domingo, 3 de julio de 2016

EL URBANISMO COMO REDES



(Publicado en el Diario Montañes 19.06.2016)

Jean Brunhes, prestigioso geógrafo francés, a caballo del siglo XIX y XX, definió la ciudad como una maraña de redes. Escribió en 1928:

“La ciudad debe ser más bien red de circulación, que amontonamiento de edificios... ¡Cuántas redes superpuestas o entrecruzadas! Cinturones de ferrocarriles, redes de trenes, de tranvías y de autobuses, redes subterráneas y redes de hilos telegráficos y de hilos telefónicos, red neumática, redes de los sectores eléctricos de energía y de luz, red de las cañerías del agua, y red de las alcantarillas, que no son, ciertamente, las dos menos indispensables para la vida y la higiene.  A cualquier lado que nos volvamos.... pasamos por encima de madejas de tubos y de hilos, que, para unirnos a los demás servicios, nos estrechan, nos cubren, nos envuelven en una serie de redes de mallas más o menos apretadas. Ahora bien, estas redes entrecruzadas... como un tejido enorme... más complicado y más ordenado a la vez que la mas enmarañada tela de araña, es aquí, por excelencia, la expresión material de lo que hay de común, de ligado, de solidario en este amasijo de vidas individuales y de células familiares, que, yuxtapuestas y apretadas en un punto del espacio, crean esa excrecencia de superficie, esa mancha abigarrada, esa especie de tumor geográfico que llamamos una ciudad”

Es una maravillosa definición de la ciudad moderna. Describe las redes y termina en las vidas y células familiares que forman un “tumor geográfico que llamamos ciudad”.
Primero la gente. El urbanismo como modo de vida: La ciudad se forma por vidas abigarradas, es decir por densidad. Es necesario en primer lugar la gente, pero es necesario que esté abigarrada, que tenga densidad y que con ello se genere una conducta urbana.

Inmediatamente después son necesarias las redes. De servicios, de comunicación, de relación, de esparcimiento, de trabajo... siempre formando redes, mallas, marañas, que permitan las conexiones en todas direcciones. La ciudad son sus redes.

La ciudad es tanto más urbana, cuántas más redes tenga y más complejas sean estas. La ciudad crece con sus redes. No siempre las redes son materiales o de servicios. Desde la anterior definición del geógrafo Brunhes hasta hoy, el concepto de redes urbanas se ha ampliado. Sin contar con las inalámbricas, que nos asombrarían si fueran visibles, hoy hablamos de redes culturales (en algún caso en forma de anillo), de redes sanitarias conformada por ambulatorios, centros de salud y hospitales; de redes educacionales con escuelas públicas, concertadas, institutos, academias, universidad...; redes de espacios libres; redes de carril bici; red de asistencia religiosa (algo en decadencia por el creciente laicismo de la sociedad) hasta ahora de parroquias católicas... Y así podríamos seguir enumerando las innumerables redes urbanas que conforman una ciudad.

Es importante que las redes urbanas sean complejas, intrincadas, enmarañadas y, desde luego, que abarquen la mayor cantidad posible de ciudad. Deben extenderse por toda su superficie, aunque es claro que en el centro la “maraña” será especialmente densa, incluso confusa, con cierta apariencia de caos, para que ese centro actúe como tal y sirva de soporte para intercambios de todo tipo.
El tejido de las redes de una ciudad debe ser denso en su centro y será, inevitablemente, más claro en la periferia. Pero nunca debería deshilacharse como sucede en aquellos trapos viejos y usados que pierden la trama por sus bordes. Con la misma necesidad con la que se exigen los servicios básicos de agua, energía eléctrica, acceso rodado y alcantarillado para poder edificar, deberíamos exigir que, hasta esas nuevas edificaciones, lleguen las redes no por menos esenciales para la vida, menos definitorias de lo urbano.

A finales del siglo XIX las ciudades elaboraban sus Planes de Ensanche sin demasiados complejos. La maravillosa retícula ortogonal de calles, una red en sí misma, extendía y prolongaba la ciudad hacia las afueras con el mismo carácter urbano que su centro. Hoy se quiere hacer un tránsito entre la ciudad y el campo. Entre lo urbano y lo rural. Y esa periferia se degrada en su carácter hasta convertirse en suburbio, en la acepción anglosajona del término. Pero, sobre todo, no se la dota nada más que de las redes imprescindibles para la vida, que se exigen, igualmente, en cualquier pueblo de carácter rural. No se implantan, desde el principio, las redes características de lo urbano.

 “La ciudad no es un árbol”, dijo el arquitecto C. Alexander hace cincuenta años y añadía: Cuando seguimos esquemas ramificados y disociados “estamos traficando con la humanidad y la riqueza de la ciudad viva, a cambio de una simplicidad conceptual que beneficia sólo a los diseñadores, a los planificadores, a los administradores y a los promotores inmobiliarios”. Por ejemplo: La prevista ordenación residencial de La Remonta responde rígidamente  a un esquema de árbol. Sin embargo, el teleférico y el puente del Rio de la Pila, las ya numerosas escaleras mecánicas que enlazan partes altas y bajas de la ciudad o la pasarela sobre las vías desde la calle Alta a la Calle Castilla, son magníficos ejemplos de mallado de la ciudad. Esa manera de actuar hay que llevarla, también, a lo planeado en la periferia.

Unas preguntas al lector: ¿La población de su barrio tiene nivelen económicos diferenciados y perceptibles? ¿Tiene diversidad de niveles culturales? ¿Mantiene parecida población durante el día y durante la noche? ¿Puede usted ir a andando a comprar el periódico? ¿Tiene su barrio un lugar central donde se condensan varios comercios esenciales?  ¿Puede usted llegar andando a ese centro? ¿Hay pequeño comercio? ¿Hay algún tipo de centro asistencial? ¿Hay algún centro cultural que mantenga una regular actividad? ¿Hay parroquia? ¿Hay algún bar, cafetería o restaurante? ¿Hay algún espacio libre donde dar un paseo y conectar con otros vecinos? ¿Puede llegar andando y con facilidad a esos puntos?

Si puede contestar afirmativamente a estas preguntas, usted vive en un lugar urbano.

Si, por el contrario, para dar respuestas afirmativas necesita el uso cotidiano del coche, lo más probable es que, aunque esté censado en una capital, viva en suelo legalmente urbano, su vivienda esté edificada en un solar y pague los impuestos correspondientes, usted no viva en un ambiente urbano. Y, además, su conducta se aleje de lo típicamente urbano y se corresponda cada vez menos, con aquella característica urbana de tolerancia a lo diferente y a la libertad...

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