lunes, 9 de noviembre de 2015

DERRIBOS

(publicado en DM 2015-11-08)


A veces hago  informes periciales para pleitos o demandas relacionadas con la arquitectura o el urbanismo. No es un trabajo enriquecedor (en ninguna de las posibles acepciones del término), pero permite conocer mejor la naturaleza de esas actividades que practico profesionalmente y sobre todo conocer mejor la naturaleza humana. En los tribunales, esta última aflora de manera descarnada.

He hecho un informe para valorar el alcance de la demolición parcial, ordenada por los tribunales, de un edificio en una de las villas costeras cántabras. El asunto tiene más de veinticinco años, cuando se construyó un edificio que al parecer contenía una infracción urbanística por la que se sobrepasaba el volumen autorizado. Las comunidades de propietarios de los edificios colindantes han perseguido el asunto durante años, probablemente más que por salvaguardar la legalidad urbanística, por considerarse perjudicadas con la mera construcción del edificio infractor, que invadió terrenos que ellos creían propios y vino a alterar sus vistas y el disfrute de sus espacios comunitarios
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El hecho es que esas comunidades colindantes han conseguido, teniendo a la ley de su lado, que se dicte una sentencia de demolición parcial, pero extensa, y que esté a punto de ejecutarse. Básicamente la demolición afectará a casi mil metros cuadrados de la planta baja que, a modo de soportal, es, al tiempo, terraza de las viviendas de la planta primera que, a la postre, son las perjudicadas en todo este asunto, sin que ninguno de sus dueños actuales tengan responsabilidad alguna en la infracción que se cometió hace más de 25 años. Como es natural esos propietarios tratan de evitar la demolición que tanto les perjudica
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Las sentencias hay que ejecutarlas. Parece un principio básico del estado de derecho, y tras veinticinco años de complejos trámites judiciales, las dos comunidades de vecinos denunciantes están a poco de conseguir esa ejecución.

Mi trabajo profesional ha terminado con el informe, dentro de lo que se denomina, en la terminología jurídica, incidente de ejecución. Parece que todo está dicho y solo queda esperar la resolución de los tribunales.

(Los derribos, las sentencias de derribo, producen inquietud. Basadas en un urbanismo voluble, caprichoso y dispar, se suelen confirmar muchos años, a veces décadas, después de que el edificio se ha construido. Un edificio no se levanta en un día, el más pequeño no tarda menos de un año. En España la construcción, metida en un laberinto artesanal, siempre parece lenta, pero resulta fulgurante comparada con la marcha de la administración. Esa diferencia de calendario, de "timing", es inquietante. Las administraciones, generalmente la local, son poco activas en la prevención o inspección urbanística y la de justicia es muy lenta. Total: Las ejecuciones, si llegan, llegan a destiempo y, lógicamente cuesta entenderlas. Como además son producto de la persecución privada de un asunto, acaban satisfaciendo más a ese interés privado que al público, que con el paso del tiempo ha dejado de comprender e interesarse por la situación. Incluso ve la infracción integrada en aquel entorno que generalmente tiene hechos semejantes bien próximos. Finalmente la disciplina urbanística, administrativa y judicial, sirve más para ajustes de cuentas vengativos, que para proteger el bien común de la legalidad urbanística…)

Volvamos a nuestro derribo:

Sin embargo no está todo dicho. Hace pocos días, dos copropietarios de las comunidades denunciantes, ciudadanos franceses, se han dirigido a sus convecinos y al ayuntamiento de la villa, para dejar constancia de su oposición a que se ejecute la demolición. Estos ciudadanos exponen cuatro razones para oponerse a la demolición:

1 Con la demolición no van a recuperar lo ya perdido.

2 Mantiene unas divisiones absurdas de terrenos en las zonas libres y de juegos.

3 Se pone en riesgo la estructura de todo el edificio en el que se realizará la demolición.

4 Se trata de un venganza que perjudica la convivencia entre comunidades.

Por ello proponen que los costes necesarios para esa demolición (unos 250.000 euros), se utilicen en mejorar y unificar los espacios comunes de las tres comunidades. Los ciudadanos franceses incluyen varias opciones muy estudiadas, que consideran redundarían en beneficio de todos.

Es muy sugerente, oportuna y practica la propuesta de estos colindantes que dan prueba de sensatez. Su escrito lleva implícito el reconocimiento de la derrota de sus pretensiones (recuperar una situación anterior  a la construcción del edificio infractor) y que la motivación actual de la demolición está basada en el deseo de venganza, estéril, como lo es toda venganza.

Se les olvida, a estos sensatos ciudadanos franceses, un par de cosas que son trascendentes y a las que en este País se da importancia. El imperio de la ley exige el restablecimiento de la legalidad urbanística. ¡Ah, qué haríamos sin ese resarcimiento de la cosa pública que es el restablecimiento de la legalidad urbanística!. Gracias a ese restablecimiento de la legalidad urbanística, extendido por todo el territorio nacional, nuestras ciudades son un ejemplo urbanístico para propios y extraños... Dejemos la ironía. No hay más que darse una vuelta por las cercanías de los edificios en cuestión (su situación no aporta nada a este artículo), para llegar a la conclusión de que la demolición, de casi mil metros cuadrados de terraza-porche del edifico, pasará inadvertida para cualquiera, ante lo disparatado de aquel entorno donde el urbanismo parece haber enloquecido con edificios de diez plantas junto a pequeños chalets, con aceras raquíticas y un desorden generalizado. La arquitectura de ese entorno es un muestrario de un mal gusto profesional que provoca bochorno. Probablemente será el primer derribo, que se lleve a cabo en la villa por una cuestión urbanística y uno se pregunta que por qué ha de ser esto lo demolido y no alguno de los otros horrores arquitectónicos y urbanísticos  que lo rodean.

La legalidad urbanística está en manos de los vecinos que, persiguiendo la causa, pueden restablecerla. Como también pueden renunciar a la demanda y ningún poder público perseguirá la ejecución, que quedará suspendida. El ayuntamiento debería explicar el restablecimiento de la legalidad urbanística mediante grandes carteles, con sus correspondientes e imprescindibles infografías, para aleccionar al personal, pues sólo así podría llegar a entenderse, aunque no comprenderse.

La otra cosa que parecen olvidar los sensatos ciudadanos franceses, es que el dinero que cuesta el derribo, que sobrepasará al final los 300.000 euros, es, de entrada, dinero público. Ese dinero proviene de sus impuestos, querido lector, y de los míos, entre otros muchos. ¿Qué mejor destino podemos dar a ese dinero que con tanto esfuerzo y sacrificio hemos entregado a las arcas de la administración, que llegar hasta el fin y demoler esas terrazas que computan como edificabilidad en el plan urbanístico de la villa, pero que, paradójicamente, no lo harían en muchos otros municipios del País?. Además, su derribo dará a la villa otra cara, otra imagen, desaparecerá la ignominiosa infracción y eso se traducirá en mayor bienestar de sus habitantes y de sus veraneantes  ¡Nada, nada, que lo tiren! 

De la misma manera que vamos a tirar una depuradora de aguas residuales recién construida, para trasladarla unos metros, gastándonos unos cien millones de euros en esa operación. ¡Hay que tirarlo, sí señor! Con dinero público, que para eso somos ricos. Se tira para mayor gloria de las asociaciones ecologistas, que a su vez viven del dinero público proveniente de la cuantiosas subvenciones que les otorga la administración o para cumplir la venganza de una comunidad sobre otra.

Pobres ciudadanos franceses, tan sensatos ellos, estamos en Cantabria, España, y aquí valoramos mucho el cumplimiento de la ley, ¡faltaba más!