Densidad
La ciudad es la mejor creación de la humanidad. Incluso en las peores condiciones se vive mejor en la ciudad que en el campo y eso lo demuestran las migraciones. Los servicios y también las oportunidades que ofrecen las ciudades son siempre mayores. Claro que los problemas de la ciudad son muchos y variados. En primer lugar los suministros, especialmente el agua y saneamiento, ligados directamente a la salud primaria de sus habitantes y por lo tanto a la mortalidad, y después la electricidad, gas, teléfono, etc.. La ciudad invierte a lo largo de su vida cantidades ingentes de dinero en la ampliación y mantenimiento de estos suministros que le son esenciales. La tecnología de la edificación incide en la ciudad con la posibilidad de aumentar la altura de los edificios, aumentando la densidad y facilitando, en consecuencia, la implantación de los servicios. La irrupción del coche, sobre todo del bien llamado "utilitario", generó, con su uso masivo, los problemas de la congestión que todos conocemos y padecemos. No es posible atender la demanda de un servicio gratuito, dice un principio económico citado muchas veces por Glaeser: Siempre termina en la congestión del servicio. Circular en coche por la ciudad es "gratuito" (naturalmente una vez que uno ha pagado los múltiples impuestos al vehículo y llenado el depósito de combustible, gastos consustanciales a la posesión del coche). Pero no se paga por la congestión del servicio. Cada vez que uno circula por las calles está mermando la capacidad de la misma y por tanto influyendo en la posibilidad de su uso de los demás conductores. Algunas ciudades ha optado por implantar una tasa de congestión y han conseguido eliminarla en su centro. Lógicamente eso conlleva una política adecuada de trasporte público. La reducción de la congestión reduce las emisiones de gases en una de las principales fuentes de emisión junto con la calefacción.
Por otro lado, el uso del coche aumenta con la dispersión urbana y viceversa. Las áreas residenciales de baja densidad tienen una fuerte dependencia del coche y, además, el tamaño de sus viviendas es mucho mayor que el de las del centro, con el consiguiente aumento de gasto energético y emisivo. En expresión de Glaeser, esas áreas residenciales de baja densidad son, contradictóriamente, menos "verdes" que el centro urbano de alta densidad. Son "marrones". La densidad elevada, usual en el centro de las ciudades, por encima de 200 habitantes por hectárea, equivalentes a 80 viviendas por hectárea, es mucho más "verde", eficaz y saludable.
Todos estos conceptos muy bien expuestos por Glaeser, chocan con nuestra visión de la ciudad.
¿Qué pasa en nuestro país y más concretamente en Santander?.Pues que, como siempre, nos hemos dejado llevar de modas o presiones que poco tienen que ver con las necesidades de la Ciudad. Aquí hemos creído que la alta densidad es un mal (y lo es cuando es extrema) y, dejados llevar por una extraña conjunción de supuestos valores ecologistas y de intereses del mercado inmobiliario, hemos favorecido la baja densidad a imagen de idílicos esquemas anglosajones olvidando la tradición de la ciudad mediterranea. Se ha equiparado alta densidad con hacinamiento, conceptos bien diferentes. Incluso hemos limitado por ley (¡) la máxima densidad posible en los nuevos barrios de la ciudad. Hemos favorecido la dispersión y el abandono de la vivienda de alta densidad en el centro urbano y en consecuencia hemos encarecido el precio final de la vivienda de los nuevos barrios, lo que ha dado lugar a que la gente joven tenga que buscar y encontrar piso más baratos en los municipios vecinos. Con ello se obliga a un mayor uso del coche lo que produce mayor consumo de energía y mayores emisiones. Más congestión. Al mismo tiempo concentramos en las afueras las promociones de vivienda protegida y los modernos edificios de oficinas que deben considerarse guetos sociales y tecnológicos, por mucho que los llamemos “parques”. Total: un tiro por la culata del ecologismo doctrinario y del deslumbramiento de un modelo inadecuado. Y los únicos favorecidos con este esquema son los propietarios-acaparadores del suelo periférico y las industrias del automóvil y el petróleo. Todos los demás salimos perjudicado con este proceso y la ciudad en primer término con una implantación de servicios cada vez más extensa y, en consecuencia, más cara tanto para los que urbanizan (promotores que, al final, repercuten ese coste en la vivienda), como para los que conservan (ayuntamiento).
Por ello no me desagrada lo que tanto alarma ha creado en la actuación del Puerto en Varadero: 800 viviendas en el centro, en una zona ya densa. Es verdad que aquí el origen no está en que los promotores, ese inconstituido Consorcio Puerto-Ayuntamiento-Estado, se hayan convencido del mal camino por el que se desenvuelve el urbanismo local y quiera empezar a modificarlo, no. Lo que sucede es que necesitan sacar dinero de ese suelo y, considerando que a más edificabilidad más dinero, proponen una cifra que a algunos escandaliza. Pura especulación, impresentable si fuera iniciativa privada, pero aceptada por ser institucional. Bien, con independencia del origen, la propuesta de construir en Varadero un trozo de ciudad denso, compacto, con sus equipamientos y servicios adecuados, me parece bien, tanto desde un punto de vista ecológico como pura y simplemente económico.
Ahora bien el esquema presentado en el Plan Maestro es decepcionante. La geometría del trazado, las alturas consideradas, la tipología escogida, en definitiva la ordenación es inadecuada para ese emplazamiento y esa densidad. Es inevitable el desarrollo en altura (10-12 plantas) para así conseguir más suelo libre y desde luego confiar en que los arquitectos que proyecten los edificios aporten algo más que las elementales y vulgares soluciones de fachadas a que nos tienen acostumbrados en esta ciudad. Con eso, es decir, decidido el qué y cuidado el cómo se hará ese nuevo barrio de la ciudad, las ventajas de la actuación son evidentes. Para todos y especialmente para los que vivan allí.

