plaza estaba presidida por el monumento a las brigadas italianas colaboradoras del bando Nacional en la guerra civil, que fue retirado en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica. En los años 70 se pavimentó con loseta hexagonal tipo Escofet de tres colores, colocada con el ranurado sin casar, lo que daba una cierta inseguridad al caminar. Los sufridos tamarises dieron la imagen del arbolado de la plaza. Unos cien ejemplares que se alineaban con los bordillos recortados, mientras sus copas formaban una especie de nubecilla de pelos verdes sobre la plaza.

Bordillos, bancos, setos, pavimento, estaban todos en pésimo estado al plantear el proyecto de reforma en el 2018. En la memoria del mismo, que bien podrían haber consultado algunos miembros del Grupo Alceda, se cuenta la historia de la plaza y los fundamentos de su reforma. Pero se ve que incluso en quienes presumen de formación intelectual, es tentador juzgar sin el esfuerzo de informarse.

¿Cuál es el carácter histórico perdido con estas obras de la Plaza de Italia? ¿Qué es lo desacertado de la reforma? Quizá la misma ampliación de la plaza en más de 1.200 m2, quizá la renovación del colorista pavimento de Escofet, quizá la apertura de un espacio central para valorar la hasta hoy semiescondida fachada del Casino, quizá la reposición del mismo número de árboles que había antes, incluso reflejando con su posición el trazado anterior de la plaza, quizá la renovación de una iluminación llena de carencias, quizá la búsqueda de su relación y continuidad con la alameda de Cacho, quizá la apertura al mar a través de la terraza del balneario con la modificación de la relación entre las dos aceras, quizá la restricción del tráfico rodado al mínimo, quizá relacionar el orden de la plaza con el de los edificios históricos que la conforman, quizá delimitar las invasoras y generalmente degradantes terrazas hosteleras,,, Todo esto debe ser desacertado.
O quizá habría que renunciar a materiales duraderos y actuales y recuperar el barro del idealizado XIX
..
No. El Grupo Alceda lo dice claro: “con las explicaciones de los autores del proyecto, quizá no hubiéramos escrito esta tribuna”. Parece evidente que la carencia de la obra es no haberlos consultado. Sin embargo, el proyecto ha sido publicado varias veces en la prensa local con datos e Infografías (mayo 2015, agosto 2018, abril 2019…), de modo que ha habido momentos en los que reclamar más información, alertar o “alzar la mano”, como define el Grupo su actitud, acerca de la pérdida del carácter histórico a que se refiere ahora, cuando la obra está a poco más de un mes de su terminación.

El activismo cultural es necesario en nuestra sociedad, pues hay veces que las administraciones o los particulares, olvidan aspectos cruciales de interés cultural, o lo dejan en manos de profesionales no suficientemente concienciados y capaces. Este debe ser el caso, ha considerado el Grupo Alceda, que se da en la obra de la Plaza de Italia. Por eso, sin conocer suficientemente el proyecto, ni esforzarse en ello y sin, desde luego, esperar a ver el resultado, ya sabe que este no va a confirmar el carácter histórico de la plaza y, además, será desacertado. Menos mal que no solo tenemos grupos inquietos culturalmente en esta ciudad, sino clarividentes, lo que nos debe enorgullecer a todos.

sábado, 18 de abril de 2020

MONUMENTO A GONALEZ LINARES



Todos los cantabros sabemos, o deberíamos saber. que Augusto González Linares fue un científico santanderino nacido en Cabuérniga (entonces no se usaba la palabra Cántabro, a lo más Montañés), de finales del siglo XIX. Murió el 1 de mayo de 1904 y esa fecha marcó algo su posteridad. Debió ser una persona muy sociable que consiguió no solo el reconocimiento científico sino, también, el popular, cosa que hoy a mí me parece hasta más meritorio. Don Augusto fue un hombre enamorado de la biología marina y desarrolló una gran actividad relacionada con el mar y la vida que lo habita. Creó la Estación de Biología Marina de Santander, germen de los actuales Museo Marítimo y del Instituto de Oceanografía. La vieja Estación de Biología Marina era una destartalada nave pegada a la antigua fábrica del gas de Puerto Chico, de cuyo techo colgaba el esqueleto de una ballena diseccionada por don Augusto y que hoy cuelga en el hall del Museo Marítimo. Visité varias veces en los años 50, aquella, entonces cochambrosa nave de Puerto Chico, pero, bien guiado (por mi padre), comprendí la importancia de lo que allí se almacenaba. Era normal: los científicos en España no han estado nunca reconocidos y, en general, desarrollan su labor en malas instalaciones. Entonces y, temo, que como ahora.

Se murió don Augusto ese primero de mayo de 1904. El Ayuntamiento le erigió un monumento, muy clásico y romántico con un busto del sabio en bronce y un pedestal de mármol en el que la figura femenina de una hermosa fama, eleva hacia el sabio una rama de laurel, símbolo de la excelencia. Me gusta especialmente el arranque del busto, porque allí el escultor, en vez de resolverlo con unas molduras más o menos clásicas, lo hace con un amasijo de animales marinos, pulpos, estrellas de mar, etcétera. Muy hermosa la idea del ayuntamiento y la ejecución del monumento. Se instaló en el Sardinero, no sé muy bien si primero en Piquio y luego en la Plaza del Pañuelo (delante del antiguo Casino y del Gran Hotel, hoy plaza de Italia) o al revés. Estuvo en los dos emplazamientos. En la fecha del primero de mayo, que se celebraba con manifestaciones y fiestas populares, durante los años 20 y 30, se depositaba algún ramo de flores en el monumento de don Augusto, pues era, como dije, hombre popular y querido por los ciudadanos con conciencia de clase, que eran los que iban a las manifestaciones en esa fecha reivindicativa.

Mucho años después y tras el final de la guerra civil, don Augusto había quedado marcado por los reconocimientos del primero de mayo, que había pasado a ser fecha revolucionaria, así que el monumento fue desmontado y trasladado a la alameda de Oviedo, pero sin el busto. Allí estuvo más de treinta años sin que, aparentemente, nadie notara la falta de don Augusto, a pesar de que la figura femenina de la fama seguía estirando su brazo, con una imaginaria rama de laurel, que había desaparecido, hacia una peana vacía. Más de treinta años esperando en esa postura mientras, vio el ir y venir de los santanderinos por la alameda, arriba y abajo. Allí cerca se habían colocado varios monumentos “incómodos” para el régimen. Recuerdo algún banco y varios escudos con la corona republicana, que adornaban la alameda ante la total indiferencia popular.

Debió de ser en el año 1972 cuando conocí al concejal del ayuntamiento José Luis Arce, médico pediatra sobrino del eminente Don Guillermo Arce creador de una escuela de pediatría de fama internacional (otro sabio poco reconocido, y también con su monumento en la ciudad, del que también se pueden contar muchas cosas). Yo era arquitecto municipal y José Luis Arce era una persona inteligente, agradable y culturalmente inquieta. Hay que situarse en aquellos últimos años del franquismo. En una cena, con un cierto aire de clandestinidad, me propuso reponer el busto de bronce de don Augusto, en su monumento de la Alameda. Lo haremos por la noche, sin avisar a nadie, solo a los imprescindibles. Perfecto. Una cuadrilla de obreros de talleres municipales a las órdenes de su jefe, el inolvidable Chele, y bajo mi supervisión, repusieron el busto en menos de media hora. Con nocturnidad y sin contarlo a nadie. Pasaron los días y José Luis Arce y yo quedamos muy contentos de lo bien que había salido aquello. Nadie se enteró y la gente seguía pasando por delante del monumento sin, al parecer, reparar en qué ahora ya estaba el homenajeado en su sitio. Un éxito de operación clandestina...

Pocos años más tarde, ya en la incipiente democracia, hubo que trasladar nuevamente el monumento. Todavía era arquitecto municipal, así que me correspondió de nuevo dirigir la operación. Tengo la idea de que los monumentos que representan a personajes ilustres, son una perpetuación de esos personajes y que, en su inmortalidad, siguen sintiendo algo de lo que fueron en vida. Me parecía que a don Augusto le hubiera gustado estar mirando al mar. Para siempre. Desde su hermoso pedestal. Así que propuse, y me aceptó la corporación, situarlo en los jardines frente al hotel antiguo Rhin, donde estuvo la primera iglesia de san Roque. Y allí ha estado muchos años don Augusto, disfrutando de su mar en una vista espléndida de la ensenada del Sardinero, con las playas en primer plano y Mataleñas y el faro al fondo. El emplazamiento permitía, además, que los paseantes pudieran ver de cerca el monumento (como lo habían tenido en la alameda también durante décadas), de modo que parecía que aquel sería el destino final del monumento.

Pero hay una parte de la gente que no sabe comportarse con lo público y arremete contra ello sin pretexto alguno. Vandalismo. Y hay quien lo encuentra divertido: Mira, mira lo que hago con la mano de esta tía, y con la cara, venga hazme una foto, uf que tío más feo, con esas barbas, ahora otra foto subido a caballo encima de la tía, venga, vaya se rompió, pues sí que frágil la tía esta, hale, vamos. Y allí queda, maltrecho el monumento. El ayuntamiento lo arregla, pero vuelven los vándalos a lo mismo. Otra vez roto. Otro arreglo. Otro roto.

Alguien propone una solución drástica: castiguemos al monumento, ya que no podemos castigar a los vándalos. Vamos a ponerle en una isleta de tráfico, ahí no se acercará nadie. Efectivamente: no se acerca nadie. Nadie ve a Don Augusto, a su delicada y bella fama, a su pedestal lleno de vida marina, a su barba. Nadie lo ve. Y él ha pasado de ver el mar eternamente, a ver la parada de taxis del Sardinero. Dónde vas a parar, mucho más variado y divertido. Los vándalos no atacan, se les ve demasiado y esas cosas hay que hacerlas a escondidas, por si acaso. Un éxito de gestión.

Llegan las obras de la nueva Plaza de Italia. Por tercera vez en mi vida me tropiezo con don Augusto. Le conozco bien, me distingue con su amistad, faltaba más: le saque de unos oscuros almacenes municipales a la luz del día y luego le coloqué frente a su mar. Me ha dicho que me está muy agradecido y yo estoy conmovido por esa gratitud del sabio.

Pero, don Augusto, hay que moverlo otra vez. Búscame un sitio tranquilo, que me vean y yo vea algo bonito y que no se suban encima de mí, salvo para ponerme flores, que eso me gustaba. Esto entendimos en el estudio para hacer el proyecto. Le dimos unas cuantas vueltas: una pena olvidar lo del mar, pero el vandalismo está de moda y marca tendencia, así que buscamos un sitio que le pudiera gustar a don Augusto. Allí, al comienzo de los jardines de san Roque muy cerca de la Plaza de Italia, entre dos palmeras centenarias, sobre un parterre elevado, que lo engrandece, pero no lo aleja de los paseantes, con una plazoleta delante, con bancos donde sentarse y poder admirarlo, sin tráfico, ni taxistas cercanos... Me gusta, nos dijo, perfecto, ahí me quedo. Se hizo según proyecto.

Dos días más tarde unos paseantes que alardean de conocer la vida y obra del sabio, consideran que el Ayuntamiento, que no hace más que “bobadas”, ha maltratado a “su” sabio y que lo esconde de la vista del personal. Varios se suman, incluso el que según él, consiguió castigar al monumento a la isleta de tráfico, alejarlo de la gente y ver taxistas día y noche. Todos creen que el Ayuntamiento maltrata la memoria del sabio. Tres cartas crean opinión. Se parece a lo de los vándalos. Nadie argumenta nada, más allá de que el monumento se esconde.

¿No pueden esperar un poco a verlo terminado? No. Ahora, haremos una plataforma y colocaremos el monumento donde quiera el pueblo (dirigido por mis opiniones), faltaba más. ¡Venga!.