lunes, 9 de noviembre de 2015

DERRIBOS

(publicado en DM 2015-11-08)


A veces hago  informes periciales para pleitos o demandas relacionadas con la arquitectura o el urbanismo. No es un trabajo enriquecedor (en ninguna de las posibles acepciones del término), pero permite conocer mejor la naturaleza de esas actividades que practico profesionalmente y sobre todo conocer mejor la naturaleza humana. En los tribunales, esta última aflora de manera descarnada.

He hecho un informe para valorar el alcance de la demolición parcial, ordenada por los tribunales, de un edificio en una de las villas costeras cántabras. El asunto tiene más de veinticinco años, cuando se construyó un edificio que al parecer contenía una infracción urbanística por la que se sobrepasaba el volumen autorizado. Las comunidades de propietarios de los edificios colindantes han perseguido el asunto durante años, probablemente más que por salvaguardar la legalidad urbanística, por considerarse perjudicadas con la mera construcción del edificio infractor, que invadió terrenos que ellos creían propios y vino a alterar sus vistas y el disfrute de sus espacios comunitarios
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El hecho es que esas comunidades colindantes han conseguido, teniendo a la ley de su lado, que se dicte una sentencia de demolición parcial, pero extensa, y que esté a punto de ejecutarse. Básicamente la demolición afectará a casi mil metros cuadrados de la planta baja que, a modo de soportal, es, al tiempo, terraza de las viviendas de la planta primera que, a la postre, son las perjudicadas en todo este asunto, sin que ninguno de sus dueños actuales tengan responsabilidad alguna en la infracción que se cometió hace más de 25 años. Como es natural esos propietarios tratan de evitar la demolición que tanto les perjudica
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Las sentencias hay que ejecutarlas. Parece un principio básico del estado de derecho, y tras veinticinco años de complejos trámites judiciales, las dos comunidades de vecinos denunciantes están a poco de conseguir esa ejecución.

Mi trabajo profesional ha terminado con el informe, dentro de lo que se denomina, en la terminología jurídica, incidente de ejecución. Parece que todo está dicho y solo queda esperar la resolución de los tribunales.

(Los derribos, las sentencias de derribo, producen inquietud. Basadas en un urbanismo voluble, caprichoso y dispar, se suelen confirmar muchos años, a veces décadas, después de que el edificio se ha construido. Un edificio no se levanta en un día, el más pequeño no tarda menos de un año. En España la construcción, metida en un laberinto artesanal, siempre parece lenta, pero resulta fulgurante comparada con la marcha de la administración. Esa diferencia de calendario, de "timing", es inquietante. Las administraciones, generalmente la local, son poco activas en la prevención o inspección urbanística y la de justicia es muy lenta. Total: Las ejecuciones, si llegan, llegan a destiempo y, lógicamente cuesta entenderlas. Como además son producto de la persecución privada de un asunto, acaban satisfaciendo más a ese interés privado que al público, que con el paso del tiempo ha dejado de comprender e interesarse por la situación. Incluso ve la infracción integrada en aquel entorno que generalmente tiene hechos semejantes bien próximos. Finalmente la disciplina urbanística, administrativa y judicial, sirve más para ajustes de cuentas vengativos, que para proteger el bien común de la legalidad urbanística…)

Volvamos a nuestro derribo:

Sin embargo no está todo dicho. Hace pocos días, dos copropietarios de las comunidades denunciantes, ciudadanos franceses, se han dirigido a sus convecinos y al ayuntamiento de la villa, para dejar constancia de su oposición a que se ejecute la demolición. Estos ciudadanos exponen cuatro razones para oponerse a la demolición:

1 Con la demolición no van a recuperar lo ya perdido.

2 Mantiene unas divisiones absurdas de terrenos en las zonas libres y de juegos.

3 Se pone en riesgo la estructura de todo el edificio en el que se realizará la demolición.

4 Se trata de un venganza que perjudica la convivencia entre comunidades.

Por ello proponen que los costes necesarios para esa demolición (unos 250.000 euros), se utilicen en mejorar y unificar los espacios comunes de las tres comunidades. Los ciudadanos franceses incluyen varias opciones muy estudiadas, que consideran redundarían en beneficio de todos.

Es muy sugerente, oportuna y practica la propuesta de estos colindantes que dan prueba de sensatez. Su escrito lleva implícito el reconocimiento de la derrota de sus pretensiones (recuperar una situación anterior  a la construcción del edificio infractor) y que la motivación actual de la demolición está basada en el deseo de venganza, estéril, como lo es toda venganza.

Se les olvida, a estos sensatos ciudadanos franceses, un par de cosas que son trascendentes y a las que en este País se da importancia. El imperio de la ley exige el restablecimiento de la legalidad urbanística. ¡Ah, qué haríamos sin ese resarcimiento de la cosa pública que es el restablecimiento de la legalidad urbanística!. Gracias a ese restablecimiento de la legalidad urbanística, extendido por todo el territorio nacional, nuestras ciudades son un ejemplo urbanístico para propios y extraños... Dejemos la ironía. No hay más que darse una vuelta por las cercanías de los edificios en cuestión (su situación no aporta nada a este artículo), para llegar a la conclusión de que la demolición, de casi mil metros cuadrados de terraza-porche del edifico, pasará inadvertida para cualquiera, ante lo disparatado de aquel entorno donde el urbanismo parece haber enloquecido con edificios de diez plantas junto a pequeños chalets, con aceras raquíticas y un desorden generalizado. La arquitectura de ese entorno es un muestrario de un mal gusto profesional que provoca bochorno. Probablemente será el primer derribo, que se lleve a cabo en la villa por una cuestión urbanística y uno se pregunta que por qué ha de ser esto lo demolido y no alguno de los otros horrores arquitectónicos y urbanísticos  que lo rodean.

La legalidad urbanística está en manos de los vecinos que, persiguiendo la causa, pueden restablecerla. Como también pueden renunciar a la demanda y ningún poder público perseguirá la ejecución, que quedará suspendida. El ayuntamiento debería explicar el restablecimiento de la legalidad urbanística mediante grandes carteles, con sus correspondientes e imprescindibles infografías, para aleccionar al personal, pues sólo así podría llegar a entenderse, aunque no comprenderse.

La otra cosa que parecen olvidar los sensatos ciudadanos franceses, es que el dinero que cuesta el derribo, que sobrepasará al final los 300.000 euros, es, de entrada, dinero público. Ese dinero proviene de sus impuestos, querido lector, y de los míos, entre otros muchos. ¿Qué mejor destino podemos dar a ese dinero que con tanto esfuerzo y sacrificio hemos entregado a las arcas de la administración, que llegar hasta el fin y demoler esas terrazas que computan como edificabilidad en el plan urbanístico de la villa, pero que, paradójicamente, no lo harían en muchos otros municipios del País?. Además, su derribo dará a la villa otra cara, otra imagen, desaparecerá la ignominiosa infracción y eso se traducirá en mayor bienestar de sus habitantes y de sus veraneantes  ¡Nada, nada, que lo tiren! 

De la misma manera que vamos a tirar una depuradora de aguas residuales recién construida, para trasladarla unos metros, gastándonos unos cien millones de euros en esa operación. ¡Hay que tirarlo, sí señor! Con dinero público, que para eso somos ricos. Se tira para mayor gloria de las asociaciones ecologistas, que a su vez viven del dinero público proveniente de la cuantiosas subvenciones que les otorga la administración o para cumplir la venganza de una comunidad sobre otra.

Pobres ciudadanos franceses, tan sensatos ellos, estamos en Cantabria, España, y aquí valoramos mucho el cumplimiento de la ley, ¡faltaba más!

sábado, 2 de mayo de 2015

LA REMONTA



BUEN PARQUE, DISCUTIBLE BARRIO

 

La Remonta de Santander, una finca militar cerrada de 30 hectáreas de superficie, es en realidad una isla urbana. Aunque no siempre lo fue. Hubo un momento en que era la ribera del mar. La gran charca circular que existe en su parte más baja, convertida en embalse artificial, donde desagua la escorrentía de prácticamente toda la finca, fue el extremo de una pequeña cala de las decenas que, a mediados del siglo XVIII, conformaban el perímetro de la Bahía, antes de que se produjeran los grandes rellenos de siglos posteriores. A finales del siglo XIX, uno de los aristocráticos Pombo santanderinos adquirió y rellenó parte de aquella zona y conformó una finca que destinó a “explotación y recreo” y a la que llamó Campogiro. Años más tarde fue adquirida por la Diputación Provincial y en 1920 cedida al ejército para Depósito de Sementales. Desde entonces es un recinto bien cerrado. Un recinto militar en las afueras de la ciudad, que con los años ha quedado dentro. Hasta no hace muchos años la tapia que lo rodeaba era bastante diáfana. Desde casi todo el perímetro se podían ver las suaves y bien cuidadas campas de pastos para el ganado. Después, la finca se cerró con bloques de hormigón y se acentuó su carácter de isla.





Conocí la finca muy joven pues era sobrino del comandante médico y por lo tanto su hijo y yo, teníamos las puertas abiertas del acuartelamiento para ver las siempre atractivas instalaciones militares. Bastantes tardes de verano hemos gastado yendo de un pabellón a otro, admirando los poderosos animales allí custodiados que eran tratados por los soldados mejor que si fueran oficiales. Nos gustaban los ejercicios de doma y, desde luego, la cubrición de las yeguas que en aquellos años de adolescencia suponían para nosotros un espectáculo deslumbrante. Eran unas instalaciones mas que limpias, relucientes, ordenadas y en las que el ejercito desarrollaba una labor biológica y medioambiental, tan alejada de la guerra, que a nuestros ojos se parecía a un paraíso. Remábamos y pescábamos en la charca, corríamos por sus praderas y en las fiestas castrenses participábamos en el tiro de cuerda con los soldados, que abrían nuestros aburguesados ojos y oídos con sus expresiones vulgares o soeces y que a nosotros no parecían dignas de los legendarios vaqueros de película del oeste. Durante los inviernos, guardabamos allí, en alguna de las naves almacén, nuestro flamante bote de remos con vela latina, comprado de segunda mano en el barrio pesquero. A comienzo de cada verano lo llevábamos en un camión, militar por supuesto, a la rampa de la tolva de Puerto Chico, donde sellábamos con estopa y pichi las holguras que la madera había cogido durante el invierno. Después, la Bahía era nuestra.



Muchos años más tarde volví a ver las instalaciones cuando, ya arquitecto municipal, el Ayuntamiento intentó permutar la finca por otras alternativas más alejadas de la ciudad. Nuevamente admiré las praderías, la limpieza y el orden con ese toque kirsch castrense característico. Los caballos seguían siendo protagonistas y pude admirar, de la mano de un oficial, que parecía enamorado de la bella bestia, un caballo árabe capaz de recorrer cien kilómetros sin descanso. No fraguó aquella operación municipal y ya no volví a pisar La Remonta hasta hace un par de años cuando la organización del concurso para su desarrollo permitió a los concursantes visitar la finca. Para entonces los militares hacía ya unos años que habían abandonado el lugar y en ese momento estaba siendo ocupado provisionalmente por la Policía Nacional, porque las obras que estaban llevando a cabo en su cuartel habían requerido el desalojo. Nada que ver con los recuerdos pasados. Todo aparecía abandonado y descuidado. Aún así, la finca conservaba algo de su belleza natural de origen.



La Remonta tiene una orografía en forma de suave ladera que asciende desde el Norte, por donde tiene el acceso, hacia el Sur, para caer abruptamente con un desnivel de casi 20 metros, que es el antiguo acantilado a la Bahía hoy calle Eduardo García del Río. En esa cresta alta y dominante es donde están los pabellones militares. Solo uno de ellos, con un patio de armas colonizado por una docena de palmeras canariensis, tiene valor arquitectónico. Desde la entrada al recinto, la imagen del edificio en lo más alto del terreno, con las sobresalientes palmeras en su centro es hermosa.  

En realidad la calle Eduardo García del Rio es el límite original y natural de la Bahía: El relleno de la concesión Wissocq (1853) alejó el litoral un par de kilómetros y con los años las aguas y marismas fueron sustituidas por naves industriales.




La Remonta limita por el Sur y por el Este con suelo industrial. Además, el ferrocarril de la costa o del Cantábrico contorneó la finca por el Este, aislándola de su conexión más natural con la ciudad. Solo un escueto paso inferior bajo la vía férrea ha servido y sirve todavía como única conexión de ese barrio con el centro. El extremo oriental de la peña de Peñacastillo es un límite al oeste, también escarpado y abrupto, situación que se ha acentuado aún más con la construcción de la casa cuartel de la Guardia Civil, que por razones de seguridad constituye otra nueva barrera visual e inaccesible.

 



La Remonta ha estado en la conciencia de los santanderinos como una reserva urbana, intocable salvo para grandes proyectos. El Hospital Valdecilla estuvo a punto de construirse allí pero, en una decisión bien discutible, se prefirió reedificarlo en su localización original.

La conciencia de los santanderinos es una conciencia algo adormecida. Ya lo dijo Camilo José de Cela en su "Del Miño al Bidasoa": "Santander es una ciudad en la que se está demasiado bien, en la que el espíritu viaja por el cuerpo de un lado a otro como un alma en pena o un gato encerrado en un desván". Ese adormecimiento se despierta, eso sí, en cuanto alguien pretende cambiar algo. Por ejemplo La Remonta, que se tiene en la conciencia como una reserva y a los santanderinos les gustaría que siguiera siéndolo: una reserva para siempre. No se sabe muy bien para qué se quiere, pero desde luego ven preferible no hacer nada; que siga siendo reserva. Ya se verá. ¿Cuándo?, pues ya veremos, lo importante es no hacer nada. Una reserva.


La marcha de los militares puso La Remonta en el torbellino de la política. Unos querían hacer 5.000 viviendas y otros un parque botánico. Eso si es tener claro el esquema de ciudad. Durante unos años el torbellino político, consiguió lo que suele ser usual en estos casos: que no se hiciera nada. Ni lo tuyo, ni lo mío.

Pasado el torbellino, probablemente por la intervención de la Gerencia de Infraestructuras de la Defensa, entidad administradora de la enorme cantidad de  inmuebles en desuso del Ministerio, que, dueña del recinto y sobre todo alejada de las miserias provincianas, se decidió, al fin, conciliar posturas y hacer viviendas  y hacer parque. La Gerencia está obligada a sacar dinero de su patrimonio (que es el de todos) y aceptó una solución razonable en la que, entre el suelo para viviendas y el suelo para otros usos, "le salían los números", expresión que separa un gran negocio de un negocio a secas. La Gerencia ya había actuado en Santander con la venta del cuartel de María Cristina en General Dávila y había dado muestra, lo vi bien de cerca, de un "interés en que le salieran los números", digno del mejor promotor inmobiliario.


Así pues, las administraciones se proponen abrir La Remonta para que deje de ser una isla y pase a ser un trozo de ciudad.  El límite según la Ley del Suelo de Cantabria está en unas 1.300 viviendas. Una gran superficie, 16 hectáreas, más del 50% del total, se destinará a parque. Todas las viviendas, que se construyan en el resto, serán de protección oficial. Además se asigna una notable edificabilidad (41.000 m2) para usos terciarios (oficinas, ocio, hotel,..). Se quiere, no sólo un nuevo barrio integrado en la ciudad, sino aprovechar la ocasión para “coser” la ciudad, de modo que La Remonta deje de ser una isla y una barrera en la trama urbana, todavía poco estructurada, de la zona.



Se convocó un concurso en el que, por encima de todo, se requería la interconexión, continuidad e integración de los espacios libres colindantes: Cazoña-Doctor Morales-Peñacastillo, con el fin de que esa continuidad, inevitablemente muy limitada, garantizara la “costura” e integración del sector con la Ciudad. Es algo bienintencionado y biensonante pero difícil de conseguir, pues prácticamente no hay puntos de conexión entre los tres parques, de los que solo el de Cazoña-Doctor Morales es una realidad.



El concurso, en el que nuestro estudio participó sin éxito, fue adjudicado a Batllé y Roig, prestigiosos arquitectos especializados en paisajismo urbano.



Cuando está a punto de concluir el interminable proceso urbanístico de aprobación del Plan Parcial, la asociación ecologista Arca reclama ahora que no se construyan viviendas y que toda la finca sea un "parque naturalizado", concepto este que no explica, pero con el que supongo que se refiere a modelos del tipo Parque de la Magdalena o Mataleñas-Cabo Mayor, de nuestra ciudad. Arca ha rechazado desde su inicio el modelo del parque de las Llamas, de los mismos autores, Batlle y Roig, porque no es "el que predomina a nivel mundial en las ciudades urbanísticamente referentes y más avanzadas y el más conveniente para todos los habitantes". Ninguna de esas afirmaciones o descalificaciones se fundamentan o argumentan con ejemplos, de manera que tampoco son fáciles de rebatir. Simples descalificaciones. Barcelona, por ejemplo, es una ciudad urbanísticamente referente, y aparentemente avanzada, y tiene varios parques de estos arquitectos.



El proyecto de parque de Battle y Roig para La Remonta, todavía no desarrollado mediante el correspondiente Proyecto de Urbanización, reúne, en principio, las condiciones de diseño de un parque contemporáneo "con la creación de espacios libres abiertos a la ciudad, que preserven los elementos naturales existentes y su entorno: la charca y su carrizal, los paseos arbolados…, y que unan los espacios libres y naturales existentes en las áreas vecinas mediante una auténtica estructura de corredores verdes. La vegetación a implantar tiene que estar formada por especies autóctonas o adaptadas, y los espacios abiertos tendrían un carácter parecido al de las extensiones agrícolas de la zona", todo ello según la memoria del Plan Parcial.



El parque de La Remonta, si alguna vez lo vemos hecho de la mano de estos arquitectos será, como Las Llamas, un referente de la jardinería actual.



Tampoco creo que sea un error construir un trozo de ciudad en La Remonta y que se haga con una densidad media-alta. Las opiniones medioambientalistas actuales consideran este tipo de actuaciones, en aéreas internas de las ciudades, como más sostenibles y eficaces en la dotación de servicios, que las de baja densidad en áreas periféricas, defendidas hasta ahora.



Sin embargo Arca pasa por alto, como suele suceder en las organizaciones ecologistas siempre más preocupadas por cuestiones no humanas, aspectos discutibles del modelo urbano previsto por el Plan de La Remonta. En el proyecto de Batlle y Roig, las 1300 viviendas se organizan en dos conjuntos de similar tamaño con una disposición en fondo de saco. Es decir, para acceder a una de las aproximadamente 700 viviendas de cada uno de los dos "barrios", hay que hacerlo desde un solo punto: una rotonda en Eduardo García del Río, o bien otra en Campogiro, para desde allí, con un viario en forma de árbol llegar a nuestro destino. Salir del barrio requiere deshacer ese camino recorriendo por completo la rama de ese viario. Es un esquema en forma de árbol y fondo de saco. Todo tiene que pasar por ese punto, la rotonda de acceso, y salir por ese mismo punto. Esta es una solución común y válida para bajas densidades y viarios en fondo de saco relativamente cortos. Pero en este caso se trata de densidades muy altas y recorridos muy largos (en algún caso de más de 600 metros de ida y otros tantos de vuelta).



La funcionalidad y eficacia del esquema es muy discutible. Hay aspectos sociológicos y de infraestructuras que desaconsejan, para densidades altas, los fondos de saco en lugar de mallar, de interconectar, todo el sistema en varios puntos. La implantación de servicios públicos, sus redes, accesos, trasporte público, taxis, ambulancias y desde luego el tráfico privado, están muy penalizados en este esquema, con recorridos internos inevitablemente muy largos y sin alternativas posibles. Además, la creación de un solo acceso para más de 700 viviendas puede generar situaciones sociológicas no deseables.



Las bases del concurso y el proyecto de Batlle y Roig han antepuesto la consecución de un gran parque, con objetivos bien naturalistas por cierto, al resultado de un nuevo barrio de la Ciudad y por eso me choca la crítica de Arca. En fin, creo que La Remonta tiene un buen proyecto de parque (¿naturalizado?), pero un más que discutible esquema urbano. 

miércoles, 21 de enero de 2015

Banco vs Mercado. Museo vs Archivo




 Banco vs Mercado. Museo vs Archivo


No hace demasiado tiempo, creo que en el año 2000, vino a Santander con motivo de una reunión de alto nivel, el entonces Presidente de la República Francesa, Jacques Chirac. No es cualquier persona un presidente de Francia. Se puede decir que era el cuarto hombre más poderoso del mundo, después de los presidentes de USA, Rusia y Gran Bretaña. Hoy la cosa sería más discutible, pero hace esos pocos años, no lo era. Da igual, un presidente de Francia, incluso Chirac, es, qué duda cabe, una persona importante. Tenía que venir a Santander y, pocos días antes de su llegada, dijo que quería ver el Museo de Prehistoria. Francia compite (?) con España en esto de la prehistoria y sus manifestaciones artísticas, a las que siempre ha prestado mucha atención para su difusión y también, naturalmente, para su explotación turístico-comercial. El Museo de Prehistoria de Cantabria, creado en 1926 por el Padre Carballo, era una de las entidades culturales de gran prestigio de España, pues había sabido  adquirir, conservar y estudiar una valiosísima colección de objetos prehistóricos. Además había desplegado una gran actividad arqueológica y convocado y organizado numerosas reuniones de estudio, tanto nacionales como internacionales. No era extraño pues, que el señor Chirac quisiera ver ese Museo de fama internacional. Cuando las autoridades se enteraron del deseo del Presidente Francés creyeron que estaba de broma. ¿Qué viene a Santander y quiere ver el Museo de Prehistoria?. Este francés está loco. ¿A quién se le ocurre?. Será mejor llevarle a Altamira o a Santillana del Mar, ¡pero ese Museo que está en el sótano de la Diputación, por favor, eso es una bobada!.

Pero no lo era. Chirac quería ver ese Museo y lo vio, que para eso era el cuarto hombre más importante del mundo. Las autoridades regionales arreglaron a toda prisa aquel sótano, abandonado desde que García Guinea se había jubilado. Porque García Guinea había sido el alma del museo, según ha reconocido todo el mundo, tanto profesional de la arqueología como simple aficionado. Guinea no pudo hacer, a pesar de su capacidad de arrastre, el buen museo que merecía su trabajo, pero mantuvo durante muchos años un grupo de gente joven e inquieta a su alrededor que daban vida al museo y sus actividades.

Después de aquella visita de Chirac, el Gobierno de Cantabria arregló el museo e hizo una instalación discreta, que recuerdo haber recorrido con visita guiada de una joven que sabía muy bien su cometido. Era un museo pequeño, pero correcto. Con el cambio de sede del Gobierno, fuera del "Palacio de Puerto Chico", desapareció el Museo por la Avenida de los Castros y hace un par de años reapareció en  el sótano del Mercado del Este. De sótano a sótano.

El Mercado del Este es un edificio con mala suerte. Nació, hacia 1840, de la mano de Zabaleta, un buen arquitecto tardíamente neoclásico, pero ya a los pocos años de su inauguración ofrecía síntomas de ruina, con fallos en la cimentación y en la cubierta. Se había construido con una cierta idea de provisionalidad y aquello trajo malas consecuencias. La cubierta original, prácticamente plana, hubo de ser sustituida muy pronto por otra, también de madera, a dos aguas, arquitectónicamente más vulgar. El hecho es que, ya sea por aquella provisionalidad o por otra causa, el edificio envejeció de muy mala manera y estuvo a punto de desaparecer en varias ocasiones. Modernos estudios de mercado de la Ciudad decían que solo debía de haber tres: uno en Puerto Chico, otro en Cuatro Caminos y el de la Esperanza en el centro. Se condenaba a desaparecer a los de Perines, Miranda y del Este. No hubo mantenimiento para ellos y el abandono creo la ruina. Cuando parecía que el Mercado del Este iba a desaparecer, entro en liza el Colegio de Arquitectos y abanderó una campaña en defensa del edificio y de su cubierta de madera (que no era la original) y consiguió paralizar su demolición. Fue declarado Bien de Interés Cultural con categoría de monumento. La victoria del Colegio frente a la política oficial llevó a la rehabilitación del edificio.  El resultado es el edifico actual. Del mercado original solo quedan las grandes losas de piedra del suelo interior, el resto es absolutamente contemporáneo.
 
La planta baja se destinó a diversos comercios y a un bar restaurante que ocupa prácticamente la mitad de la superficie total. El gran sótano ha tenido varios usos: sala de exposiciones, montaje de nacimientos,...hasta que hace pocos años se decidió instalar allí el prestigiado Museo de Prehistoria de Cantabria, diciendo que se hacía de modo provisional, pues se trataría de buscar un mejor acomodo, bien en el infortunado Museo de Las Llamas, proyecto que la crisis se llevó por delante, o en otro emplazamiento que pudiera surgir.  

La sede del El Banco de España en Santander es obra del arquitecto José Yarnoz Larrosa, arquitecto oficial del Banco de España, que proyectó, entre los años 1920 a 1936, casi todas las sedes provinciales de la entidad. En cada ciudad "colaboraba" con algún arquitecto local, generalmente el más reconocido, que firmaba con él los planos y que se hacía cargo de la parte más dura de la dirección de obra. En Santander, el que firmó el proyecto, junto con Yarnoz, fue Eloy Martínez del Valle, el más prestigioso del momento (además su padre había sido consejero del Banco de España), en cuyo estudio trabajaba un joven y prometedor arquitecto llamado Deogracias Mariano Lastra. Damos por sentado que algo hicieron en el diseño final de aquel edificio tipo.
 
Yarnoz proyectó una sede tipo para las sucursales del Banco de España, a la que incorporó algunas ligeras variantes para cada localidad. El edificio tiene una planta sótano para las cámaras acorazadas y archivo, planta baja para patio de operaciones y dos plantas más de viviendas. El lenguaje clásico de la fachada se extiende a todas las plantas, de manera que alguna de las ventanas con frontón de los pisos altos, se corresponde con dormitorios o comedor de las viviendas y, en algún caso, con almacén de limpieza. En definitiva, Yarnoz proyectó, para las sedes provinciales, un edificio que aunque es residencial en casi la mitad de su superficie tiene una gran apariencia formal gracias a la columnata que ocupa las dos plantas superiores (las de viviendas) y a los recercados de las más bien pequeñas ventanas. Además, en casi todas las sedes, remata el edificio con un ático ciego en el que se sitúa el escudo de España y el nombre del banco. Todo en piedra de sillería. Conseguía así una imagen potente, de edificación clásica y solida, que era la imagen que el Banco de España deseaba proyectar de sí mismo. En Santander se facilitó e incrementó esa deseada imagen, pues el solar para la sede del Banco, daba frente a la plaza más generosa de la ciudad que, de alguna forma, presidía. De este modo el edificio adquiere una gran presencia en el paisaje urbano del centro, pues se puede apreciar en escala íntima, urbana y monumental, en función de lo más o menos alejado que lo percibamos. Yo valoro más el edificio como una pieza singular de ese paisaje, que como edificio aislado, que lo veo casi repetido en Tarragona, Ávila, Albacete, Huelva, Alcoy, Orense,…Pero también es verdad que tiene un indudable valor arquitectónico.

(En los años en que José Yarnoz proyectó este edificio trabajaba junto a su hermano Javier, también arquitecto. Llegó la barbarie de la guerra civil y cada uno acabó en un bando. No es el momento de contar esas circunstancias, que como muchas de las de esa época, parecen sacadas de una película. El caso es que ambos hermanos, arquitectos de buena familia navarra, acabaron separándose, cada uno en un bando y, según parece, no volvieron a verse nunca. Mientras José se mantuvo como arquitecto del Banco de España y alcanzó un enorme prestigio profesional, fue elegido Académico de Bellas Artes y condecorado con la Gran Cruz de Alfonso X, su hermano Javier fue inhabilitado a perpetuidad por el régimen de Franco, tuvo que emigrar a Venezuela y trabajar como ilustrador para ganarse la vida. Vidas de hermanos españoles.)

Así que a mí, el edificio, cuando a menudo paso por delante de él, me trae a la mente un buen número de imágenes y me evoca buena parte de la historia reciente de este País y, qué duda cabe, ese es un valor añadido de importancia.

Prácticamente todas las sedes del Banco de España proyectadas por José Yarnoz, han quedado sin uso y las respectivas administraciones locales o regionales los han adquirido para reutilizarlos. Tarragona hará un Museo de la Química, Albacete el Museo nacional del Circo, Orense un centro cultural en la planta baja, Alcoy una casa de cultura y así en casi todos los casos.

Santander ha ido ligeramente rezagada en la adquisición del edificio y también en decidir un nuevo uso para el mismo. Hasta julio de 2013 no supimos que el Gobierno de Cantabria y el Ayuntamiento iban a destinarlo a Museo de Arqueología y Prehistoria, para lo cual convocaron a los periodistas en el mismo edificio con declaraciones, videos y fotos en la prensa (ABC 10.07.2013). El Ayuntamiento inició una modificación del Plan General, recientemente aprobado, pues el edificio estaba excesivamente protegido y no parecía posible adaptarlo al nuevo uso. Varias entidades culturales no vieron muy clara la rebaja de la protección del edificio y se publicaron diversos artículos contra esa modificación (DM 13.03.2014). Después vino un prolongado y misterioso silencio político administrativo, hasta que de pronto surge un llamativo cambio de planes: La sede del Banco de España se cederá para albergar el Archivo Lafuente que reúne una extensa colección documental especializada en historia del arte del siglo XX en Europa, Latinoamérica y Estados Unidos. El Archivo Lafuente ha sido a su vez cedido al Museo Reina Sofía, que de esa manera creará su primera sede fuera de Madrid. El Museo de Prehistoria se mantendrá en el Mercado del Este, pero ocupando no solo el sótano si no también la planta baja, para lo que habrá que desalojarla de los comercios actuales y, en consecuencia, deberá perder su carácter de espacio público cubierto. Una revolución en los planes previstos. El director del Museo de Prehistoria estuvo a punto de dimitir, pues al parecer se enteró por la prensa del cambio de planes. El Decano del Colegio de Arquitectos tiene dudas sobre la posibilidad de que el cambio de uso del Mercado, todo él destinado a Museo de Prehistoria, sea coherente con su estructura arquitectónica y presume la pérdida de sus valores como espacio público de acogida(DM 23.11.2014). Probablemente tenga razón, pero por otra parte, conservo la fe en que un buen profesional obre el milagro, que no llegamos a ver el Decano y yo. (Quizá habría que rebajar la protección que tiene este edificio…)

El Archivo Lafuente, que hemos podido ver parcialmente expuesto este pasado verano en el Embarcadero, Museo Municipal y Paraninfo de la Universidad, tiene el aspecto de ser un interesante depósito de documentación sobre el arte contemporáneo. Sin ser, ni mucho menos, un experto, me parece claro su interés para la consulta y estudio de las manifestaciones artísticas de las últimas décadas en Estados Unidos, Latinoamérica y España. Se trata además de un archivo vivo que sigue creciendo y que tiene esa vocación de actualización permanente, de manera que será cada día más y más atractivo para el estudio del arte contemporáneo. Creo que su legado al Reina Sofía y como consecuencia, la apertura de una sede de este Museo en Santander, es una gran noticia para la Ciudad.

La ampliación del Museo de Prehistoria, cuya situación en los sótanos de un mercado, no es precisamente la más correcta,  es también algo muy esperado y que hará descansar mejor al padre Carballo y a García Guinea, además de darnos más satisfacciones a los que lo veamos.

Sin embargo, en el aspecto puramente urbanístico, aquel en que se analizan las oportunidades que ofrece la ciudad en su desarrollo, en este caso en su mismo centro urbano, con la aparición de nuevos usos y la desaparición de otros, en este caso, digo, tengo que dudar de la conveniencia de la solución adoptada.

El cambio de destino de la sede del Banco de España no me parece acertado. El Archivo Lafuente no tiene por qué estar en una localización tan significada como esta y sin embargo el Museo de Prehistoria, sí. El Archivo Lafuente, como centro de documentación, aspirará a tener un público y una actividad más especializada y, desde luego en menor número que el Museo de Prehistoria y su localización tan central no es preferente. El Museo, con el alarde museográfico que ha desplegado y que podrá aumentar en una nueva ubicación, tiene vocación si no de un centro de masas, sí de un número importante y creciente de visitantes y su localización  central creo que es necesaria (Aconsejo ver el recién reformando Museo Nacional de Arqueología, en la calle Serrano en pleno centro de Madrid, para ver lo que es un museo bien montado y masivamente visitado). Puestos a adjudicar el edificio del Banco de España a una de las dos sedes, desde un punto de vista de centralidad, potenciales visitantes y accesibilidad, me parece que el destino de Museo de Prehistoria es más adecuado.

Eso, sin contar con sus casi 90 fecundos años de edad, frente a los 12 prometedores del Archivo Lafuente. La antigüedad es un grado.

Claro que no se trata de un trueque. Si el Mercado del Este no parece adecuado para el Museo, menos aún me lo parece para el Archivo.

Por otro lado, la política urbanística habría de decidirse ahora a acometer la revitalización de un espacio bien central y que, pese a su apariencia, está en progresivo abandono: Los edificios de la Plaza Porticada están vaciándose de usos o soportando otros que no requieren de la centralidad que disfrutan. La Plaza Porticada es el resultado de una semi fracasada operación urbanística encuadrada en la Zona Siniestrada, consecuencia del incendio del año 1941. Los proyectistas de la Plaza pretendieron hacer una plaza mayor, en la mejor tradición de una de las universales aportaciones del urbanismo español. Una plaza institucional de soportales presidida por el Ayuntamiento o la Diputación Provincial. No se llegó a los debidos acuerdos y esa situación privilegiada de posición dominante de la Plaza, la ocupó la Caja de Ahorros, institución que ha pasado de ser muy querida por los ciudadanos, a ser objeto de manifestaciones y pitadas en la propia Plaza, todo por una persistente gestión poco profesional y muy politizada, como desgraciadamente ha ocurrido con casi todas las cajas del País. La Caja es ahora el 14% de un Banco y ocupa un lugar excesivamente protagonista. Mientras ocurría la degradación de la Caja, el espacio público de la propia Plaza Porticada fue objeto de varías reformas regeneradoras y pasó de ser un aparcamiento a medias público y privado, que en verano se convertía en un tinglado para los Festivales, a restringir la circulación hasta llegar a ser hoy una magnifica plaza peatonal multiusos. Sin embargo, la arquitectura de la plaza resulta demasiado severa y sus soportales poco acogedores. Siempre se criticó su falta de vida, echando la culpa  al exceso de organismos oficiales y al defecto de comercios o cafeterías en las plantas bajas, como tienen las plazas mayores tradicionales.
Dejando a la Delegación del Gobierno, que por su significado puede mantener esa centralidad, tanto la Delegación de Hacienda, la Cámara de Comercio, la desaparecida como tal Caja de Ahorros y no digamos nada de la Delegación Militar, podrían todas ellas, juntas o en parte, ceder su localización en favor de nuevos usos más generadores o necesitados de esa centralidad. Ahí puede situarse el Gobierno Regional, tal como fue pensado en su día (La Diputación de 1942 no quiso mudarse al espacio que hoy ocupa la Caja de Ahorros), o bien en lo que hoy ocupa la Delegación de Hacienda. El Gobierno Regional tiene inmuebles, su propia sede de Peña Herbosa o los solares del no nato Edificio Moneo, para gestionar las permutas necesarias y así recuperar los edificios de la Plaza Porticada para esos usos y otros tan necesitados de centralidad. Claro que hace falta probablemente más trabajo que dinero, más imaginación que financiación y, sobre todo, mucha capacidad de acuerdos entre tantas entidades y organismos implicados, pero ahí es donde se ve a los políticos de talla.

Y allí, en esa magnífica situación de la Plaza Porticada, es donde yo veo bien situado el Archivo Lafuente.