miércoles, 2 de junio de 2021

PREHISTORIA DEL TEATRO (LUEGO PALACIO) DE FESTIVALES DE SANTANDER

 

PREHISTORIA DEL TEATRO (LUEGO PALACIO) DE FESTIVALES DE SANTANDER

 

 

Ramon Teja ha escrito un artículo (DM 2021-05-17) sobre la prehistoria del Palacio de Festivales que celebra ahora su 30 aniversario. El objetivo es restar méritos al alcalde Hormaechea y dárselos a José Antonio Rodríguez, presidente de la entonces Diputación Regional y de cuyo gobierno Ramón Teja fue consejero de Cultura. Hay algo de cierto en ese artículo, pero bastantes cosas erróneas y faltan muchos datos anteriores que, como en arqueología, explica buena parte de esa “prehistoria”.

 

Hormaechea fue alcalde singular, aunque solo sea por ser el último de la dictadura y el primero de la democracia. Tengo mal concepto de su forma y actitud de mando, si a aquello se le puede llamar así. Era un político iluminado, ensoberbecido por el poder y por el bajo nivel de sus oponentes. A pesar de ser licenciado en derecho, cometió acciones ilegales e interpretó las normas a su conveniencia. Instauró un sistema de gobierno municipal que se convirtió en un auténtico régimen y fue un precursor del populismo que hoy impera en toda la política. Pero era una persona inteligente que hizo notables cosas en la Ciudad primero y en la Región después.

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Siendo alcalde, Hormaechea “compró la Finca del Gas” en 1980, que llevaba vacía y sin uso casi 10 años, y arrastró a la Diputación Regional para comprarla a medias. La “Finca del Gas” era, por aquel entonces, la esperanza ciudadana de los santanderinos para todo lo bueno. Allí había que hacer todos los proyectos de futuro que tenía la ciudad. Algo parecido a lo que ha sido años más tarde la Remonta. Una finca, por muy singular que sea, no resuelve los problemas de una ciudad, pero en el imaginario colectivo es una idea valiosa que se ve que a los políticos les atrae. No fue fácil comprar la Finca del Gas, incluso algún concejal, creo que el entonces comunista, Sainz Viadero, reprochó al alcalde Hormaechea en el Pleno en el que se aprobó la operación, que no estaba comprando la finca, sino vendiéndola. Daba a entender, sin mostrar pruebas, que Hormaechea actuaba allí de interesado intermediario.

 

Hormaechea compró la “Finca del Gas”, consiguiendo que la mitad lo pagara la Diputación arrastrada a la operación, y eso significó, por ejemplo, que ya no se volviera a considerar la solución de situar el Teatro de Festivales en la parte trasera del Casino del Sardinero, que había intentado el alcalde Marino Fernández Fontecha, en el paleozoico de esta historia. Fontecha había arrastrado a la Diputación a comprar a medias las plantas altas del Casino para aquel fin del Teatro, que luego, Hormaechea mediante, sirvió para reestablecer el juego en la ciudad. Se ve que para las cosas de la ciudad siempre hubo que arrastrar a la Diputación...y luego al Gobierno de Cantabria. Una tradición.

 

A principios de 1981, cuando todavía era arquitecto municipal, hice una ordenación de la Finca del Gas para establecer en ella la Escuela de la Marina Mercante o de Náutica y el deseado Teatro de Festivales. Eran dos aspiraciones ciudadanas. La Escuela de Náutica competía con Bilbao y era una aspiración identitaria frente a los vascos. No se podía ser menos que ellos. Y el Teatro de Festivales era añorado por la burguesía santanderina para acabar con los incómodos festivales populares de la Plaza Porticada. Una sede en condiciones, era la consigna.

 

La ordenación era muy simple: continuar la alineación de Castelar de modo que casi la mitad sur de la finca pasaba a ser espacio libre y la otra parte se dividía en dos para, en la zona este, con más profundidad situar el Teatro y en la zona oeste, más irregular y acabada en pico, situar la Escuela de Náutica. En los Astilleros del Atlántico, colindantes por el este y que no se habían comprado, se seguiría la ordenación para acoger un palacio de Congresos.

 

Poco tiempo después y gracias a que el Director General de la Marina Civil, entonces dependiente del Ministerio Trasportes y Comunicaciones (antes llamado Ministerio de Marina), era santanderino, se consiguió que el Ministerio decidiera hacer la deseada escuela de Náutica en la Finca del Gas. Esa parte del terreno se la había adjudicado el Ayuntamiento de Hormaechea y la parte sobrante, para el Teatro de Festivales, se adjudicó a la Diputación, tras un largo y complejo debate en el que hubo enfrentamientos de uno y otro lado. Hormaechea pensaba que la Escuela sería una realidad inmediata y el Teatro era una ensoñación burguesa y enormemente cara que ya veríamos cuando se hacía...

 

Cuando ya me había ido del ayuntamiento, Hormaechea me encargó la continuación y terminación del proyecto del Palacio de Festivales que había empezado meses atrás mientras era arquitecto municipal. Lo había empezado con la expectativa de llevarlo a cabo y con la colaboración imprescindible de una consultoría acústica y otra de escenografía. El Ayuntamiento contrató al Instituto de Acústica Torres Quevedo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Para la escenografía se contó con la empresa Waagner-Biro que aún hoy sigue siendo un referente mundial. Poco tiempo después entregue el proyecto al Ayuntamiento. Hormaechea hizo una rueda de prensa en la que no habló tanto de hacer aquel proyecto como demostrar que en aquel solar era POSIBLE hacer el Teatro de Festivales deseado por la ciudad. La compra de la finca del gas había sido un acierto, resumió Hormaechea.

 

Y aquí empieza la prehistoria a que se refiere Ramon Teja. Como consecuencia del éxito del auditorio Manuel de Falla de Granada, el Ministerio de Cultura promueve una red de auditorios por toda España, con la ayuda de fondos europeos y los fondos de compensación interterritorial.  No sé el número de auditorios a construir, pero estaba limitado a unos pocos y era necesario que las ciudades o instituciones que desearan optar a esa red presentaran un anteproyecto o proyecto viable para que el Ministerio los incluyera en su plan.

 

Santander, gracias a la previsión de Hormaechea y a mi anteproyecto, tenía hechos los deberes. Se presentó nuestro proyecto y fue incluido en la lista de los auditorios a construir. Lo negoció con el Ministerio, la Consejería de Ramón Teja, a quien yo había facilitado el correspondiente ejemplar.

 

A partir de entonces todo pasó a depender de la Diputación Regional, creo que todavía se llamaba así. Teja decidió, con la presión del Colegio de Arquitectos, que aquel proyecto debía salir a concurso. Desaparecieron mis expectativas y reclamé la posibilidad de participar en el concurso, a sabiendas de que nada tenía que hacer, pero participar era una experiencia y una satisfacción que creía merecer. No fue fácil conseguirla ni por parte del Colegio de Arquitectos ni por parte de la Consejería del señor Teja. Participamos: cuatro arquitectos de “reconocido prestigio” (Moneo, Oiza, Paredes, Navarro), otros dos seleccionados en un concurso previo entre los arquitectos de Cantabria (Lomba y Arbea) y yo, que no pertenecía, evidentemente, a ninguno de los dos grupos anteriores.

 

Ramón Teja tiene motivos para estar orgulloso de su colaboración en el inicio del concurso para el Teatro de Festivales y de añadir a José Antonio Rodríguez a la lista de los que colaboraron en aquel momento. Probablemente es verdad que Hormaechea trató de dificultar que aquel concurso saliera adelante. Era así: O lo hacía él o no se hacía. Pero los mayores méritos de que todo ello fuera posible hay que dárselos a más personas de las que cita Ramón Teja.

 

Del concurso se puede hablar más adelante.