miércoles, 7 de agosto de 2019

COLECCIÓN SANTANDER










Una exposición de arquitectura es, en general, poco satisfactoria. Ni siquiera para los profesionales. Recuerdo como el señor Oíza nos comentaba al resto de los concursantes del Palacio de Festivales, poco antes de entrar a exponer al jurado nuestros trabajos, que aquello era normal porque “hay que explicar las partituras para entender la música”, pues los planos, fotos y perspectivas (entonces no había infografías), no estaban al alcance de gente poco habituada a esos documentos. Yo creo que ni siquiera los que estamos acostumbrados somos capaces de disfrutar la arquitectura desde sus partituras, es decir desde los planos, fotos, montajes y otras representaciones, de manera que al ciudadano en general le resultará aún más difícil. Las exposiciones de arquitectura defraudan y si uno quiere ver la magnificencia de una catedral, la riqueza cromática de un jardín o la elegante hermosura de un edificio minimalista, no le queda más remedio que ir a esos sitios y recorrerlos. Solo de esa manera se conoce y disfruta la arquitectura.

Así que me he visto sorprendido saliendo del Palacete del Embarcadero satisfecho y contento de ver los proyectos del Banco Santander para su sede central y para el edificio del antiguo Mercantil en la calle Martillo. Probablemente juegue con la ventaja de conocer por fuera y por dentro ambos edificios. El primero, la sede del Banco, en una inolvidable visita guiada por Andrés Trapiello para ver la colección de los Solanas allí colgados y el del antiguo banco Mercantil en la dura noche del incendio del Palacio de Macho cuando, como arquitecto municipal-jefe de bomberos me tocó coordinar aquella operación desde su terraza. Además, en otras ocasiones profesionales o como cliente del Banco o de Viesgo, he conocido los interiores de ambos edificios.

Los bancos comerciales han sufrido enormes vaivenes en sus políticas inmobiliarias y los hemos visto pasar por comprar cafeterías de éxito para poner oficinas a, tiempo después, vender aquellos locales para bares. Las sedes unas veces tenían que estar y dominar el centro de las ciudades y otras crear, paradójicamente, ciudades satélites en las afueras de las urbes. Así que no es de extrañar que ”nuestro” Banco se replantee qué hacer con su sede central, en la ciudad de la que toma el nombre.

Se juntan aquí varias circunstancias bien favorables para la ciudad: A la sede central le sobra espacio; el Banco tiene una extraordinaria colección de arte y la familia Botín tiene un gran arraigo por esta tierra. Con esas tres premisas juntas se plantea una operación de asentamiento-regalo de la colección de arte en esta ciudad. Extraordinaria oportunidad que no se ha dejado escapar: parece que aunados criterios de propiedad y autoridades, solo queda lo más sencillo: construirlo e inaugurarlo. En este caso no hay problema de dinero.

No menos importante era escoger los arquitectos responsables de ambas obras y de nuevo se ha acertado con nombres tan contrastados como Chiperfield, referencia mundial en rehabilitaciones museísticas y Cruz y Ortiz, representantes de la arquitectura más refinada y elegante del País. Un lujo profesional.
 
Los proyectos se presentan en el Palacete muy escuetamente. Cuatro paneles y una maqueta para cada uno. Poca literatura y unas cuantas imágenes, con los planos precisos para entender las directrices de los proyectos. Simple y claro. Como los proyectos.

Del antiguo Banco Mercantil, Cruz y Ortiz respetan, además de la recargada fachada, la composición estructural interna, como un valor que sirve para la funcionalidad de las nuevas oficinas del banco. Todo limpio, diáfano y claro, con una terraza accesible y espectacular en la azotea de la última planta. Enorme contraste exterior-interior. Imprescindible actuación para dejar libre la sede del Paseo de Pereda.
 
De esta sede Chiperfield solo conserva, con un exceso de respeto, la fachada. No debe ser fácil, así y todo, encajar un programa de necesidades tan distinto del original en una cáscara tan rígida como la del Banco. Pero las plantas y las secciones del proyecto son tan simples y claras que todo parece fácil y natural. Había habido noticias de que la colección se instalaría en solo uno de los volúmenes del Banco, pero ahora parece que las galerías de exposición abarcan todo el edificio y eso es un acierto. No creo recordar nada arquitectónicamente salvable de aquellos interiores. La solución dada a la conexión bajo el arco y las actuaciones en cubierta son delicadas, medidas con verdadero cuidado y reflejan soluciones que respetan y valoran lo mejor del edificio.

Resulta admirable y sorprendente que nada en la exposición de los proyectos, ni estos mismos, haga mención a la existencia del Centro Botín enfrente de la Sede del Paseo de Pereda, al otro lado de los jardines. Nada, ni la menor referencia. Es posible que todos sepamos que este proyecto no es de la Fundación Botín, sino del Banco y que, dejando de lado sus conexiones internas, familiares, orgánicas o de otro tipo, parece que quieren mantener esa independencia, pero para la Ciudad no se puede obviar este hecho que la hace caminar en la senda de la actividad cultural como un referente mundial. La concentración de esta actividad cultural en el centro añade notable valor al conjunto y a cada centro por separado.

El éxito del Centro Botín es que la Fundación ya funcionaba con enorme éxito antes de construirlo, con un gran despliegue de actividades culturales de importancia nacional. Sucede ahora, con el Banco, algo parecido: lo importante es la Colección, que reúne piezas extraordinarias con gran coherencia a lo largo de toda la historia del arte, de manera que daría igual que se alojara en la sede del Banco, como en cualquier otro lugar de la Ciudad. Lo importante es la Colección, pero es que, además, se le ha encontrado un lugar perfecto con una intervención arquitectónica ejemplar.

Así que no me extraña haber salido contento y satisfecho del Palacete al ver, aunque sea de momento sólo en las partituras, unos hermosos proyectos. Otra vez estamos los santanderinos de enhorabuena gracias a la iniciativa Botín. ¡Venga!, qué solo queda lo más fácil: construirlo.

Supongo que en poco tiempo tendremos formada una Plataforma contraria al proyecto. Lo da la naturaleza humana y la tierra. Agrupará pareceres contrarios, muchos respetables y otros movidos por la pura envidia. Se unirán en sus fines: impedir que “el Banco haga lo que quiera” y lo haga sin consultarlos a ellos, que es lo más importante. Reclamarán que no se modifiquen los planes de urbanismo para un “particular”. Resaltarán los valores arquitectónicos de los edificios, su historia, su imagen en el paisaje urbano. En algún momento se propondrá otro lugar para la Colección, por ejemplo, el Castillo de Monte o el Cuartel de la Remonta, para regenerar el entorno. Se invocarán efectos medioambientales adversos, de gran magnitud, probablemente irreversibles y potencialmente catastróficos. Se pedirá participación pública en estas decisiones, como si sus propuestas no lo fueran. Se presentarán alegaciones siempre que haya ocasión y se recurrirá, hasta el final, ante los tribunales de justicia. Se reclamará la intervención de la Fiscalía. Los partidos políticos, expectantes y oportunistas, no tomarán partido hasta ver como va la cosa, pero los minoritarios, que no tocan poder, lo harán desde el principio a favor de la Plataforma, pues eso siempre alienta a sus bases en su lucha contra los poderes fácticos y el Ibex ese. Podrá llegarse a la polarización de la opinión. Ahí los medios jugarán un papel importante, dando alas a unos y otros para que lo que es noticia se convierta en suceso, de ahí en escándalo, de ahí en sospechas de corrupción o aprovechamiento ilícito… Todo convenientemente agitado para permitir un aumento de audiencia, de tirada. De negocio, a fin de cuentas. Una campaña controlada, eso sí, para que no se desmande, pero que se alargue lo más posible. Todo basado en la sagrada libertad de expresión y dar la voz a la ciudadanía. ¿Qué puede pasar? Probablemente nada: es posible que el proyecto acumule retrasos y en consecuencia más gastos para la propiedad (¡Bien!, que se lo gasten. Total, si los santanderinos tardan dos o tres años más en disfrutar de la Colección, se dará por bien empleados a cambio del mayor coste. Incluso que alguno no lo vea porque, naturalmente, se muera, el pobrecito). También puede ser que la Propiedad se canse o detecte un ambiente difícil de salvar y se lleve la Colección a otra Ciudad: Ya nos pasó con el Guggenheim (¡Bah, está mejor en Bilbao, aquí hubiera estropeado nuestra preciosa Bahía) Por último puede ser que la Plataforma gane, legítimamente, la batalla y Santander no tenga la Colección (También nos ha pasado con la sede del Gobierno Regional en Puerto Chico, que pudo haberse construido con fondos europeos y nacionales casi en su totalidad, pero que durante años ha sido aparcamiento de coches y veremos que se hace con el MUPAC ese, que merecerá, seguro, otra Plataforma…). Menos mal que en esta tierra hay gente sensible y luchadora para impedir desmanes.

Rectifico: Me temo que queda lo más difícil…