sábado, 20 de julio de 2019

CORREOS



Tengo un nieto de 13 años que queda con sus amigos en Correos. Para dar una vuelta por los jardines, el centro y tomar un helado. Debe ser la quinta generación que lo hace. Correos es una referencia indudable y precisa para los santanderinos. Tiene, además, unas escalinatas que permiten a la gente joven, sentarse a esperar, en grupos desordenados característicos. Correos ha sido una “institución” para toda la sociedad, cuando la comunicación era, sobre todo, escrita; por carta. Hoy las cosas han cambiado y Correos no tiene aquel carácter impregnador de toda la comunicación. El teléfono y las empresas de mensajería han estado a punto de acabar con el servicio y parecía que internet le daría la puntilla. Pero no, Correos sigue bastante vivo y aunque no es lo que era, sigue siendo un servicio muy eficaz.



Cuando, hace cien años, Correos era un imperio de las comunicaciones (no hay que olvidar a su hermano Telégrafos) edificaba palacios para sus sedes. La de Madrid, en la Cibeles, es un ejemplo de ese poderío imperial, que ya les gustaría hoy hacer a las grandes empresas de telefonía e internet. En Santander, como en otras capitales provinciales, la institución construyó un edificio potente en el centro mismo de la ciudad. Correos convocaba concursos en cada capital de provincia en el que se exigía, entre otros valores, la incorporación de “estilos típicos” de la arquitectura de la localidad, para que el edificio se integrara y ofreciera testimonio de las características arquitectónicas del lugar. (Algún crítico se mofa de estas intenciones, con el aire de superioridad que da juzgar las cosas pasadas, pero no deja de ser inquietante este afán actual de desligar todo de su contexto. De manera que hoy, si se convocara un concurso similar, se exigiría un lenguaje arquitectónico “contemporáneo”, inconcreto término, pero en el que los profesionales interpretamos que el edificio a proyectar pueda estar en Santander o en Sebastopol, siempre y cuando aparezca como “contemporáneo” y desde luego no debería, en ningún caso, parecer una sede de Correos, si es que la apariencia lo permitiera…)




Con aquellos requisitos, ganaron el concurso los arquitectos Secundino Zuazo Ugalde y Eugenio Fernández Quintanilla y lo hicieron cumpliendo fielmente las bases, con un estilo “regionalista montañés” inconfundible. Ecléctico, dirá aquel crítico (suena mejor y, además hay mucha gente que no sabe lo que es: Algo que combina estilos, que no es puro). No es fácil hacer un edificio institucional de gran escala con estilo “regionalista Montañes” con el que, en genral, no se había pasado de grandes casonas o palacetes. Ambos eran muy buenos arquitectos y su obra, además de cumplir aquellas bases, que hoy mueven a la mofa de los críticos, lo hicieron con enorme sabiduría, manejando recursos de todo tipo, para hacer un edificio, un Palacio de Comunicaciones, de gran valor arquitectónico y urbano.  Este último aspecto es el que más me interesa destacar ahora.


Mi nieto de 13 años tiene ya la referencia de Correos para quedar con sus amigos, pero yo también: aparco en Correos, cojo o me bajo del autobús en Correos, voy a la Delegación del Gobierno enfrente de Correos, además de recoger y entregar cartas y paquetes dentro del edificio… Ese edificio es un hito en la ciudad, un hito con nombre propio y con referencias “universales” para sus habitantes.

 

Hace cincuenta años estuvo a punto de ser ampliado. El Ayuntamiento había demolido el edificio de los juzgados que estaba entre Correos y la plaza de la Asunción y el solar resultante se lo había vendido a Correos para ampliar su sede. Correos redactó el proyecto de ampliación en el estricto sentido de la palabra: estiró el edificio en sus fachadas norte y sur hasta casi doblar su longitud. Todo con el mismo estilo del original. Se pretendía, como era usual por entonces que terminada la obra no se notara la ampliación. Si se hubiera hecho aquella ampliación, la plaza de la Catedral sería hoy mucho más pequeña. El proyecto obtuvo licencia municipal, pero no llegó a realizarse. En realidad, nadie quería ampliar el edificio ni siquiera los propios jefes del servicio lo veían claro, pues ya se intuía la conveniencia de descentralizar el servicio más que ampliar el edificio. Poco después, el entonces alcalde Alfonso Fuente, me comentó orgulloso como había convencido al director general de Correos para no hacer la ampliación por la dura repercusión que tendría aquella obra en la plaza. ¡El Ayuntamiento timó al Estado! Le vendió un solar en el que luego no le dejó edificar… debe ser una de las pocas veces que eso ha pasado en la historia de la Ciudad.


Hoy está infrautilizado y, en cierto modo, disponible. No me quiero meter en política porque en esto son ellos muy suspicaces y siempre piensan que puede ser una intromisión opinar sobre sus decisiones, sobre todo si no eres un político. Sin embargo, no me queda más remedio. Los dos candidatos del PSOE, al Gobierno y al Ayuntamiento, salieron juntos a prometer la conversión del edificio de Correos en un Parador de Turismo, si ganaban las elecciones. No las ganaron, pero han entrado en el Gobierno Regional en un pacto con el PRC, de manera que es probable que se vean en la obligación de cumplir esa promesa. Por lo menos de intentarlo. 


Un edificio tiene que tener un uso pues sin uso los edificios se arruinan. Los paradores fueron pioneros en el rescate de edificios semirruinosos de gran valor, en una época en que no se tenía excesiva sensibilidad para la rehabilitación. No es el caso de Correos que ha sido sometido recientemente a una profunda rehabilitación, al menos en su exterior, cubierta y fachadas.


Claro que más vale un Parador que nada, pero la imagen del edificio, su situación, su potencia, nos habla de una construcción institucional o cultural o ambas cosas a la vez. Algo más público que un Parador. Sorprende que desde una ideología como la del PSOE se haga esa propuesta de uso, que tiene mucho de privatizador.  Es verdad que genera inversión y puestos de trabajo, pero la ciudad pierde espacio público con ese uso que, a fin de cuentas, es un hotel de viajeros.


Ojalá se cumplan las promesas electorales y se dé uso al conjunto del edificio. Lo merece. Pero propongo que se estudien otras alternativas más acordes con su imagen urbana, por ejemplo: sede del Gobierno de Cantabria.  Allí podrían quedar nuevas generaciones de jóvenes santanderinos para dar una vuelta por el centro. A la puerta de un Parador lo imagino más difícil.