Una exposición de arquitectura es, en
general, poco satisfactoria. Ni siquiera para los profesionales. Recuerdo como
el señor Oíza nos comentaba al resto de los concursantes del Palacio de
Festivales, poco antes de entrar a exponer al jurado nuestros trabajos, que
aquello era normal porque “hay que explicar las partituras para entender la música”,
pues los planos, fotos y perspectivas (entonces no había infografías), no
estaban al alcance de gente poco habituada a esos documentos. Yo creo que ni
siquiera los que estamos acostumbrados somos capaces de disfrutar la
arquitectura desde sus partituras, es decir desde los planos, fotos, montajes y
otras representaciones, de manera que al ciudadano en general le resultará aún
más difícil. Las exposiciones de arquitectura defraudan y si uno quiere ver la
magnificencia de una catedral, la riqueza cromática de un jardín o la elegante
hermosura de un edificio minimalista, no le queda más remedio que ir a esos
sitios y recorrerlos. Solo de esa manera se conoce y disfruta la arquitectura.
Así que me he visto sorprendido
saliendo del Palacete del Embarcadero satisfecho y contento de ver los
proyectos del Banco Santander para su sede central y para el edificio del
antiguo Mercantil en la calle Martillo. Probablemente juegue con la ventaja de
conocer por fuera y por dentro ambos edificios. El primero, la sede del Banco,
en una inolvidable visita guiada por Andrés Trapiello para ver la colección de
los Solanas allí colgados y el del antiguo banco Mercantil en la dura noche del
incendio del Palacio de Macho cuando, como arquitecto municipal-jefe de
bomberos me tocó coordinar aquella operación desde su terraza. Además, en otras
ocasiones profesionales o como cliente del Banco o de Viesgo, he conocido los
interiores de ambos edificios.
Los bancos comerciales han sufrido
enormes vaivenes en sus políticas inmobiliarias y los hemos visto pasar por
comprar cafeterías de éxito para poner oficinas a, tiempo después, vender
aquellos locales para bares. Las sedes unas veces tenían que estar y dominar el
centro de las ciudades y otras crear, paradójicamente, ciudades satélites en
las afueras de las urbes. Así que no es de extrañar que ”nuestro” Banco se
replantee qué hacer con su sede central, en la ciudad de la que toma el nombre.
Se juntan aquí varias circunstancias
bien favorables para la ciudad: A la sede central le sobra espacio; el Banco
tiene una extraordinaria colección de arte y la familia Botín tiene un gran
arraigo por esta tierra. Con esas tres premisas juntas se plantea una operación
de asentamiento-regalo de la colección de arte en esta ciudad. Extraordinaria
oportunidad que no se ha dejado escapar: parece que aunados criterios de
propiedad y autoridades, solo queda lo más sencillo: construirlo e inaugurarlo.
En este caso no hay problema de dinero.
No menos importante era escoger los
arquitectos responsables de ambas obras y de nuevo se ha acertado con nombres
tan contrastados como Chiperfield, referencia mundial en rehabilitaciones museísticas
y Cruz y Ortiz, representantes de la arquitectura más refinada y elegante del
País. Un lujo profesional.
Los proyectos se presentan en el
Palacete muy escuetamente. Cuatro paneles y una maqueta para cada uno. Poca
literatura y unas cuantas imágenes, con los planos precisos para entender las
directrices de los proyectos. Simple y claro. Como los proyectos.
Del antiguo Banco Mercantil, Cruz y
Ortiz respetan, además de la recargada fachada, la composición estructural
interna, como un valor que sirve para la funcionalidad de las nuevas oficinas
del banco. Todo limpio, diáfano y claro, con una terraza accesible y
espectacular en la azotea de la última planta. Enorme contraste
exterior-interior. Imprescindible actuación para dejar libre la sede del Paseo
de Pereda.
De esta sede Chiperfield solo
conserva, con un exceso de respeto, la fachada. No debe ser fácil, así y todo,
encajar un programa de necesidades tan distinto del original en una cáscara tan
rígida como la del Banco. Pero las plantas y las secciones del proyecto son tan
simples y claras que todo parece fácil y natural. Había habido noticias de que
la colección se instalaría en solo uno de los volúmenes del Banco, pero ahora
parece que las galerías de exposición abarcan todo el edificio y eso es un
acierto. No creo recordar nada arquitectónicamente salvable de aquellos
interiores. La solución dada a la conexión bajo el arco y las actuaciones en
cubierta son delicadas, medidas con verdadero cuidado y reflejan soluciones que
respetan y valoran lo mejor del edificio.
Resulta admirable y sorprendente que nada
en la exposición de los proyectos, ni estos mismos, haga mención a la
existencia del Centro Botín enfrente de la Sede del Paseo de Pereda, al otro
lado de los jardines. Nada, ni la menor referencia. Es posible que todos
sepamos que este proyecto no es de la Fundación Botín, sino del Banco y que,
dejando de lado sus conexiones internas, familiares, orgánicas o de otro tipo,
parece que quieren mantener esa independencia, pero para la Ciudad no se puede
obviar este hecho que la hace caminar en la senda de la actividad cultural como
un referente mundial. La concentración de esta actividad cultural en el centro
añade notable valor al conjunto y a cada centro por separado.
El éxito del Centro Botín es que la
Fundación ya funcionaba con enorme éxito antes de construirlo, con un gran
despliegue de actividades culturales de importancia nacional. Sucede ahora, con
el Banco, algo parecido: lo importante es la Colección, que reúne piezas
extraordinarias con gran coherencia a lo largo de toda la historia del arte, de
manera que daría igual que se alojara en la sede del Banco, como en cualquier
otro lugar de la Ciudad. Lo importante es la Colección, pero es que, además, se
le ha encontrado un lugar perfecto con una intervención arquitectónica
ejemplar.
Así que no me extraña haber salido
contento y satisfecho del Palacete al ver, aunque sea de momento sólo en las
partituras, unos hermosos proyectos. Otra vez estamos los santanderinos de
enhorabuena gracias a la iniciativa Botín. ¡Venga!, qué solo queda lo más
fácil: construirlo.
Supongo que en poco tiempo tendremos
formada una Plataforma contraria al proyecto. Lo da la naturaleza humana y la
tierra. Agrupará pareceres contrarios, muchos respetables y otros movidos por
la pura envidia. Se unirán en sus fines: impedir que “el Banco haga lo que
quiera” y lo haga sin consultarlos a ellos, que es lo más importante.
Reclamarán que no se modifiquen los planes de urbanismo para un “particular”.
Resaltarán los valores arquitectónicos de los edificios, su historia, su imagen
en el paisaje urbano. En algún momento se propondrá otro lugar para la
Colección, por ejemplo, el Castillo de Monte o el Cuartel de la Remonta, para
regenerar el entorno. Se invocarán efectos medioambientales adversos, de gran
magnitud, probablemente irreversibles y potencialmente catastróficos. Se pedirá
participación pública en estas decisiones, como si sus propuestas no lo fueran.
Se presentarán alegaciones siempre que haya ocasión y se recurrirá, hasta el
final, ante los tribunales de justicia. Se reclamará la intervención de la
Fiscalía. Los partidos políticos, expectantes y oportunistas, no tomarán
partido hasta ver como va la cosa, pero los minoritarios, que no tocan poder,
lo harán desde el principio a favor de la Plataforma, pues eso siempre alienta
a sus bases en su lucha contra los poderes fácticos y el Ibex ese. Podrá
llegarse a la polarización de la opinión. Ahí los medios jugarán un papel
importante, dando alas a unos y otros para que lo que es noticia se convierta
en suceso, de ahí en escándalo, de ahí en sospechas de corrupción o
aprovechamiento ilícito… Todo convenientemente agitado para permitir un aumento
de audiencia, de tirada. De negocio, a fin de cuentas. Una campaña controlada,
eso sí, para que no se desmande, pero que se alargue lo más posible. Todo
basado en la sagrada libertad de expresión y dar la voz a la ciudadanía. ¿Qué
puede pasar? Probablemente nada: es posible que el proyecto acumule retrasos y
en consecuencia más gastos para la propiedad (¡Bien!, que se lo gasten. Total,
si los santanderinos tardan dos o tres años más en disfrutar de la Colección,
se dará por bien empleados a cambio del mayor coste. Incluso que alguno no lo
vea porque, naturalmente, se muera, el pobrecito). También puede ser que la
Propiedad se canse o detecte un ambiente difícil de salvar y se lleve la
Colección a otra Ciudad: Ya nos pasó con el Guggenheim (¡Bah, está mejor en
Bilbao, aquí hubiera estropeado nuestra preciosa Bahía) Por último puede ser
que la Plataforma gane, legítimamente, la batalla y Santander no tenga la
Colección (También nos ha pasado con la sede del Gobierno Regional en Puerto
Chico, que pudo haberse construido con fondos europeos y nacionales casi en su
totalidad, pero que durante años ha sido aparcamiento de coches y veremos que
se hace con el MUPAC ese, que merecerá, seguro, otra Plataforma…). Menos mal
que en esta tierra hay gente sensible y luchadora para impedir desmanes.
Rectifico: Me temo que queda lo más
difícil…




