Hace más de cincuenta años estudiaba arquitectura. En el final del franquismo, en la Escuela de Arquitectura se
enseñaba, por fin, arquitectura contemporánea, se estudiaba a los grandes
maestros, todavía en vida, como Le Corbusier, Mies, Gropius, Aalto,... No hacía
muchos años que la enseñanza de la arquitectura había abandonado el
academicismo, del que solo quedaba, como un vestigio, el ejercicio de diseñar
una hornacina clásica en un muro de un jardín, que era lo primero que se hacía en
las clases de Proyectos, pero inmediatamente se abandonaba cualquier modelo
antiguo y se pasaba a ejercicios de proyectos contemporáneos, que eran los que
se proponían en las cátedras de Carvajal, Oiza, Fernández Alba, Fullaondo, etc
Hacía pocos años que se habían terminado el Edificio España en Madrid. Los
profesores de la Escuela desdeñaban ese edificio. El pensamiento arquitectónico
del momento lo consideraba un ejemplo de mala arquitectura. Se trataba de una
arquitectura que recogía elementos academicistas e historicistas fuera de
escala y proporción, con uso de molduras, frontones, grandes cornisas, pináculos...
Todo para dar a una arquitectura de planteamientos elementales, una apariencia “noble
y clásica”. Dentro de paños de un ladrillo muy rojo, no especialmente delicado,
se situaban unas desproporcionadas y domésticas ventanas recercadas de piedra
blanca. Fajas de falsos sillares almohadillados en las esquinas. La entrada se
remarca con frontones y pilastras con la pretensión de reproducir, fuera de toda
escala, una portada barroca madrileña al estilo de las magníficas de Pedro
Churriguera. Frontones curvos, balcones de forja, ménsulas y modillones, trepan por la fachada de
ladrillo en un intento inútil de dar proporción a esa entrada. El resultado es
risible, pues aparece como un edificio domestico, con pretensiones de
clasicismo, hinchado como un gran globo, en el que los remates, cornisas y
pináculos de los últimos niveles quedan ridículamente pequeños. No es un
rascacielos, aunque por su altura pudiera parecerlo e incluso serlo, pero la
relación entre la planta y la altura, la
esbeltez, no es la de un rascacielos. Su configuración interna, su disposición
en planta y su concepción global lo hacen ser, simplemente, un edificio grande,
desmesurado, hinchado, próximo en su forma a los edificios oficiales sovieticos
construidos en los mismos años...
En realidad responde a un pseudo estilo arquitectónico con el que el régimen
de Franco pretendía formalizar un estilo oficial que entroncaría, nada menos,
que con la historia imperial de España: Juan de Herrera y el Escorial, que se
pretendía que fueran las raíces de aquel “nuevo” estilo. Los edificios del desaparecido
Instituto Nacional de Previsión de casi todas las capitales de provincia, dan
muestra, todavía hoy, de aquella presuntuosa arquitectura.
Nuestros maestros en la Escuela de Arquitectura nos la ponían, con razón, como
ejemplo de anacrónica, mala y pretenciosa.
Sin embargo, con el paso de los años, los edificios pasan a incorporarse al
paisaje urbano y la tendencia general de la población es asimilarlos, pues
siempre los ha visto ahí y son testigos de sus vivencias. Ni aún por ese camino
me resulta comprensible que el Edificio España se incluyera, por ejemplo, en
las guías de arquitectura editadas por el Colegio de Arquitectos de Madrid en
los años 1982 y 1992. Bien es verdad que la reseña que acompaña a las fotos es
tan simple y elocuentemente descriptiva, que resulta evidente la falta de
valores arquitectónicos objetivos para su consideración. El tamaño del edificio,
que a su vez pone más en evidencia la carencia de los recursos arquitectónicos
empleados, resulta ser su único valor. Es uno de los edificios de hormigón más
altos de su época. Y también uno de los más feos, podría decirse.
Incomprensiblemente, el pensamiento y los movimientos arquitectónicos de
izquierdas, que tanto lucharon por la defensa y puesta en valor del patrimonio
arquitectónico amenazado y parcialmente destruido, durante los años de la
dictadura e inmediatamente posteriores, ampararon el edificio y lo protegieron en
los correspondientes catálogos. Y así ha estado hasta que los nuevos usos, tecnologías
y exigencias de confort en los edificios, que llevan a la renovación inevitable
de sus interiores, pusieron de manifiesto la falta de capacidad para recuperar
aquellos interiores. Aquel hormigón, con el que el edificio alcanzó la fama,
resultó ser de mala calidad. Las alturas libres de las plantas no eran capaces
de alojar unas modernas instalaciones. Ni siquiera el estado del ladrillo o la
piedra de sus ridículos remates eran aceptables.
Cualquier edificio tiene historia y en este caso tiene muchas pues su
tamaño y la variedad de sus usos han permitido que muchos ciudadanos no sólo lo
tengan como testigo de su paso por las proximidades, sino que hayan vivido en
su interior algún suceso de interés en sus vidas. Apartamentos, oficinas,
negocios, hotel, cafeterías, piscina en la última planta... Cosmopolitismo más
bien rancio, de una época de mal recuerdo.
A toda esta mitificación se sumó recientemente un excelente documental,
rodado por Víctor Moreno, durante la demolición de sus interiores, que se ha
convertido en una metáfora del auge y caída de la burbuja inmobiliaria.
El Banco Santander, ante último propietario, se lo vendió a un magnate
chino que quiso acometer una obra de renovación integral, pero se topó con la protección
¡de las fachadas del edificio!
¡Ahora resulta que son las fachadas del edificio lo que es valioso! Hay
algo en todo esto que no encaja. Lo valioso de la historia del edificio era, y
es, la capacidad de construir un mamotreto de semejante tamaño en una época
como aquella. Eso sí tiene mérito. Un mérito no arquitectónico, desde luego, pero
sí meramente empresarial y constructivo, que no es poco. Sus fachadas son
deplorables desde el punto de vista arquitectónico, solo el mérito
constructivo, situado en aquel contexto en que se hizo, es indudable.
Ahora bien, si como consecuencia de que ha pasado a formar parte del
paisaje urbano de la ciudad y, complaciendo un regusto nostálgico, la
administración quiere que se conserve la imagen del edificio, pues entonces
habrá que conservar esa imagen, pero la imagen no es la fachada. La imagen se
puede conservar reproduciéndola sin mayor problema. Media Europa está
reproducida como consecuencia de los desastres de la segunda guerra y casi nadie
le pone peros. La imagen se recuperó en los cascos antiguos de Múnich, Praga,
Viena, Varsovia,... que son reproducciones de los que se bombardearon años
antes. También se han recuperado, sin necesidad de mediar los desastres de la
guerra, edificios tan importantes como, por ejemplo, el Campanil de la Plaza de
San Marcos de Venecia o el Pabellón Barcelona de Mies van ser Rohe. Este último
incluso merecedor de premios arquitectónicos. Bien cerca de nosotros tenemos
varios ejemplos más: el Mercado del Este, el Hotel Roma, el Hotel Sardinero o
la propia Catedral, renacida del fuego, si bien aquí se hicieron numerosas
aportaciones reconfiguradoras.
No entiendo la pureza dogmática que lleva a la conservación material de una
fachada como la del Edificio España, salvo que sea, por una cuestión ideológica,
una especie de gravamen que se impone a la propiedad con el fin de rebajar las
cifras del negocio (y aumentar las de las empresas de alquiler de andamios). Por
su estilo, por sus orígenes, por lo que representa, no merece ese esfuerzo y bien
podría estar incurso en la Ley de Memoria Histórica, desde luego mucho antes
que varios nombres (Dalí, Plá,...) de calles y plazas que algunos historiadores
(¿) han querido borrar de la memoria de los madrileños.