URBANISMO COMO MODO DE VIDA
(publicado en DM 2016-02-07)
Louis Wirth, sociólogo germano-americano de principios
del siglo pasado, definió el urbanismo como un modo de vida. Para él el tamaño
de la población, la densidad y la heterogeneidad, que hasta entonces (y aún
hoy) se habían considerado como las tres
magnitudes características para definir el carácter urbano de una población, no eran por sí solas, ni en
su conjunto, suficientes para explicar aquel carácter.
El tamaño de la población no es suficiente; conocemos grandes
pueblos, de marcado carácter rural, con más población que pequeñas ciudades
bien urbanas. La densidad, que como recuerda Wirth, es una equívoca magnitud
que se mide por la noche, tampoco es determinante, pues una excesiva (el
hacinamiento) no produce más que suburbanizacion. La heterogeneidad o diversidad
es característica esencial en el medio urbano, aunque, por sí sola, tampoco es
garantía de aquel carácter urbano. Pero las tres características juntas sí pueden
calificar una aglomeración humana como una entidad urbana.
Sin embargo, Wirth mantuvo que no eran esas tres magnitudes,
ni separadamente ni juntas, las que definían lo urbano. Consideró que las tres juntas
son las que originan una conducta específica en la población. Así pues, el
tamaño de población, la densidad y la heterogeneidad son magnitudes formales que
enmarcan una específica conducta urbana. Esa conducta se caracteriza, entre
otros aspectos, por unas relaciones sociales más superficiales, aumento de las
relaciones sociales secundarias, un mayor relativismo y una mayor tolerancia a
lo diferente y a la libertad. Eso es lo urbano. Es verdad que no todo es bueno
en la conducta urbana, pues también se caracteriza por mayor delincuencia, corrupción,
desorden…., pero en ello no hay pérdida de sus mejores valores característicos,
que en definitiva empujan el conocimiento y el progreso.
Este concepto del urbanismo como conducta social,
enunciado en 1938, ha producido enorme cantidad de trabajos, publicaciones y teorías
complementarias, que los sociólogos urbanos conocen bien y que puede ser
estudiado en aquellos textos.
Si una ciudad quiere mantener y acrecentar su carácter
urbano deberá cuidar esos tres aspectos básicos de su marco social: tamaño,
densidad y diversidad. Sin embargo, hay algo en nuestra política urbanística
que parece caminar en dirección contraria. No se favorece el tamaño ni con
medidas inmigratorias adecuadas ni, por ejemplo, con la absorción de municipios
vecinos. No se favorece la densidad alta, por falsos modelos pseudoecologístas
y por el deslumbramiento de las bajas densidades anglosajonas. No se favorece
la heterogeneidad con el planeamiento de zonas urbanas poco integradoras
(guetos).
Incluso las leyes, la del suelo especialmente, contienen
determinaciones claramente contrarias a esos principios básicos de la aglomeración
urbana, como es la limitación de la densidad máxima en función del tamaño de la
población.
Pero lo más grave es la perdida de la heterogeneidad de
la ciudad antigua y la insistencia en la
homogeneidad de los crecimientos de la ciudad. Primero la zonificación,
entendida como estricta segregación de usos y más tarde la equidistribucion de
aprovechamientos, están llevando a los crecimientos de nuestras ciudades a ser una aglomeración de grandes zonas homogéneas
que se apartan de la diversidad esencial y acaban constituyéndose en estrictos guetos
más o menos hermosos.
Me parece que el urbanismo actual no busca corregir estas
situaciones. Obsesionado por los aprovechamientos residenciales y su reparto
igualitario, ha sacrificado el mejor valor de la ciudad, la diversidad, en aras
de una supuesta equidistribucion que, aunque ha mejorado algo sobre la lotería
urbanística que significaba el planeamiento del pasado siglo, en la práctica
solo ha favorecido a los grandes
propietarios de terrenos. Los resultados son los que podemos ver en las zonas
de crecimiento de nuestras ciudades: barrios monótonos hasta el aburrimiento,
segregación de usos, aquí residencial, allí comercial, allí deportivo, allí tecnológico...
Cada uno, un gueto. Todo bien segregado, pues así resulta más fácil hacer los
planes y sacarlos adelante.
Los planeamientos nos siguen ofreciendo aburridas calles
con invariables edificios de la misma altura, en la misma alineación y del
mismo uso, como si esa uniformidad fuera un valor.
La diversidad es la esencia de la ciudad, es la que
ofrece oportunidades sociales, de encuentros, de negocios, de conocimiento, de
mercado… de intercambio, en definitiva.
Las ciudades que estamos creando con barrios
residenciales de baja densidad (incluso por la noche, cuando es máxima) y de uso exclusivo, alejados
del centro, parece que solo intercambian tráfico de coches, que es el peor
intercambio para la ciudad, el que genera más problemas, consume más tiempo,
cuesta más dinero y contamina más.
El caso más reciente de contradictoria monotonía lo
tenemos en el Parque Científico y Tecnológico (un gueto como otro cualquiera,
pero, eso sí, muy moderno), en el que la singularidad de la arquitectura de los
edificios pugna por destacar en una ordenación que los hace alinearse como si
de una barriada se tratara.
Son grandes espacios de la ciudad, absolutamente
homogéneos y de densidad cero. Pertenecen a la ciudad pero no son urbanos o lo
son de modo engañoso. Podrían estar ahí o en medio de la nada.
Ahora se plantea ampliar el Parque Tecnológico a la vista
del "éxito" de lo ya edificado y se ampliará ese gueto con el doble
de superficie, en lugar de salpicar la ciudad con áreas diferenciadas menores y
crear así diversidad y, consecuentemente, riqueza urbana. Sacar fuera de la
ciudad estos usos, (el hospital de Mompía y el CCM es otro ejemplo), teniendo
encima dificultades de comunicación y de aparcamiento (el aparcamiento
asegurado y gratis era la única ventaja del extrarradio), es empobrecerla.
Se empobrece, por otro lado, la conducta urbana de sus
habitantes o, incluso, llega a desaparecer, cuando la ciudad segrega sus usos
de forma tan radical. Creando hermosos (?) guetos residenciales, comerciales o tecnológicos
no creamos ciudad ni, lo que es peor, como ya decía Wirth hace casi cien años, inducimos
una conducta urbana en sus habitantes.
Probablemente habría que cambiar desde la ley hasta la
forma de hacer y gestionar el planeamiento para que nuestras ciudades sigan
siéndolo y no termine todo en el aburrimiento más caro que podamos darnos.
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