Todos sabemos, incluso la familia, que Malén tenía facilidad
para el mando, no sé muy bien si genética o adquirida, pero estaba claro que
sabía y le gustaba mandar, hasta el punto de dejar muchísimas instrucciones
para esta situación en la que ya no está, pero en la que sigue mandando.
No es merecida, ni comprensible, la suerte de Malén en el
último año. No encuentro explicación alguna a esta acumulación de dolor cuando
la vida todavía debía ofrecer años de felicidad para ella y los que la
queríamos.
No hace ni un año que vimos, con admiración, la forma en que
Manolo y Malén afrontaron la implacable muerte de él, cuando hemos tenido que
pasar por algo parecido con ella. ¿A qué viene esta acumulación de dolor, este
ensañamiento?
Mejor será no hacer preguntas que nadie responde.
Otra vez asistimos a una actitud serena, confiada y, sobre
todo, digna, para enfrentarse a una operación de enorme riesgo. Otra vez, como
hace un año, he sentido admiración, envidia y deseo de comportarme igual,
llegado el momento. Aunque quizá no mande tanto, porque ni sé, ni quiero saber
hacerlo.
Malén nos deja, como pasa siempre, un gran espacio vacío. Y
mi deformación profesional me lleva a imaginar ese espacio como algo “construido,
bello, continuo, fluido y luminoso”[1].
Un espacio que se extiende por todo el mundo y asoma en cinco continentes,
pero que se abre, sobre todo en Santander, Tarragona, Toledo y Aravaca.
Un espacio lleno de sendas, viajes y aventuras. De tinta
impresa, de periodismo, pasión más ardiente incluso que profesional. Un espacio
continúo de amistades, admirables y profundas, capaces, lo he visto de cerca,
de entregas combativas y abnegadas.
Ramales de ese espacio, galerías, naves, pasadizos, o como
queráis imaginar y llamar, para conectar a la familia, con sus hermanas y también
con sus cuñados, que gozábamos de lugares reservados en un punto, que ahora que
no me oye, podría calificar de algo machista…
Espacios abiertos y diáfanos para disfrute del sol, la playa
y la comida, con sus enormes salas reservadas al pescado y en especial al
marisco. Salas gigantescas de lectura o pequeños rincones para gigantescas
lecturas.
Estoy seguro de que en el “Espacio Malen” habrá habido,
pasadizos secretos y distintos, en los que ella también habrá encontrado
momentos de felicidad. ¿Quién no los tiene?
Sobrepuesto a todo ese conglomerado espacial había, hasta
hace un año, un primer plano que pertenecía y disfrutaba Manolo.
Malén estaba cerrando aquel vacío, cuando alguien ha decidido
interrumpir aquel duelo con un “manotazo duro, un golpe helado, un hachazo
invisible y homicida”.[2]
Y ahora nos toca a nosotros ponernos a ello.
Tenemos que cerrar esos huecos y debemos hacerlo sin pausa y,
según quería ella, sin dolor, guardando en la memoria lo mejor de cada espacio
vivido con ella.
Hasta siempre Malén.
(leído en el funeral en representación de la familia)

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