BUEN PARQUE, DISCUTIBLE BARRIO
La Remonta de Santander, una finca militar
cerrada de 30 hectáreas de superficie, es en realidad una isla urbana. Aunque no siempre lo
fue. Hubo un momento en que era la ribera del mar. La gran charca circular que existe
en su parte más baja, convertida en embalse artificial, donde desagua la
escorrentía de prácticamente toda la finca, fue el extremo de una pequeña cala
de las decenas que, a mediados del siglo XVIII, conformaban el perímetro de la Bahía,
antes de que se produjeran los grandes rellenos de siglos posteriores. A
finales del siglo XIX, uno de los aristocráticos Pombo santanderinos adquirió y
rellenó parte de aquella zona y conformó una finca que destinó a “explotación y
recreo” y a la que llamó Campogiro. Años más tarde fue adquirida por la Diputación Provincial y
en 1920 cedida al ejército para Depósito de Sementales. Desde entonces es un recinto bien cerrado. Un recinto militar en las afueras de la
ciudad, que con los años ha quedado dentro. Hasta no hace muchos años la tapia
que lo rodeaba era bastante diáfana. Desde casi todo el perímetro se podían ver
las suaves y bien cuidadas campas de pastos para el ganado. Después, la finca
se cerró con bloques de hormigón y se acentuó su carácter de isla.
Conocí la finca muy joven pues era
sobrino del comandante médico y por lo tanto su hijo y yo, teníamos las puertas
abiertas del acuartelamiento para ver las siempre atractivas instalaciones
militares. Bastantes tardes de verano hemos gastado yendo de un pabellón a otro,
admirando los poderosos animales allí custodiados que eran tratados por los
soldados mejor que si fueran oficiales. Nos gustaban los ejercicios de doma y,
desde luego, la cubrición de las yeguas que en aquellos años de adolescencia
suponían para nosotros un espectáculo deslumbrante. Eran unas instalaciones mas
que limpias, relucientes, ordenadas y en las que el ejercito desarrollaba una
labor biológica y medioambiental, tan alejada de la guerra, que a nuestros ojos
se parecía a un paraíso. Remábamos y pescábamos en la charca, corríamos por sus
praderas y en las fiestas castrenses participábamos en el tiro de cuerda con
los soldados, que abrían nuestros aburguesados ojos y oídos con sus
expresiones vulgares o soeces y que a nosotros no parecían dignas de los legendarios
vaqueros de película del oeste. Durante los inviernos, guardabamos allí,
en alguna de las naves almacén, nuestro flamante bote de remos con vela latina,
comprado de segunda mano en el barrio pesquero. A comienzo de cada verano lo
llevábamos en un camión, militar por supuesto, a la rampa de la tolva de
Puerto Chico, donde sellábamos con estopa y pichi las holguras que la madera
había cogido durante el invierno. Después, la Bahía era nuestra.
Muchos años más tarde volví a ver las
instalaciones cuando, ya arquitecto municipal, el Ayuntamiento intentó permutar
la finca por otras alternativas más alejadas de la ciudad. Nuevamente admiré
las praderías, la limpieza y el orden con ese toque kirsch castrense
característico. Los caballos seguían siendo protagonistas y pude admirar, de la
mano de un oficial, que parecía enamorado de la bella bestia, un caballo árabe
capaz de recorrer cien kilómetros sin descanso. No fraguó aquella operación
municipal y ya no volví a pisar La Remonta hasta hace un par de años cuando la
organización del concurso para su desarrollo permitió a los concursantes
visitar la finca. Para entonces los militares hacía ya unos años que habían
abandonado el lugar y en ese momento estaba siendo ocupado provisionalmente por
la Policía Nacional, porque las obras que estaban llevando a cabo en su cuartel
habían requerido el desalojo. Nada que ver con los recuerdos pasados. Todo
aparecía abandonado y descuidado. Aún así, la finca conservaba algo de
su belleza natural de origen.
La Remonta tiene una orografía en forma de suave
ladera que asciende desde el Norte, por donde tiene el acceso, hacia el Sur,
para caer abruptamente con un desnivel de casi 20 metros, que es el antiguo
acantilado a la Bahía hoy calle Eduardo García del Río. En esa cresta alta y
dominante es donde están los pabellones militares. Solo uno de ellos, con un
patio de armas colonizado por una docena de palmeras canariensis, tiene valor arquitectónico. Desde la entrada al recinto, la imagen del edificio en lo más alto del
terreno, con las sobresalientes palmeras en su centro es hermosa. En realidad la calle Eduardo García del Rio es el límite original y natural de la Bahía: El relleno de la concesión Wissocq (1853) alejó el litoral un par de kilómetros y con los años las aguas y marismas fueron sustituidas por naves industriales.
La Remonta limita por el Sur y por el
Este con suelo industrial. Además, el ferrocarril de la costa o del Cantábrico
contorneó la finca por el Este, aislándola de su conexión más natural con la
ciudad. Solo un escueto paso inferior bajo la vía férrea ha servido y sirve
todavía como única conexión de ese barrio con el centro. El extremo oriental de
la peña de Peñacastillo es un límite al oeste, también escarpado y abrupto,
situación que se ha acentuado aún más con la construcción de la casa cuartel de
la Guardia
Civil, que por razones de seguridad constituye otra nueva barrera visual e inaccesible.
La Remonta ha estado en la conciencia
de los santanderinos como una reserva urbana, intocable salvo para grandes
proyectos. El Hospital Valdecilla estuvo a punto de construirse allí pero, en
una decisión bien discutible, se prefirió reedificarlo en su localización
original.
La conciencia de los santanderinos es una conciencia algo adormecida. Ya lo dijo Camilo José de Cela en su "Del Miño al Bidasoa": "Santander es una ciudad en la que se está demasiado bien, en la que el espíritu viaja por el cuerpo de un lado a otro como un alma en pena o un gato encerrado en un desván". Ese adormecimiento se despierta, eso sí, en cuanto alguien pretende cambiar algo. Por ejemplo La Remonta, que se tiene en la conciencia como una reserva y a los santanderinos les gustaría que siguiera siéndolo: una reserva para siempre. No se sabe muy bien para qué se quiere, pero desde luego ven preferible no hacer nada; que siga siendo reserva. Ya se verá. ¿Cuándo?, pues ya veremos, lo importante es no hacer nada. Una reserva.
La conciencia de los santanderinos es una conciencia algo adormecida. Ya lo dijo Camilo José de Cela en su "Del Miño al Bidasoa": "Santander es una ciudad en la que se está demasiado bien, en la que el espíritu viaja por el cuerpo de un lado a otro como un alma en pena o un gato encerrado en un desván". Ese adormecimiento se despierta, eso sí, en cuanto alguien pretende cambiar algo. Por ejemplo La Remonta, que se tiene en la conciencia como una reserva y a los santanderinos les gustaría que siguiera siéndolo: una reserva para siempre. No se sabe muy bien para qué se quiere, pero desde luego ven preferible no hacer nada; que siga siendo reserva. Ya se verá. ¿Cuándo?, pues ya veremos, lo importante es no hacer nada. Una reserva.
La marcha de los militares puso La
Remonta en el torbellino de la política. Unos querían hacer 5.000 viviendas y
otros un parque botánico. Eso si es tener claro el esquema de ciudad. Durante
unos años el torbellino político, consiguió lo que suele ser usual en estos
casos: que no se hiciera nada. Ni lo tuyo, ni lo mío.
Pasado el torbellino, probablemente por
la intervención de la Gerencia de Infraestructuras de la Defensa,
entidad administradora de la enorme cantidad de inmuebles en desuso del Ministerio, que, dueña
del recinto y sobre todo alejada de las miserias provincianas, se decidió, al
fin, conciliar posturas y hacer viviendas
y hacer parque. La Gerencia está obligada a sacar dinero de su
patrimonio (que es el de todos) y aceptó una solución razonable en la que, entre
el suelo para viviendas y el suelo para otros usos, "le salían los números",
expresión que separa un gran negocio de un negocio a secas. La Gerencia ya
había actuado en Santander con la venta del cuartel de María Cristina en
General Dávila y había dado muestra, lo vi bien de cerca, de un "interés en que le salieran los números",
digno del mejor promotor inmobiliario.
Así pues, las administraciones se proponen
abrir La Remonta para que deje de ser una isla y pase a ser un trozo de
ciudad. El límite según la Ley del Suelo de Cantabria está en unas
1.300 viviendas. Una gran superficie, 16 hectáreas, más del 50% del total, se
destinará a parque. Todas las viviendas, que se construyan en el resto, serán
de protección oficial. Además se asigna una notable edificabilidad (41.000 m2) para usos
terciarios (oficinas, ocio, hotel,..). Se quiere, no sólo un nuevo barrio
integrado en la ciudad, sino aprovechar la ocasión para “coser” la ciudad, de
modo que La Remonta
deje de ser una isla y una barrera en la trama urbana, todavía poco
estructurada, de la zona.
Se convocó un concurso en el que, por
encima de todo, se requería la interconexión, continuidad e integración de los
espacios libres colindantes: Cazoña-Doctor Morales-Peñacastillo, con el fin de
que esa continuidad, inevitablemente muy limitada, garantizara la “costura” e
integración del sector con la Ciudad. Es algo bienintencionado y biensonante pero
difícil de conseguir, pues prácticamente no hay puntos de conexión entre los
tres parques, de los que solo el de Cazoña-Doctor Morales es una realidad.
El concurso, en el que nuestro estudio
participó sin éxito, fue adjudicado a Batllé y Roig, prestigiosos arquitectos
especializados en paisajismo urbano.
Cuando está a punto de concluir el interminable
proceso urbanístico de aprobación del Plan Parcial, la asociación ecologista Arca reclama ahora que no se construyan
viviendas y que toda la finca sea un "parque naturalizado", concepto
este que no explica, pero con el que supongo que se refiere a modelos del tipo Parque
de la Magdalena o Mataleñas-Cabo Mayor, de nuestra ciudad. Arca ha rechazado
desde su inicio el modelo del parque de las Llamas, de los mismos autores,
Batlle y Roig, porque no es "el que
predomina a nivel mundial en las ciudades urbanísticamente referentes y más
avanzadas y el más conveniente para
todos los habitantes". Ninguna de esas afirmaciones o
descalificaciones se fundamentan o argumentan con ejemplos, de manera que
tampoco son fáciles de rebatir. Simples descalificaciones. Barcelona, por
ejemplo, es una ciudad urbanísticamente referente, y aparentemente avanzada, y
tiene varios parques de estos arquitectos.
El proyecto de parque de Battle y Roig para La Remonta,
todavía no desarrollado mediante el correspondiente Proyecto de Urbanización,
reúne, en principio, las condiciones de diseño de un parque contemporáneo "con la creación de espacios libres
abiertos a la ciudad, que preserven los elementos naturales existentes y su entorno:
la charca y su carrizal, los paseos arbolados…, y que unan los espacios libres
y naturales existentes en las áreas vecinas mediante una auténtica estructura
de corredores verdes. La vegetación a implantar tiene que estar formada por
especies autóctonas o adaptadas, y los espacios abiertos tendrían un carácter
parecido al de las extensiones agrícolas de la zona", todo ello
según la memoria del Plan Parcial.
El
parque de La Remonta, si alguna vez lo vemos hecho de la mano de estos
arquitectos será, como Las Llamas, un referente de la jardinería actual.
Tampoco
creo que sea un error construir un trozo de ciudad en La Remonta y que se haga
con una densidad media-alta. Las opiniones
medioambientalistas actuales consideran este tipo de actuaciones, en aéreas
internas de las ciudades, como más sostenibles y eficaces en la dotación de
servicios, que las de baja densidad en áreas periféricas, defendidas hasta
ahora.
Sin
embargo Arca pasa por alto, como suele suceder en las organizaciones
ecologistas siempre más preocupadas por cuestiones no humanas, aspectos
discutibles del modelo urbano previsto por el Plan de La Remonta. En el proyecto de Batlle y Roig, las 1300
viviendas se organizan en dos conjuntos de similar tamaño con una disposición
en fondo de saco. Es decir, para acceder a una de las aproximadamente 700
viviendas de cada uno de los dos "barrios", hay que hacerlo desde un solo
punto: una rotonda en Eduardo García del Río, o bien otra en Campogiro, para
desde allí, con un viario en forma de árbol llegar a nuestro destino. Salir del
barrio requiere deshacer ese camino recorriendo por completo la rama de ese
viario. Es un esquema en forma de árbol y fondo de saco. Todo tiene que pasar
por ese punto, la rotonda de acceso, y salir por ese mismo punto. Esta es una
solución común y válida para bajas densidades y viarios en fondo de saco
relativamente cortos. Pero en este caso se trata de densidades muy altas y
recorridos muy largos (en algún caso de más de 600 metros de ida y otros tantos
de vuelta).
La
funcionalidad y eficacia del esquema es muy discutible. Hay aspectos
sociológicos y de infraestructuras que desaconsejan, para densidades altas, los
fondos de saco en lugar de mallar, de interconectar, todo el sistema en varios
puntos. La implantación de servicios públicos, sus redes, accesos, trasporte público,
taxis, ambulancias y desde luego el tráfico privado, están muy penalizados en
este esquema, con recorridos internos inevitablemente muy largos y sin
alternativas posibles. Además, la creación de un solo acceso para más de 700
viviendas puede generar situaciones sociológicas no deseables.
Las
bases del concurso y el proyecto de Batlle y Roig han antepuesto la consecución
de un gran parque, con objetivos bien naturalistas por cierto, al resultado de
un nuevo barrio de la Ciudad y por eso me choca la crítica de Arca. En fin,
creo que La Remonta tiene un buen proyecto de parque (¿naturalizado?), pero un más
que discutible esquema urbano.



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