(Publicado en el Diario Montañes 19.06.2016)
Jean
Brunhes, prestigioso geógrafo francés, a caballo del siglo XIX y XX, definió la
ciudad como una maraña de redes. Escribió en 1928:
“La
ciudad debe ser más bien red de circulación,
que amontonamiento de edificios... ¡Cuántas redes superpuestas o entrecruzadas!
Cinturones de ferrocarriles, redes de trenes, de tranvías y de autobuses, redes
subterráneas y redes de hilos telegráficos y de hilos telefónicos, red neumática,
redes de los sectores eléctricos de energía y de luz, red de las cañerías del
agua, y red de las alcantarillas, que no son, ciertamente, las dos menos
indispensables para la vida y la higiene. A cualquier lado que nos volvamos.... pasamos
por encima de madejas de tubos y de hilos, que, para unirnos a los demás
servicios, nos estrechan, nos
cubren, nos envuelven en una serie de redes de mallas más o menos apretadas. Ahora
bien, estas redes entrecruzadas...
como un tejido enorme... más complicado y más ordenado a la vez que la mas
enmarañada tela de araña, es aquí, por excelencia, la expresión material de lo que
hay de común, de ligado, de solidario en este amasijo de vidas individuales y
de células familiares, que, yuxtapuestas y apretadas en un punto del espacio, crean esa excrecencia de superficie, esa
mancha abigarrada, esa especie de tumor geográfico que llamamos una ciudad”
Es
una maravillosa definición de la ciudad moderna. Describe las redes y termina en
las vidas y células familiares que forman un “tumor geográfico que llamamos
ciudad”.
Primero
la gente. El urbanismo como modo de vida: La ciudad se forma por vidas
abigarradas, es decir por densidad. Es necesario en primer lugar la gente, pero
es necesario que esté abigarrada, que tenga densidad y que con ello se genere
una conducta urbana.
Inmediatamente
después son necesarias las redes. De servicios, de comunicación, de relación,
de esparcimiento, de trabajo... siempre formando redes, mallas, marañas, que
permitan las conexiones en todas direcciones. La ciudad son sus redes.
La
ciudad es tanto más urbana, cuántas más redes tenga y más complejas sean estas.
La ciudad crece con sus redes. No siempre las redes son materiales o de
servicios. Desde la anterior definición del geógrafo Brunhes hasta hoy, el
concepto de redes urbanas se ha ampliado. Sin contar con las inalámbricas, que
nos asombrarían si fueran visibles, hoy hablamos de redes culturales (en algún
caso en forma de anillo), de redes sanitarias conformada por ambulatorios, centros
de salud y hospitales; de redes educacionales con escuelas públicas,
concertadas, institutos, academias, universidad...; redes de espacios libres;
redes de carril bici; red de asistencia religiosa (algo en decadencia por el creciente
laicismo de la sociedad) hasta ahora de parroquias católicas... Y así podríamos
seguir enumerando las innumerables redes urbanas que conforman una ciudad.
Es
importante que las redes urbanas sean complejas, intrincadas, enmarañadas y,
desde luego, que abarquen la mayor cantidad posible de ciudad. Deben extenderse
por toda su superficie, aunque es claro que en el centro la “maraña” será
especialmente densa, incluso confusa, con cierta apariencia de caos, para que
ese centro actúe como tal y sirva de soporte para intercambios de todo tipo.
El
tejido de las redes de una ciudad debe ser denso en su centro y será,
inevitablemente, más claro en la periferia. Pero nunca debería deshilacharse
como sucede en aquellos trapos viejos y usados que pierden la trama por sus
bordes. Con la misma necesidad con la que se exigen los servicios básicos de
agua, energía eléctrica, acceso rodado y alcantarillado para poder edificar,
deberíamos exigir que, hasta esas nuevas edificaciones, lleguen las redes no
por menos esenciales para la vida, menos definitorias de lo urbano.
A
finales del siglo XIX las ciudades elaboraban sus Planes de Ensanche sin
demasiados complejos. La maravillosa retícula ortogonal de calles, una red en sí
misma, extendía y prolongaba la ciudad hacia las afueras con el mismo carácter
urbano que su centro. Hoy se quiere hacer un tránsito entre la ciudad y el
campo. Entre lo urbano y lo rural. Y esa periferia se degrada en su carácter
hasta convertirse en suburbio, en la acepción anglosajona del término. Pero,
sobre todo, no se la dota nada más que de las redes imprescindibles para la
vida, que se exigen, igualmente, en cualquier pueblo de carácter rural. No se
implantan, desde el principio, las redes características de lo urbano.
“La ciudad no es un árbol”, dijo el arquitecto
C. Alexander hace cincuenta años y añadía: Cuando seguimos esquemas ramificados
y disociados “estamos traficando con la
humanidad y la riqueza de la ciudad viva, a cambio de una simplicidad
conceptual que beneficia sólo a los diseñadores, a los planificadores, a los
administradores y a los promotores inmobiliarios”. Por ejemplo: La prevista ordenación residencial de La
Remonta responde rígidamente a un
esquema de árbol. Sin embargo, el teleférico y el puente del Rio de la Pila,
las ya numerosas escaleras mecánicas que enlazan partes altas y bajas de la
ciudad o la pasarela sobre las vías desde la calle Alta a la Calle Castilla,
son magníficos ejemplos de mallado de la ciudad. Esa manera de actuar hay que
llevarla, también, a lo planeado en la periferia.
Unas
preguntas al lector: ¿La población de su barrio tiene nivelen económicos diferenciados
y perceptibles? ¿Tiene diversidad de niveles culturales? ¿Mantiene parecida
población durante el día y durante la noche? ¿Puede usted ir a andando a
comprar el periódico? ¿Tiene su barrio un lugar central donde se condensan
varios comercios esenciales? ¿Puede
usted llegar andando a ese centro? ¿Hay pequeño comercio? ¿Hay algún tipo de
centro asistencial? ¿Hay algún centro cultural que mantenga una regular actividad?
¿Hay parroquia? ¿Hay algún bar, cafetería o restaurante? ¿Hay algún espacio
libre donde dar un paseo y conectar con otros vecinos? ¿Puede llegar andando y
con facilidad a esos puntos?
Si
puede contestar afirmativamente a estas preguntas, usted vive en un lugar
urbano.
Si,
por el contrario, para dar respuestas afirmativas necesita el uso cotidiano del
coche, lo más probable es que, aunque esté censado en una capital, viva en
suelo legalmente urbano, su vivienda esté edificada en un solar y pague los
impuestos correspondientes, usted no viva en un ambiente urbano. Y, además, su conducta se aleje de lo típicamente
urbano y se corresponda cada vez menos, con aquella característica urbana de
tolerancia a lo diferente y a la libertad...
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