domingo, 14 de febrero de 2016

URBANISMO COMO MODO DE VIDA



URBANISMO COMO MODO DE VIDA




(publicado en DM 2016-02-07)
 
Louis Wirth, sociólogo germano-americano de principios del siglo pasado, definió el urbanismo como un modo de vida. Para él el tamaño de la población, la densidad y la heterogeneidad, que hasta entonces (y aún hoy) se habían considerado como  las tres magnitudes características para definir el carácter urbano  de una población, no eran por sí solas, ni en su conjunto, suficientes para explicar aquel carácter.

El tamaño de la población no es suficiente; conocemos grandes pueblos, de marcado carácter rural, con más población que pequeñas ciudades bien urbanas. La densidad, que como recuerda Wirth, es una equívoca magnitud que se mide por la noche, tampoco es determinante, pues una excesiva (el hacinamiento) no produce más que suburbanizacion. La heterogeneidad o diversidad es característica esencial en el medio urbano, aunque, por sí sola, tampoco es garantía de aquel carácter urbano. Pero las tres características juntas sí pueden calificar una aglomeración humana como una entidad urbana.

Sin embargo, Wirth mantuvo que no eran esas tres magnitudes, ni separadamente ni juntas, las que definían lo urbano. Consideró que las tres juntas son las que originan una conducta específica en la población. Así pues, el tamaño de población, la densidad y la heterogeneidad son magnitudes formales que enmarcan una específica conducta urbana. Esa conducta se caracteriza, entre otros aspectos, por unas relaciones sociales más superficiales, aumento de las relaciones sociales secundarias, un mayor relativismo y una mayor tolerancia a lo diferente y a la libertad. Eso es lo urbano. Es verdad que no todo es bueno en la conducta urbana, pues también se caracteriza por mayor delincuencia, corrupción, desorden…., pero en ello no hay pérdida de sus mejores valores característicos, que en definitiva empujan el conocimiento y el progreso.

Este concepto del urbanismo como conducta social, enunciado en 1938, ha producido enorme cantidad de trabajos, publicaciones y teorías complementarias, que los sociólogos urbanos conocen bien y que puede ser estudiado en aquellos textos.

Si una ciudad quiere mantener y acrecentar su carácter urbano deberá cuidar esos tres aspectos básicos de su marco social: tamaño, densidad y diversidad. Sin embargo, hay algo en nuestra política urbanística que parece caminar en dirección contraria. No se favorece el tamaño ni con medidas inmigratorias adecuadas ni, por ejemplo, con la absorción de municipios vecinos. No se favorece la densidad alta, por falsos modelos pseudoecologístas y por el deslumbramiento de las bajas densidades anglosajonas. No se favorece la heterogeneidad con el planeamiento de zonas urbanas poco integradoras (guetos).

Incluso las leyes, la del suelo especialmente, contienen determinaciones claramente contrarias a esos principios básicos de la aglomeración urbana, como es la limitación de la densidad máxima en función del tamaño de la población.

Pero lo más grave es la perdida de la heterogeneidad de la ciudad antigua y la  insistencia en la homogeneidad de los crecimientos de la ciudad. Primero la zonificación, entendida como estricta segregación de usos y más tarde la equidistribucion de aprovechamientos, están llevando a los crecimientos de nuestras ciudades a ser  una aglomeración de grandes zonas homogéneas que se apartan de la diversidad esencial y acaban constituyéndose en estrictos guetos más o menos hermosos.

Me parece que el urbanismo actual no busca corregir estas situaciones. Obsesionado por los aprovechamientos residenciales y su reparto igualitario, ha sacrificado el mejor valor de la ciudad, la diversidad, en aras de una supuesta equidistribucion que, aunque ha mejorado algo sobre la lotería urbanística que significaba el planeamiento del pasado siglo, en la práctica solo ha favorecido a los  grandes propietarios de terrenos. Los resultados son los que podemos ver en las zonas de crecimiento de nuestras ciudades: barrios monótonos hasta el aburrimiento, segregación de usos, aquí residencial, allí comercial, allí deportivo, allí tecnológico... Cada uno, un gueto. Todo bien segregado, pues así resulta más fácil hacer los planes y sacarlos adelante.
 
Los planeamientos nos siguen ofreciendo aburridas calles con invariables edificios de la misma altura, en la misma alineación y del mismo uso, como si esa uniformidad fuera un valor.

La diversidad es la esencia de la ciudad, es la que ofrece oportunidades sociales, de encuentros, de negocios, de conocimiento, de mercado… de intercambio, en definitiva.

Las ciudades que estamos creando con barrios residenciales de baja densidad (incluso por la noche,  cuando es máxima) y de uso exclusivo, alejados del centro, parece que solo intercambian tráfico de coches, que es el peor intercambio para la ciudad, el que genera más problemas, consume más tiempo, cuesta más dinero y contamina más.

El caso más reciente de contradictoria monotonía lo tenemos en el Parque Científico y Tecnológico (un gueto como otro cualquiera, pero, eso sí, muy moderno), en el que la singularidad de la arquitectura de los edificios pugna por destacar en una ordenación que los hace alinearse como si de una barriada se tratara.

Son grandes espacios de la ciudad, absolutamente homogéneos y de densidad cero. Pertenecen a la ciudad pero no son urbanos o lo son de modo engañoso. Podrían estar ahí o en medio de la nada.

Ahora se plantea ampliar el Parque Tecnológico a la vista del "éxito" de lo ya edificado y se ampliará ese gueto con el doble de superficie, en lugar de salpicar la ciudad con áreas diferenciadas menores y crear así diversidad y, consecuentemente, riqueza urbana. Sacar fuera de la ciudad estos usos, (el hospital de Mompía y el CCM es otro ejemplo), teniendo encima dificultades de comunicación y de aparcamiento (el aparcamiento asegurado y gratis era la única ventaja del extrarradio), es empobrecerla.

Se empobrece, por otro lado, la conducta urbana de sus habitantes o, incluso, llega a desaparecer, cuando la ciudad segrega sus usos de forma tan radical. Creando hermosos (?) guetos residenciales, comerciales o tecnológicos no creamos ciudad ni, lo que es peor, como ya decía Wirth hace casi cien años, inducimos una conducta urbana en sus habitantes.

Probablemente habría que cambiar desde la ley hasta la forma de hacer y gestionar el planeamiento para que nuestras ciudades sigan siéndolo y no termine todo en el aburrimiento más caro que podamos darnos.

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